El mensajero

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Indios, cautivas, malones, llanura y barbarie en el texto de César Aira llevado al teatro en el Espacio Pata de Ganso.
La escritura referida a los viejos tópicos decimonónicos se convierte en manos de César Aira en una parodia indecidible. Es difícil determinar y tampoco es necesario hacerlo, si la parodia que Aira realiza con los temas preferidos del Siglo XIX, comete textocidio o textofilia. En el caso de El Mensajero, se notan ciertas operaciones similares a la que se hallan en Ema, La Cautiva. A través de procedimientos disruptivos como el humor, el extrañamiento y la alusión literaria, Aira representa indios, cautivas, malones, llanura y barbarie de un modo que rompe con la tradición literaria desintegrando, así, las convenciones que la literatura de frontera ha tenido en nuestro país, con un guiño que a las claras evidencia que la seriedad no debe ser la única posibilidad de contar una historia.

El mensajero, dirigido por Ita Scaramuzza, respeta el modo airiano de narrar y encuentra su condición de posibilidad en una espera. En las Salinas Grandes, Cafulcurá aguarda que el mensajero le traiga noticias sobre la batalla que libran en El Despeñadero los vorogas contra los huiliches-mapuches. Desde el inicio del drama todo lo que el espectador supone como un ya sabido está desrealizado. Una mujer con un megáfono lo pone en situación de dónde, cuándo y porqué de los hechos. Dos machis inútiles para la guerra ensayan ser un caballo, la entrada de Cafulcurá no es menos disruptiva: el cacique como otros indios del universo literario de Aira, es rubio, viste deportivo y reflexiona sobre las posibilidades de lenguaje. Toda la obra mantiene en su transcurrir un coro extrañado que profiere sonidos a la vez que parece ensayarlos por si hay victoria. Muy pocas veces el silencio absoluto deja a los personajes a la intemperie de sus parlamentos. Podría decirse que hay drama por que de fondo hay una batalla pero da lo mismo que sea cuerpo a cuerpo o que sea un duelo de palabras.

El diseño de arte permite una gran carga simbólica de lo que se representa casi sin mencionarlo, un vacío significantemente blanco, ese espacio del que los personajes no salen jamás porque se lo habrán ganado. Si salen victoriosos podrán morar para siempre en las Salinas Grandes, eso es lo que Rosas le ha prometido a Cafulcurá.

La llegada del mensajero es otra apuesta fuerte, ya que es un mensajero que traduce, durante sus largos parlamentos, las posibilidades comunicativas del lenguaje y las de su mensaje. Está vestido de rosa, el color prohibido ya que en las salinas todo es blanco y sólo puede existir el rosa sólo si una roja mancha de sangre se mixtura con el suelo. El traje de mensajero es un augurio y es, a la vez, un ensayo sobre el modo en que el lenguaje constituye una visión del mundo. Juan Manuel de Rosas-rosa, otro símbolo.

Pero ¿si las noticias son malas debemos matar al mensajero? No sabemos si la oportuna intervención de Rosaura, la esposa adúltera del cacique librará al mensajero de la muerte que se ha ganado porque es un ?negro?, un ?otro? que será la víctima. ¿Se asesinará al mensajero por sus mensaje o porque es diferente?

¿Cuál es tu lengua? ¿Existe una lengua propia o la lengua es del ?otro?? ¿Qué es traducir? ¿En qué lengua se piensa?

El diseño de luces y vestuario constituye un espesor de signos colaborando en la narración. El sonido logra su objetivo, ya que el coro coloca al espectador en una situación de incomodidad permanente, tratando de aguzar el oído en torno a las reflexiones de los personajes.

La obra dirigida por Ita Scaramuzza, logra satirizar lo que en Aira se encuentra estallado: quién es el ?otro?, a partir de un dispositivo que respeta el texto ariano hasta las últimas consecuencias , ya que un cacique o integrante de pueblo originario que haga filosofía del lenguaje, nos coloca a las huincas en el lugar del ?otro?.

Publicad en Leedor el 20-07-2009