Los envases de ayer

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Latas, cajas, botellas de antaño en el Museo de la Ciudad. ?Latas, cajas y botellas. Los envases de ayer?

Objetos que fueron estrellas a la hora de elegir, conocer y reconocer un producto.   

La Nostalgia, así, con mayúsculas, fue, es y seguro será una innegable arma de seducción. Característica que el Mercado siempre tuvo muy en cuenta a la hora de lanzar productos: las mejores o peores logradas remake de los clásicos del cine, las versiones remixadas de canciones ochentosas, hasta las idas y vueltas del mundo de la moda y, por qué no, los diseños retro de la tecnología que incluyen desde electrodomésticos hasta autos. Pero cuando la opción no es ?volver a tener? aquel aggiornado objeto, bien vale la pena ?recordar?, y es entonces cuando la más pura nostalgia se apodera de nuestro raciocinio y nos hacer creer que todo tiempo pasado fue mejor. O no. Pero incluso aquello que en el Siglo XX nos resultaba incómodo, poco efectivo o antiestético, bajo la mirada del siglo XXI parece tener un halo que lo dignifica.

Es por eso, por el simple y maravilloso placer de recordar, que la muestra recientemente inaugurada en el Museo de la Ciudad, con el nombre de ?Latas, cajas y botellas. Los envases de ayer?, merece nuestra especial atención. Se trata, como bien lo dice el título, de una muestra que incluye una abultada colección de envases de productos de uso cotidiano, de distinta fecha y origen, y que en su gran mayoría podrán recordar aquellos visitantes que superen los 30 y pico años de edad. Una lata de galletitas, una marquilla de cigarrillos, un frasco de perfume, la caja de un remedio? Y las imágenes de la infancia se suceden: los chicos tomando el cacao de las cinco de la tarde junto a una lata de Canale, las abuelas echando flit para espantar moscas y mosquitos en una siesta de verano, o un dresoire ostentando perfumes de Gath & Chaves, agua de colonia James Smart y polvo volátil de Coty. De ahí en más todo depende de cada espectador y de su propia historia.  

El recorrido comienza subiendo las antiguas escaleras de madera del museo donde uno ya se impregna de pasado. El primer envase expuesto es quizás el primero más importante desde el momento que nacemos: un corpiño que aparece sostenido por las manos de una escultura femenina. Luego se suceden las vitrinas y las paredes de las salas se cubren de objetos, muchos de ellos expuestos junto a sus respectivas publicidades, aquellas que ilustraron las revistas y periódicos de moda de las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX.

Una de las más destacadas es la que anuncia: ?El buen viejo ya no quiere saber nada de política y sólo piensa en pasarla bien. Siempre afecto a las cosas Yankee, hasta en sus golosinas, hace provisiones de sus tres cosas buenas para el año 1883?. Dicha gráfica se publicó en 1882, y en ella se ve a un anciano ex presidente Sarmiento recibiendo la lata de galletitas Bagley para guardarla junto a los tarros de dulce y a las botellas de Hesperidina, (una bebida creada por Melville S. Bagley en los Estados Unidos de Norteamérica, cuya patente fue la primera asentada en la argentina cuando surgió -en 1876- el Registro de Patentes y Marcas).  

Un lugar destacado en la muestra tienen las bebidas ?espirituosas?, ya que la fabricación  de botellas y etiquetas ocupó un lugar importante en el mundo del diseño, donde se destacan las influencias del Modern Style y del Arts & Crafts. Licores varios, champagne, whisky y otras bebidas blancas se exhiben en dos enormes bibliotecas rodeadas a su vez por botellas de gaseosas, cajas de habanos, de tortas, de té, y de galletas y biscochos como la de los tradicionales Canale. Marca, esta última, creada por el genovés José Canale en 1875 con la instalación de una panadería en la esquina de las calles Defensa y Cochabamba de la ciudad, que con los años multiplicó sus instalaciones y sumó un establecimiento en la localidad de Llavallol para la fabricación de envases de hojalata con talleres de litografía y barnizado que también proveía a otros establecimientos. 

Otra bebida, la cerveza, también exhibe sus primeros envases de gres cerámico, muy resistente, y que aún hoy pueden rescatarse intactos de las excavaciones que se hacen en la ciudad. Inevitablemente la referencia que las acompaña recuerda la llegada de Otto Meter Bemberg a Buenos Aires en 1852 y con él la instalación definitiva ?en 1887- de la ?Cervecería Argentina? en la localidad de Quilmes.

Tampoco faltan la leche, el agua y la soda. Envases de distintos tamaños, colores y formas aparecen suspendidos a distintos niveles en las paredes blancas de las salas. El uso de la tanza para colgarlos, sin otro soporte a la vista, genera sombras de acertado efecto que resaltan la gran variedad de diseños en estos rubros.  

El mundo femenino de antaño también está fuertemente representado por singulares estuches de joyas, costureros, cajas de zapatos y de sombreros, maquillajes, cremas y perfumes. Es fácil reconocer en estas vitrinas aquellos productos que causaron furor entre las mujeres de principios y mediados del siglo pasado y cómo estos se fueron adaptando a sus cambios sociales y estéticos, principalmente después de la Primera Guerra Mundial. Además, en este campo, se pueden descubrir rarezas como el frasco de loción ?Lotus? fabricada a base de aceites y otros ingredientes (según informó la donante al museo), que debía aplicarse sobre cada seno masajeándolo de manera rotativa en sentido contrario a las agujas del reloj, y aplicar nuevamente a la media hora. Los resultados del tratamiento nunca quedaron claros aunque según los registros del museo exponen que la donante se encontraba muy satisfecha con él.  

Curiosos son también los frascos de caramelos y golosinas que tuvo exponentes muy populares en nuestro país, como la firma Mu Mu. En confiterías y panaderías de los años 30 y 40 se vendían caramelos en envases con forma de animales y personajes famosos que venían policromados y que se utilizaban generalmente como regalos de cumpleaños. Uno de estos frascos, de 1937, homenajeaba a Carlos Gardel y aún contiene algunos de los caramelos originales.   

Los remedios y los productos de limpieza también tienen su lugar. Antiácidos, analgésicos y bálsamos son las estrellas del primer rubro; y los jabones, lustradores, anilinas, blanqueadores, lo son del segundo. En ellos se nota cómo la industrialización facilitó la producción de envases en vidrio, madera, cartón, papel, tejidos y metales, que también se beneficiaron con los nuevos sistemas de transporte ya que agilizaron las exportaciones e importaciones y facilitaron el expendio y almacenaje. Gracias a dichos avances, las tiendas de ultramarinos tuvieron un surtido más amplio de productos exóticos y los almacenes, boticas, perfumerías, etcétera, se colmaron de envases atractivos, decorados con etiquetas y estampados a todo color, que la técnica del grabado y la litografía permitían lograr.   Pero es quizás en las latas donde el interés por captar al cliente se nota más en el diseño. Donde la promesa de un producto de calidad, efectivo o rico (si se trata de un alimento) se da primero en su cuidado y llamativo packagin. Para Eduardo Vázquez, director del Museo de la Ciudad, con el paso del tiempo ese envase excede su función de promesa o de imán para la compra para luego transformarse en la viva imagen del recuerdo: ?Todos nosotros, es seguro que así sea, recordamos alguna caja o lata que por alguna razón está unida a nuestra vida: el frasco en que se guardaban los soldaditos, las latas con postales, hilos o botones de las abuelas, las cajas de cartón con una ventana de celofán donde reposaban las muñecas y las incomparables cajas de madera de los habanos a las que el tiempo no logra quitarles su maravilloso olor.?  

Ser un vehículo con el que conocer el vasto mundo de los envases sin los cuales la vida diaria sería imposible, es el principal objetivo que persigue esta muestra, y lo consigue ampliamente. Si bien la combinación de los objetos es muchas veces aleatoria (por ejemplo la leche comparte pared con los fumigadores de flit), la cantidad de piezas de un mismo producto podría ser menor y en partes uno se queda con las ganas de saber más acerca de la historia de los objetos, de algunas marcas, sus usos y muy especialmente las fechas, cada paso es un estímulo a la memoria y una provocación a la nostalgia.

Una convocatoria que bien vale la pena tener en cuenta: los grandes, por todo lo escrito en los párrafos anteriores; los chicos, porque pocas cosas son tan fascinantes para ellos como descubrir cómo eran las cosas en los tiempos ?casi prehistóricos? de los padres, abuelos y bisabuelos donde no existían los celulares, los televisores, las computadoras, ni los video juegos.

Y, de paso, también pueden darse una vueltita por la exposición permanente de juguetes antiguos que caracteriza al museo.

En el Museo de la Ciudad, Defensa 219, Ciudad de Buenos Aires.
Hasta fines de agosto de lunes a domingos y feriados de 11:00 a 19:00.Entrada general $1, lunes y miércoles gratis. 

Publicado en Leedor el 25-06-2009

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