El hombre que no duerme

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La cercanía de la muerte de un hombre plantea los vínculos entre un padre y sus hijos en la obra de Diego Lublinsky.

Puede pasarnos, que los tonos que optamos para decir las cosas no sean los más adecuados para determinada situación o contexto.

Si, teatralmente, referirnos a la muerte se puede tornar algo fatal e imprevisible habría que re-pensar el fin del producto artístico. En El hombre que no duerme pasa lo siguiente: la inevitable certeza de nuestra muerte pasa a ser el disparador para que en simultáneo sucedan otras cosas. En este caso, la muerte se le acerca a uno de los protagonistas de la obra, convirtiéndose en el eje sobre el que se estructura el drama.

Las relaciones humanas (por demás complejas y multiformes) y los vínculos que plantea la obra podrían ser categorizados: por un lado, el de un hombre mayor muy enfermo -el no dormir es una de las consecuencias de su enfermedad- y sus dos adultos hijos varones que están allí para acompañar a su padre en tremendo malestar; por el otro, la de la joven esposa del señor y su hijo adolescente, ellos también vienen a socorrer los malestares del enfermo. Aparte de estos vínculos entre padres e hijos, se presentan en la escena los personajes de la enfermera y del hermano del enfermo, un médico con su tradicional maletín laboral.

Las cuestiones de la vida cotidiana se van superponiendo; y los reclamos, dictámenes y acusaciones no dejan de ocurrir. Esta historia mínima es narrada linealmente y las situaciones suceden, por momento, de manera simultánea: dos o tres escenas a la vez, en la segmentación del hogar.

Lo que caracteriza al enfermo es que, una vez en su casa, pasa la mayor parte de su tiempo postrado en la cama. La utilización de una cámara que constantemente registra este espacio es lo que le da a la puesta en escena su toque tecnológico y audiovisual. Es interesante cómo esta cámara en mano nos permite ver lo que al personaje le va sucediendo: el no poder dormir, sus miedos, su falta de habla, sus balbuceos.

Otro aporte que hace a la construcción del clima hogareño es la presencia de una televisión color que más de una vez tiene como televidente al menor de los integrantes de la casa. Aquí se pasan publicidades y programas de todo tipo a modo de ?recreos? del sobreentendido malestar que todos viven.

La tonalidad intimista se agazapa con matices costumbristas, dejándonos en un estado de suspensión. Una inhalación que no exhala. El triste y sufrido cuadro por el que pasa el viejo y su familia que favorece -esa es la idea- a su recuperación.

Mientras los dos hermanos varones pasan revista a unas viejas fotos familiares que el espectador observa a través de una proyección, se concluye con el espectáculo. Asimismo, para recuperarse de la agonía, la narración se cierra con un famoso hit de Vinicius de Moraes: “Tarde em Itapuã”. Esto ?levanta? el clima aunque por ahí ya se le hizo tarde y se vuelve inevitablemente al afuera del espacio ficcional, de lo real.

Ni las fotos, ni la bella melodía, ni la forma de decir las cosas, ni la inevitable muerte, nos quitan el insomnio propio del ?descanso eterno?.

Publicado en Leedor el 15-08-2009