Saudades

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Conformada de relatos que no se dejan atrapar taxativamente en un género, la novela de Sandra Lorenzano parece también una disputa sobre cómo decir lo inefable en relatos breves o en poemas desgarrados.

El exilio es un punto de inflexión en cualquier vida. Es una expulsión de la propia tierra, es el rechazo que desde la violencia de Estado empuja al sujeto, arrojándolo a la intemperie de su pertenencia, de su imaginario que se fractura ante la necesidad de olvidar los saberes que poseía para así lograr mixturarse en el lugar del destierro. Pero a la vez, esa desterritorialización supone un nuevo ?nosotros?, siempre herido, siempre fragmentado, exhibiendo, sin clemencia, las fisuras de un yo que se quiere narrar y siempre lo hace desde los des-trozos de existencia.

Sandra Lorenzano, escritora argentino-mexicana, exiliada en México desde 1976, realiza en Saudades (FCE 2007), una tarea minuciosa con el lenguaje, en el que se vuelven patentes los fragmentos discursivos del exilio territorial y del exilio que supone la escritura.

Saudade es un vocablo portugués que significa soledad, nostalgia, añoranza y es además, un homenaje a Fernando Pessoa que nos grita desde el epígrafe ?uma saudade de cualquer coisa, uma perturbação de afeiçoes a que vaga patria??

Conformada de relatos que no se dejan atrapar taxativamente en un género, Saudades parece una novela, pero también una disputa sobre cómo decir lo inefable en relatos breves o en poemas desgarrados.

Así, el texto exhibe un dialogismo en el que los sobrevivientes de diversos cataclismos se aferran a la prosa o al poema como a una balsa. Ese es el maderamen necesario para llegar a una orilla ?otra?, esa costa no elegida pero hecha de goce, imprescindible por ser la única tierra posible. No es la tierra prometida, es la que alberga al expulsado y se convierte en el lugar posible o en el ?no lugar?, aporía de lo continente. Es la tierra o es la lengua (la lengua es una patria) en la que se cuidan los recuerdos, los amores, los deseos y los cuerpos sobrevivientes de la expulsión. Se los cuida como a enfermos, porque los cuerpos, la lengua y el deseo, han viajado heridos y esa cicatriz, tajo o incisión pugna siempre a mostrarse en la escritura.

Esa escritura, materialidad de la palabra, asume en este texto el papel de vehículo de salvación. La palabra como remedio, como redención. La palabra, como reaseguro del sustrato sutil pero perenne de la identidad.

Viajes mitológicos y reales, traslados, éxodos, trashumancias de la violencia se narran en Saudades, ya que escribir es ?el único hogar que queda?. Escribir porque ?ninguna cosa sea donde falta la palabra?. Escribir, ya que sin el relato la memoria se pierde, desaparece.

Saudades evoca, además, los pañales devenidos pañuelos de las Madres de Plaza de Mayo, que configuran un viaje a la verdad y a la búsqueda de esos cuerpos que en este texto quedan atesorados como en una cripta de la memoria. La cripta -según Idelber Avelar- sería una alegoría en la que se sotierra a un enterrado vivo o a un condenado a una existencia espectral (nuestros desaparecidos), y esa existencia fantasmal entorpecería el trabajo de duelo que la escritura trata de elaborar a través de las suturas y la reposición de las palabras de los que ya no tienen voz. En esas historias ajenas hechas de huidas, también hay espacio para otro viaje, el viaje sensual, para perderse en el cuerpo deseado y explorar ese lugar donde convergen la vida y los restos del placer.

?Qué historia podría armar que no fuera memoria de duelo?, esta interpelación de Saudades asedia en las voces de los ?despaisados? ese lugar recóndito, amado y perdido que, esquivo, coloca al ex patriado en lugar exterior desde el cual mirarse con deseo sin esperanza.

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Publicado en Leedor el 29-06-2009