Marat Sade

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Vigencia de una de las dramaturgias más poderosas del siglo XX en una puesta con muchos aciertos dirigida por Villanueva Cosse. 

La primaria y más hermosa de las cualidades de la naturaleza es el movimiento, que la convulsiona en todas las épocas. Pero este movimiento es simplemente la consecuencia perpetua de crímenes; y sólo gracias a los crímenes se mantiene. (Marqués de Sade)

 

La cita que antecede es disparada por la ocasión. En el Teatro San Martín, volvemos a escuchar este texto fundamental de Peter Weiss, y recordamos a Susan Sontag, que comienza su trabajo Marat/Sade/Artaud con esas palabras sobre la profunda relación entre locura, teatralidad, historia y crimen. (En contra de la interpretación y otros ensayos, 1966). La palabra de Sontag, lúcida como pocas escrituras del siglo XX, no deja de incendiar esa zona ígnea que es la de la particular relación historia / dramaturgia / texto dramático / realización teatral. 

En Marat-Sade veremos desplegar ante nuestros ojos el relato de los hechos de la Revolución Francesa, contados por un grupo de internados en el hospital psiquiátrico de Chaneton bajo la dirección de su loco más ilustre e ilustrado, el Marqués de Sade. La acción se sitúa en 1808, bajo el mandato del ?emperador republicano? Napoleón Bonaparte y lo que se narra son los quince años previos, desde la muerte de Marat, en 1793. Desde la escritura de este texto tan radical como conceptual, en 1963, han pasado 46 años. Su fecha de producción es la antesala a lo que se suele historizar como comienzos de la posmodernidad, que por determinados hechos políticos, históricos, culturales y estéticos se sitúa a partir de 1968. Entonces, por un lado, Marat-Sade podría ser leído como uno de los últimos intentos de dar sentido o sinsentido al suceso de la modernidad por excelencia, la Revolución Francesa, dentro de la misma modernidad y con uno de sus más dilectos lenguajes: el teatral. Pero esta simplificación le quedaría corta.

Su vigencia no radica sólo en lo que dice y en lo que quiere decir, si no en proponer toda su potencialidad como texto filosófico-artístico: leer en él y atravesarlo del comienzo al fin es encontrar pistas para pasar del discurso político al estético y volver al político, y bordear la moral y la historia desde las grandes palabras. No resulta tan claro que sea sólo lo que tradicionalmente llamamos un teatro de tesis, a menos que entendamos esas tesis como la creación de un instante donde filosofía y estética se imbrican espesamente. Eso quizás sea resultado de la propia intencionalidad de Weiss, quien declaró su búsqueda de combinar Brecht y Artaud. Y para resolver esta unión, remitimos una vez más el lúcido ensayo de Sontag.

Marat-Sade es estrenada por el Schiller Theater de Berlín, dirigida por Konrad Swinarski y luego por la Royal Shakespeare Company de Londres, un año después de escrito, dirigida por uno de los directores de mayor influencia en la concepción teatral contemporánea, Peter Brook, quien también dirigió la película en 1964. En ella, la sala de baños es blanca, luminosa, científica y severa. Para nada lúgubre. La luz es fundamental, es el motor de la revolución francesa que guía la racionalidad positiva que todo lo descubre. Como sostiene la Dialéctica del Iluminismo, no debe haber misterio ni necesidad de resolverlo. Un baño es un lugar aséptico, no contaminado, y la limpieza, como dicen los mismos internados, es sanitaria.  Abundan los elementos épicos: canciones, Historia, símbolos y trajes, guiños al público, teatro dentro del teatro, distancias. La puesta fílmica de Brook es además una síntesis de recursos y lenguajes donde no faltan la commedia dell´arte y el grotesco.

En este linaje, con esta carga de interpretaciones y lecturas, viene a insertarse la obra dirigida por Villanueva Cosse, quien sostiene de un modo acertado la estructuralidad del texto. Y logra presentar también uno de los rasgos más importantes del texto de Weiss: la irracionalidad que subyace a los procesos históricos y la locura brutal que esconde la moral positiva de occidente. Este es el espíritu con el cual se reabre la lectura de Sade a finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta, en ese duelo informalista en el que Europa bucea para encontrar sentido y hacer pie frente a los traumas de mitad de siglo post conflicto bélico y campos de concentración.

En la puesta de Villanueva Cosse, la escenografía ambienta una sala de baños oscura, fuertemente enrejada, claramente carcelaria. Marat, el cuerpo mismo de la revolución, que ha somatizado las ideas y la historia al punto tal de llenarse de pústulas, reventar, a punto de pudrirse, y es necesario curar de cuajo ese cuerpo para que la revolución no termine de autofagocitarse. Se trata de un Marat mucho más discursivo y despierto, un auténtico paranoico que no descansa ni quiere descansar. 

Otro detalle interesante es el final, con un Sade que queda fuera de la reja, como si la Historia lo hubiera de algún modo rescatado finalmente.

Los locos en cambio miran atónitos su destino del que parecen, como los pobres y hambrientos, no haber tenido salida. Además, esta puesta no tiene esa tan marcada línea performática que podríamos leer en la película de Brook, con características de un happening ritual tan cercano a su época, al estilo Wolf Vostell y Joseph Beuys. La elección del final que referimos en la versión 2009 porteña, podría conectarnos con una sensación de urgencia, donde lo lúdico-estético deja lugar a lo descarnado y silencioso, no necesita más símbolos ni mediaciones, porque el desastre está ahí.

El trabajo actoral es muy elogioso y deja ver la buena labor de entrenamiento a cargo de Diego Starosta.

El séquito de locos y especialmente el relator, interpretado por Luis Longhi, trabajan muy bien el equilibrio entre cuerpo y voz y aseguran la cualidad más importante para sostener la obra, su ritmo, que no decae en 125 minutos; nunca la palabra parece leída o declamada, y siendo un teatro de muchas y muy densas, este detalle no es menor.

Nuestra ciudad conocía al menos dos grandes puestas de esta obra, la de 1967, bajo la dirección de Marcos Madanes, en el Teatro del Globo y la dirigida por Rubén Pires en 1998 en el Teatro del Observatorio. Esta es una vuelta de tuerca más y un hecho estético cuya experiencia es totalmente recomendable.  

Ficha técnica completa:
Actúan: Lorenzo Quinteros, Malena Solda, Agustín Rittano, Pablo Navarro, Santiago Ríos, Edward Nutkiewicz, Iván Moschner, Luis Longhi, Luis Herrera, Verónica Cosse, David Di Napoli, Julián Pucheta, Sol Fernández López, Daniela Catz, Montenegro, Pablo Rinaldi, Gastón Courtade, Marcelo Fiorentino, Irene Goldzer, Gabriela González López, Gabriel Maresca, Javier Medina Pérez, Irede Mockert, Carla Pantalani Sandrini, Paula Rasenberg, Lucía Rosso, Félix Tornquis, Pablo Vascello.Autor: Peter WeissVersión al español: Villanueva Cosse y Nicolás CostaDirección General: Villanueva Cosse
Música Original: Carmen Baliero
Asistente: Mina Battista
Entrenamiento: Diego Starosta
Entrenamiento: Carmen Baliero
Diseño de Iluminación: Tito Egurza
Diseño de Iluminación: Miguel Morales
Diseño de Vestuario: Daniela Taiana
Diseño Escenográfico: Tito Egurza

Publicado en Leedor el 29-06-2009