La Desdichada

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De por qué leer a un ruso de otro siglo. De interpretar. De la envidia sobre la técnica narrativa ajena. De la ciencia ficción a reflexiones de género en Turgueniev. Me siento a disfrutar una novela corta escrita hace tanto tiempo, tanto tanto, y en un mundo tan lejano: La desdichada, de Iván Turgueniev.

Me maravilla ese otro mundo que despliega. Es tan irreal. Moscú en 1835. La leo en el subte, en las esquinas donde me frenan los semáforos y en clase mientras tomo examen. Irreal y fascinante, casi como ciencia ficción. Ejemplos: beber tisana de flores, pagar con kópeks, que uno de los protagonistas sea veterano del año 12, que se aluda a un personaje que luce dolman y botas de flecos.

El ojo es una máquina de entender. El ojo tiene supuestos que son como sus pestañas, con las que ilumina sus objetos y se convierte así en una máquina de entender. Altamente posible que cuando a eso le sumamos la posibilidad de comunicar los supuestos y los objetos obtenidos, nos acerquemos a lo que se llama interpretación.

Hay un marco para la obra de Turgueniev. Una serie donde insertarlo. Comenzamos la novela y nos acordamos de la tradición. Para qué leerlo de otro modo, si ya las pestañas empiezan a funcionar desde los primeros párrafos: romanticismo, realismo, naturalismo, excelente fuente para el estudio de la historia social y política rusa, disputa entre occidentalistas o eslavófilos, Tolstoi versus Turgueniev.

Pero La desdichada permite, como cualquier novela hija de vecina que se precie, otras lecturas. Y me detengo en el testimonio de género que me brinda su protagonista, una mujer sometida legal y consuetudinariamente a la decisión de los hombres que la tutelan. Una mujer que no puede decidir nada por su vida, ni siquiera nos queda claro que haya decidido su final.

El narrador de la historia es un joven de 18 años que observa y vive ingenuamente las cosas. Alguien que parece aprender -al tiempo que se escribe la novela- cómo es vivir en una sociedad materialista, descarnada, autoritaria, donde no hay lugar para el amor y todo es decepción. Aprendizaje desde el nihilismo, porque nada puede hacerse. Sin embargo hay que hacer como si se pudiera. Pestañeo tres veces y surge sola la frase del divino Beckett, cuando dijo que es necesario seguir hablando aunque ya no quede nada que decir.

La desdichada cuenta la historia de Susana, una heroína romántica. Una mujer que le lee Ivanhoe a su amado y se compara con Lady Rowena. Esas voces de aquí y de allá. Pero hay algo más. Una escritura abundante en chistes, refranes, frases en alemán y francés, citas, en fin, formas de la ironía literaria, salta por el aire a fuerza de espíritu crítico.

¿El cosmopolita Turgueniev que se auto-exila en Francia y Alemania conoce o desconoce que hay mujeres en la Inglaterra romántica que vienen fundando el feminismo, como la misma madre de Mary Shelley?

Una novela corta envidiablemente narrada, enmarcando una libreta-confesión (interesante que no sea un mero diario personal, intento de realismo objetivo, intuyo que había ganas de documentar). Melodrama de un mundo lejano donde los protagonistas tratan pese a sus pasiones de ser modernos. Repito, envidiablemente narrada.

En rigor debería haber empezado esta reseña diciendo: La editorial independiente argentina La Compañía nos obsequia con una sorpresa literaria de un autor que tiene rara presencia en nuestros estantes: se trata de La desdichada, de Iván Turgueniev. Aplaudimos este ejemplo de bibliodiversidad, que nos permite recuperar un aura perdida.

La desdichada tiene puntos de fuga y no supe hacer las cosas más que así, justamente: huyendo en el lomo de la lectura, esa yegua lagañosa de la memoria que me rapta contándome lo que nunca viví pero igual me pasó.

Publicado en Leedor el 8-06-2009

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