La pipa de la paz

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Madre e hijo en proceso de entendimiento en la obra de Alicia Muñoz.
Sentados en las butacas, antes que el espectáculo comience, solemos preguntarnos qué actor o actriz entrará primero y bajo qué circunstancias. Pensamos eso mientras observamos el escenario vacío cargado de objetos significantes.

En este caso nos sumergimos en una vivienda. Entramos en ella. Muebles reales de madera, empapelado en las paredes, sillones con cubiertas de tela tejida que nos recuerda a las que se realizaban en otra época. Dos polos de atracción que parecieran ser importantes en el desarrollo: del lado izquierdo una mesita con un teléfono, del lado derecho un altar rindiéndole culto a una foto. Esta lejanía espacial entre los objetos, provoca una amplitud visual en el escenario, que dará a los actores la posibilidad de recorrerlo.
La historia transcurre en este espacio: una madre, ya viuda y con ciertas manías, convoca a su hijo diplomático que vive en New York para que la ayude con un problema que dice estar teniendo.

Se produce un crescendo en las acciones y en las sensaciones a lo largo de toda la obra. Hay un juego muy interesante que se realiza mediante los contrastes: palabra-silencios. Por momentos el personaje de la actriz Mabel Manzotti pareciera estar a cargo de la palabra desmesurada en ideas y el hijo absorbe mediante el silencio la desesperación de escucharlas. A la inversa también se produce: el hijo intenta explicar de todas las maneras lo que pareciera ser inentendible para la madre. Ahí es cuando ella calla, simula escuchar y luego contesta con algo que lejos esta de responder las preguntas de su hijo. Estos desencuentros provocan una desesperación en el personaje representado por el actor Carlos Portaluppi, que consiste por momentos en un silencio tensionado y por otros en un grito desmesurado.

La obra tiene un muy buen manejo de los tiempos en la escena, en las palabras y en las reacciones. El teléfono conecta con el afuera. Charlas, reacciones, situaciones que hacen que el relato tenga una continuidad. La foto (que nos enteramos que es del ?jefe? de familia) representa el cómo nos aferramos a alguien que pertenece al pasado cuando tenemos miedo o cuando nos sentimos solos en el presente.

Finalmente, las palabras, los silencios, los gritos, las charlas con los personajes exteriores a la escena y los momentos íntimos con el personaje fotografiado, se conducen en un final lógico con la historia. La aceptación. El hijo acepta, como puede, a su madre y la madre acepta como puede, sus errores. La ?paz? se hace presente mediante la famosa pipa. Ninguna conclusión en la mente humana es mágica. Los procesos de entendimiento llevan tiempo y recorren altibajos; y eso está bien representado en ?La pipa de la paz?.

Publicado en Leedor el 23-07-2009