Terrame

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Bienvenida esta primera obra de Lucila Garay que se entromete con desenfado e inteligencia en un teatro del absurdo.Narrar la construcción de los vínculos o su fracaso ha sido y será uno de los grandes temas del teatro de todos los tiempos. Cómo se narran esas relaciones es el gran desafío de la dramaturgia ya que, desde Edipo Rey hasta aquí, ciertos nudos dramáticos han sido contados en innumerables ocasiones y desde diversos ángulos.

Terrame obtiene su primer logro a partir de su dramaturgia. Lucila Garay, su autora, también a cargo de la dirección, arranca desde el grado cero. Una mujer entra a su casa, un hombre lo hace detrás de ella, ambos se desvisten, se meten en la cama, se cubren, apagan la luz y es en ese instante en que ella sobresaltada le pregunta ¿Usted me está siguiendo? Esa primera frase opera como indicio y a la vez, aporta la nota de humor disruptivo que se alternará en toda la obra junto a momentos de reflexión de apariencia casual pero de gran profundidad.

La obra pivotea entre la posibilidad y la privación, ya que esa primera frase interrogativa respecto del extraño que se ha metido en la cama, se repetirá en diferentes sintagmas, alternando entre arrojar al extraño a la calle o sugerirle que se quede ya que hace frío o es tarde.

Ese vaivén deja planteado el absurdo en el que los personajes se mecen con gran confianza y comodidad.

Ella y El van a jugar durante todo el espectáculo, como bien lo indica el título, un juego complejo y bien defendido. Ella (se) muda constantemente, de modo que un excelente uso de los objetos que componen la escenografía: las típicas cajas de mudanza con rótulos varios, aportarán, por un lado, el tono de una vida en cambio y por otro, la diversidad del contenido le permitirá armar pedazos de su historia, siempre fragmentaria, siempre interrumpida por la pregunta ilógica, en el momento menos oportuno que consentirá que el absurdo aparezca en la dimensión formal pero sin reprimir el alcance de algunas cuotas de melodrama sutil, ya que es desde ahí donde se construye un ?ellos?.

La música elegida con sentido estético y dramático aporta climas diversos y secunda a lo narrado. El diseño de luces co-participa de la historia, dado que en ocasiones la observación del cielo estrellado o el cambio de día, que representa el paso del tiempo, opera como disparador en esta especie de consagración de jugar juntos que es Terrame. Pero si una de las características del teatro del absurdo es cierta imposibilidad de los personajes de expresarse y la de cargar con objetos inútiles, en la obra de Lucila Garay el envite da una vuelta más. El teléfono no sirve, ya que no hay línea, pero expresa incomunicación. Las llaves se pierden mostrando una vez más lo encerrados que están estos seres y reaparecen para que la puerta no se abra jamás.

Dentro de ese espacio de mudanza, hay un mundo en el que lo que se dice va a terminar contradiciendo las acciones de Atahualpa y Lucía.

Las actuaciones dosifican la energía con pericia para ir construyendo ese juego, absurdo y razonable a la vez que es un tema de todos, en todos los tiempos ¿cómo co-existir con otro?

Bienvenida esta primera obra de Lucila Garay que se entromete con desenfado e inteligencia con un género que transitaron los grandes como Ionesco o Beckett, lo refresca y saca gran partido de su puesta en escena.

Publicado en Leedor el 27-06-2009