La cima de los desesperados

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Sin identidad propia y ausencia de sinceridad se desarrolla esta ópera prima teatral de Juan Pablo Bochatón.La cima de los desesperados es la primera obra de teatro escrita y dirigida por Juan Pablo Bochatón. Como un cuadro postimpresionista, transcurre en una humilde habitación de conventillo. Lo único que atrapa la mirada de la escena, además de los personajes es una reproducción desgastada de los girasoles de Van Gogh. Esto permite al espectador mantener presente dicho nombre a lo largo de la pieza como un elemento dramático más. La pieza de Marquez es quizá el cuarto de Arlés de Vincent.

La obra trata la historia de un bandoneonísta y director de orquesta de tango que queda ciego al ser víctima de una broma que le juegan sus propios compañeros. El chiste fué rociarle kerosene al fuelle de Marquez y después ofrecerle un pucho, pero nadie midió las variables y la víctima en medio de la desesperación se quema la cara íntegra perdiendo así la visión de por vida. Una vez develada la tragedia, la obra intenta bucear por el mar negro de los artistas malditos, de los que tienen talento y a cambio lo perdieron todo y de los que se pararon con su instrumento en el cruce místico final. Primer cliché de tango: el bandoneón maltratado.

La terrible realidad de Maquez involucra a su sobrina. Ella lo atiende y lo ama tanto como al padre. Ella es la única que parece creer en él, que intenta luchar contra la armadura que viste el artista desde su accidente y le pide que vuelva a tocar. Éste quizá sea el punto en que el cliché se cuela en los personajes debilitando y edulcorando la amarga dureza que contenían los diálogos hasta el momento. A partir de ahora, la escena (una sola escena de 45 min es la obra completa) cambia los matices. Esto se logra sólo a través del discurso ya que música no hay. Solo suena una maqueta de una composición al comienzo y al final de la obra. Y los cambios se dan debido a una falta de búsqueda real y concreta que sólo parece encontrar la salida de emergencia. Siendo éste su mayor problema, lo que el espectador supo suponer antes de ingresar a la sala es lo que se llevará a su casa.

Segundo cliché de tango: la nostalgia.

Continuando con la sinopsis: alguien toca la puerta de la pieza de Maquez y su sobrina atiende. En silencio entra el ?turco?, contrabajista y ex integrante de la orquesta que supo dirigir Marquez como nadie. Existe un raro cruce de miradas entre el ingresante y la sobrina, pues él es su novio, y lo que ella le pidió a Marquez era que hiciera un arreglo para una composición de su novio. Misterio resuelto. Pero antes falta el reencuentro de los ex compañeros, las viejas espinas que quedaron sin sacar, la ropa sucia y la mierda.

Tercer cliché de tango: la violencia entre tipos rudos calaveras.

Exista quizá en las sombras del cuarto mal iluminado en el que escribe Jaun Bochatón la lucha por abordar el cliché como forma de discurso.

Una de las formas de desarrollo que propone esta manera de enunciar es atacar el lugar común para luego desvestirlo en busca de la sorpresa. Quizá otra sea buscar una manera sencilla de decir las cosas porque las palabras son sólo palabras y están respaldadas por otra disciplina artística. No es este el caso. El silencio cumple una formidable función a lo largo de toda la obra. Es necesario que el espectador se sienta incómodo, que sienta que el autor lo está provocando y que finalmente se dé cuenta que no se intenta abordar la música más que como un hecho literario. Pero el discurso carece de identidad propia y abunda la ausencia de sinceridad.

Después de todo el tango es un ritmo que tiene aristas duras y bellas que le dan una identidad única, y que sólo se puede hacer de una manera, como lo hicieron los maestros. Pero no hay que olvidar que el tango es música, todo y sólo música.

La obra termina con un Marquez derrotado por la falta de sinceridad de sus seres queridos, solo en su habitación trágica. Último cliché de tango: la tragedia.

Publicado en Leedor el 29-06-2009