La felicidad trae suerte

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Oponiéndose a esa oda de superficialidad que es el mercado, la película de Mike Leigh despliega un dramatismo oculto y significativo.

Poppy, Una joven maestra de escuela, se propone contagiar su optimismo desenfadado al mundo que la rodea.

El estilo de vida de la protagonista puede ser interpretado desde dos puntos de vista distintos; por un lado, es una enseñanza dotada de una potencia subversiva que se opone a una sociedad cínica y malhumorada en la cual la única manifestación de alegría e inocencia queda reservada para una edad determinada -ubicada cómodamente en la infancia-; por otro lado, puede interpretarse como el único reducto disponible por donde la docente pretende ?escapar? de dicho sistema.

Desde la primera interpretación, la sociedad descarga su poder represor sobre la subversiva maestra; paradójicamente, es un inadaptado social quien se presenta como el medio por el cual el sistema reprime a la protagonista.

Desde el segundo tipo de interpretación, el estilo de vida de la maestra es una ficción que se basa en un principio de utilidad -caro al sistema-, destinado a enmascarar convenientemente -y quizás a avalar- las singularidades del modo de vida capitalista endulzándolo con matices de humor. Podríamos pensar que en este sentido el dispositivo crítico presente en otras películas del mismo director -como La vida es formidable y El secreto de Vera Drake– parece menguar a medida que crece la burbujeante personalidad de Poppy.

Sin embargo parece que la primera interpretación es la más acertada, la película alcanza el clímax cuando la felicidad de Poppy se muestra tan artificiosa como exasperante, en este punto pareciera que La felicidad trae suerte descarga todo su potencial crítico contra cualquier espectador escéptico que crea adivinar una naturaleza simulada en la actitud de la protagonista. Por el contrario, la película parece oponerse a esa oda a la superficialidad que es el mercado, cuya premisa es la exaltación de una felicidad frívola y despreocupada a la que sólo pueden acceder unos pocos -ricos, jóvenes, bellos, exitosos-, de manera que Poppy asimila dicha felicidad y la vuelve contra sí misma, contra su propio principio egoísta intentando socializarla al ayudar a los demás.

Si bien La felicidad trae suerte comienza como una discreta comedia -que eventualmente podría causar algunas risas condescendientes- hacia el final despliega totalmente el dramatismo que mantenía oculto.

Nota relacionada: Mike Leigh, por Fredy Friedlander

Publicado en Leedor el 19-06-2009