Resplandor

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Anahi Martella elaboró una puesta en escena que desde el diseño escenográfico resulta significante y opera a modo de redundancia en beneficio de la recepción del texto de Héctor Levy-Daniel.
El 31 de julio próximo pasado bajó de cartel Resplandor, cuya dramaturgia pertenece a Héctor Levy-Daniel, bajo la dirección y puesta en escena de Anahí Martella. El lector se preguntará la razón que lleva a esta cronista a reseñar un espectáculo que ya no puede ver.

Un mea culpa honesto, implica contar que las agendas de los analistas teatrales suelen ser arbitrarias y que, nobleza obliga, vale la pena hablar de este trabajo, toda vez que contiene dentro de sí dos razones de peso: la autoría de Levy-Daniel, siempre ligada a reflexiones que son un más allá en torno de la errancia del sentido esquivo de los textos y que Martella debuta con honores, en su primer trabajo como directora.

Hecha esta aclaración, Leedor se propone estar aún en el después de el hecho teatral, de manera de homenajear a los teatristas y de dar a conocer a sus lectores qué acontece en el panorama escénico argentino.

Afuera, a la intemperie de un nosocomio psiquiátrico, Dina, encarnada por Maida Andrenacci, trata de entrar. Regresó, tal vez en un pliegue del tiempo, a buscar algo vital, su hijo. En ese afuera, el dispositivo escénico exhibe las marcas del deshecho: basura, trastos inútiles y girones de cosas que ya no existen, ya sea porque pertenecen al pasado o porque hay algo del orden político, que invisible, desbarata y vuelve innecesarias a las personas y a las cosas.

Afuera, La Caba, en la piel de Silvia Villazur, autoridad del psiquiátrico, impide la entrada de Dina. No es sólo un ejercicio de poder, es además una advertencia, un no dicho hecho de intriga del pasado, de desaliento del futuro, de ausencia del presente.

Afuera, aunque luzcan distintas, Dina en su mendicidad y La Caba, con su blancura de morgue, están a la intemperie. Y el tiempo de sus discursos parece transcurrir en otra parte. Esa exclusión vuelve simétrica una relación imposible. Ambas actrices juegan sus personajes de manera orgánica y con una pericia escénica que resulta funcional a la puesta en escena.

Afuera es el lugar, Dina no puede ingresar porque ya es pasado y La Caba reside afuera de su propio rol, ya que también su existencia es pretérita.

La dramaturgia de Héctor Levy-Daniel asedia ese misterio irresoluto que es lo fantasmático y espectral. El texto que podría encasillarse en el fantástico encuentra en nuestra historia muchos hilos conductores. Desaparecer no tiene metáfora en la Argentina, la apropiación de niños tampoco. Lo inenarrable encuentra en el espacio simbólico textual, su modo de representación. El resplandor es lo que acontece cuando el espectador puede armar el rompecabezas de las temporalidades diversas y los discursos fragmentados de estas mujeres.

Anahi Martella elaboró una puesta en escena que desde el diseño escenográfico resulta significante y opera a modo de redundancia en beneficio de la recepción del texto. La música de Federico Misrahi colabora con la diégesis, remarcando la desesperación de Dina. Ella y La Caba, ambas a la intemperie, han dejado de existir. Excluido- desaparecido significa afuera. Afuera de la cordura, afuera del sistema o afuera de la vida.

Bienvenida Anahí Martella a la lista de mujeres directoras que honran su tarea poniendo en escena con idoneidad, textos que respetan la palabra y desafían al espectador.

Publicado en Leedor el 18-08-2009