El baño de Frida

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Considerado libro del año en México, reúne fotografías de los objetos cercanos a la artista latinoamericana más importante de la historia, escondidos desde su muerte.

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El baño de frida, fotografías de Graciela Itúrbide + Demerol sin fecha de caducidad, texto de mario bellatin. 80 Páginas. 21 Fotografías Editado por RM.

Nos asomamos a la intimidad del baño de frida y el efecto nos produce la difícultad de agregarle palabras.

?Cada (tic tac) es un segundo de la vida que pasa, huye, y no se repite. Y hay en ella tanta intensidad, tanto interés, que el problema es solo saberla vivir. Que cada uno lo resuelva como pueda? (frida kahlo).

Intentémoslo. Primero, vamos al objeto. El libro ha sido realizado con un diseño impecable, de color gris plata, con esquineros negros, como si se tratase de un cuaderno. La lectura tiene doble entrada. Por un lado, contemplamos las fotografías, una por hoja. Por el otro, leemos un texto de extraño poder longevo que se sobrepone a la pérdida y nos plantea más de frida (o no) si la mala salud no se la hubiera llevado (o sí) el 13 de julio de 1954.

Segundo, vamos a las fotos. Hay algo ambigüo en ellas. Por un lado, parecen haber sido tomadas en ese entonces, son casi fotos de forense, inmediatas, como si acabara de entrar el personal de la morgue a registrar el rigor mortis del mundo más íntimo y doloroso, hecho de pequeñas esquirlas, que sostenía el cuerpo de frida. Pero al mismo tiempo, los objetos son tan viejos, tan vintage, que el extrañamiento de lo arrumbado nos recuerda que llevaron medio siglo allí hasta que Graciela Itúrbide fuera a capturarlas, en el baño de la Casa Azul, desandando la vuelta de llave que les echó Diego cuando todo terminó, o comenzó, según se mire.

Ahora demos vuelta el libro y pasemos al texto. ?Frida Kahlo comenzó en ese momento a hablar. Dijo haber detectado, casi desde los orígenes de su oficio, una inquietud constante por pintar sin pintar. Es decir, por resaltar los vacíos, las omisiones, antes que las presencias.? Esto lo dice un tal mario bellatin firmante, y pareciera que frida hubiera escrito y él pintado, o que frida hubiera escrito sobre la pintura de él, o que la escritura y la pintura fueran lo mismo, incluso.

Bellatin, escritor de incalculable valor para las letras latinoamericanas, propone un espacio donde todo acaba por pasar; frida misma está acabando de pasar sin pasar del todo, sin terminar de nada. El texto afirma el mundo de la pintora desde el único lugar verdadero de no aseverar. No habría mejor manera de confundir a los historiadores del arte que buscan su cuerpo (eternos mareados ante la artista y sus baños) y al tremendo e implacable mercado de la fridamanía.

En este sentido, el texto vuelve sobre la ambigüedad de las fotos, habría otras fridas en tantos baños, eternas como la incaducidad del demerol, droga opiácea que pulveriza el dolor desde los mundos posibles.

Se multiplica el universo de la muerta sin cuerpo que aún vive, cremada y viejita, en su ficción. Frida muerta y tan real, tan gente como uno, cual sucede en los relatos de su compatriota Rulfo. Bellatin vivo. Cada quien en su universo lógico e ineludible, con sus objetitos que no terminan de irse ni de quedarse. Todo tan pleno de infraleves. Ahora sí. Las fotos tienen de eso, eso era.

Publicado en Leedor el 25-07-2009