Juan José Saer

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A cuatro años de la muerte de Saer, Teresa Gatto nos recuerda que su prosa no se parece a nada de lo escrito anteriormente en la literatura latinoamericana. Saer, siempre Saer

Hoy hace 4 años nos dejó Juan José Saer. No puedo dejar pasar este día, no es convención u oportunismo, es un conjunto de sensaciones: la fecha dispara la emoción hacia el cuerpo que escribe, el cuerpo que escribe siente la falta porque hay un modo Saer de narrar que no se parece a nada de lo escrito anteriormente en la literatura latinoamericana.

Pensé que sería imposible decir algo mejor o distinto de lo que ya se ha dicho. Me preceden ensayistas, críticos, doctores Honoris Causa y una ilimitada cantidad de compañeros de ruta que han leído y seguirán leyendo a Saer. Sin embargo, tengo algo para decir, porque lo tengo a Saer, inasible y esquivo, pero lo tengo. A quien me lea, deseo decirle que esperé, desesperando, que su última novela estuviera en los escaparates de las librerías. Si el deseo pudiera mensurarse de algún modo, el mío tenía, hacia fines el 2005, cuatrocientas treinta y cinco páginas que eran infinitas para mí.

Esa novela es ?La grande? y si su literatura sostenía/sostiene, el sesgo de lo inacabado, esa novela, maldita sea la fatalidad, quedó sin terminar.

Estructurada en siete días, como siete capítulos, la novela publicada póstumamente, comienza un martes, sí, sí, no me equivoqué, un martes, con la semana empezada, porque otro rasgo de la literatura saeriana es la marca de haber empezado empezando, de que hay un comienzo anterior al comienzo. De que se comienza a escribir escribiendo, pero siempre hay un antes.

Decía que la novela comienza un martes y finaliza un domingo. Del día que completaría la semana, Saer sólo dejó el título: ?Río Abajo? y otro paratexto: ?con la lluvia, llegó el otoño y con el otoño, el tiempo del vino?.

?La grande?, novela que narra una multiplicidad de peripecias de personajes entrañables para el lector fiel, es el texto que alcanza su plenitud narrativa deteniéndose en la narración del pasado: pasado como juventud, pasado como origen y como memoria. Y también gira en torno a un núcleo: la idea de regreso. Gutiérrez (personaje que retorna como muchos otros personajes) regresa después de mucho tiempo a la zona, buscando encontrar la inmortalidad de los recuerdos, pero ese regreso tiene el tono de un fracaso.

Regresar importará que se desencadenen otras historias. Regresar significará el retorno del escritor a su obra, porque si algo tiene ?La grande? es una relectura de la obra de Saer, hecha por sí mismo, que no había acontecido antes. Como si la novela funcionara como un resumen de todo lo escrito y al mismo tiempo fuera una variación.

Resumen y variación de ?Glosa?, en la que un narrador que no sabe o no está seguro de casi nada, al no poder narrar, decide glosar una conversación producida a raíz del encuentro casual de dos conocidos, Leto y el Matemático. También la novela presenta una variación de ?Lo imborrable?, la recuperación de una historia narrada en ?Cicatrices? y el cierre sin final de ?El tango del viudo?. Así en sutiles trazos, el productivo proyecto de Saer, inacabado y vuelto a escribir, susurra y retoma en esta novela diversos núcleos narrativos.

De esta ficción maravillosa sólo mencionaré el ?sábado?, día que precede al banquete, un asado en el que se congregarán todos los personajes que han dejado en textos anteriores sus historias, ahora lo sabemos, a punto de ser retomadas.

Ese sábado lleva como subtítulo ?Márgenes?. Pienso en la coherencia del proyecto: en esta jornada, Carlos Tomatis, entrañable, cínico y melancólico amigo de otras historias, viaja por la autopista de circunvalación en los márgenes de la ciudad de Rosario hacia Santa Fe, a Rincón, a la zona propiamente dicha, dado que el domingo concurrirá al asado/banquete. Tomatis va en el colectivo leyendo un artículo que habla de la fundación del Precisionismo y mientras lee, hace anotaciones en los márgenes. Quien firma el artículo se hace llamar Un intérprete de su tiempo ¿será un testigo como ?El entenado?, sólo que éste ha vivido para ver y referir las complicidades del arte y la horror?

Cuando Tomatis termina de leer/glosar el artículo, la novela, en un meneo suave, se detiene en narrar el detalle con una minuciosidad que exhibe una maestría única en la descripción de la percepción. Así comienza el recorrido por la zona. Impresión, asociación sensorial y el movimiento hacia el pasado que, por costumbre, él llama su juventud.

El recuerdo que parece uno, en realidad está compuesto de fragmentos que provienen de muchos recuerdos similares, pero además confirma que la literatura trabaja con restos de lo real y la vida también espesa su dimensión sobre restos, fragmentos y escombros. Los recuerdos de Tomatis van a recuperar la zona, esa zona que como bien señala Mario Goloboff, es una auténtica ?Unidad de lugar?, porque Saer podía cambiar la forma, el tono y el punto de vista pero sostenía a los mismos personajes y el mismo lugar. Anónimos, minúsculos pero con sus enormes tragedias universales, los personajes de la zona merodean un solo tiempo, el de la memoria.

Así, Tomatis, en el colectivo, pivotea entre lo ya acontecido y las expectativas sobre el clima del día siguiente en que efectivamente será el encuentro. El recorrido del micro narra el recorrido del pasado, dos planos corren juntos: tiempo y espacio. Este sábado, nos da más datos sobre el destino del Gato y Elisa acechados en ?Nadie, Nada, Nunca?, nos trae, además, noticias de Pichón Garay que sigue asediando a Edipo desde París, nos devuelve a un Tomatis recuperado de la depresión, excusa de ?Lo imborrable?. Y también recupera a Leto, el de la caminata de cincuenta y cinco minutos y veintiuna cuadras con el Matemático en ?Glosa?, que se suicida al caer en manos del terrorismo de Estado durante la dictadura.

Esta jornada, postula como pocas el proyecto coherente de un narrador sutil, un entusiasta de la percepción, que convertida en poesía, tiñe su narrativa hasta un punto indecidible y la torna maravillosa. Saer conoce como pocos la musicalidad de las palabras. Por eso su prosa entona cuando narra.

Se fue hace cuatro años, nos dejó una obra inconmensurable y la certeza de que ella configura una zona a la que siempre se puede regresar con goce y placer, con estupefacción y también con certidumbres, porque como los indios de ?El entenado?, esa zona somos nosotros mismos y adonde quiera que vayamos la llevaremos dentro.

Notas relacionadas:

La pesquisa, de Juan José Saer, por Elena Bisso

Retrato de Juan José Saer, por Sebastian Russo

Publicado en Leedor el 11-06-2009

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