Souvenir

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Representar en el escenario a la peor soprano de la que se tenga memoria es el desafío de Karina K en Souvenir esta obra magistralmente dirigida por Ricky Pashkus.Corría la década del 30? y Florence Foster Jenkins tuvo una extraña virtud: hacerse famosa haciendo algo efectivamente muy mal. Amante de la música desde su más tierna infancia, no fue sino hasta la muerte de su padre y al heredar una interesante fortuna cuando Florence pudo dedicarse por completo a ese arte sin dar explicaciones ni ser coartada por nadie. Así, esta peculiar estadounidense, inicia su carrera en Filadelfia para continuarla en New York donde financia The Verdi Club.

Hasta aquí, esta es una historia más de alguien que, al recibir una herencia, puede dar rienda suelta a su esnobismo, antes eclipsado por la oposición familiar y la falta de recursos. Pero hay algo más en la ficción de la vida de Jenkins que conmueve y lanza hacia el espectador un huracán de emociones, ella quiere cantar, ella cree que canta muy bien, ella hubiera cantado así hubiera sido una homeless y esto es lo que Karina K encarnándola en Souvenir, muestra cada noche en el teatro Regina. Florence persigue su sueño, lo alcanza y disfruta porque sólo escucha a su deseo. No hay esnobismo, afectación o hipocresía, ella no quiere ser famosa, ella quiere cantar. ¿Existe algún modo de hacer algo sino creyendo que lo hacemos bien?

La acción comienza en una suite del Ritz Carlton de New York, Florence ha contratado al pianista y compositor Cosme McMoon quien luego de intentar persuadirla de lo fallido de su arte, decide acompañarla en su aventura. En la piel de Cosme, un atildado Pablo Rotenberg cumple la doble función de tocar el piano y de oficiar de narrador dando cuenta así del paso de tiempo (los últimos doce años de la vida de Jenkins) en que él y la señora trajinan el derrotero hacia el ¿éxito?

La escenografía es de una belleza sutil y de una gran operatividad, ya que sólo dos cambios de fondo nos sitúan en el Ritz donde la Florence ensaya y en el Carnegie Hall, en el que se siente triunfal aunque no haya podido afinar una sola nota.

El vestuario impecable, preciso y cuantioso de Renata Schusseim, contextualiza la época y resalta la presencia de Karina K quien con un oficio extraordinario no sólo desafina maravillosamente, si el oxímoron es tolerable, sino que le pone el cuerpo a una mujer de sesenta años y todo en su andar es absolutamente orgánico. Sólo dos objetos son necesarios para crear un espacio escénico que colabore en la narración: un piano en el extremo izquierdo y una vitrola en el derecho, no es preciso nada más, todo el escenario está colmado con la presencia de Karina K.

Para los que hayan seguido su carrera, su voz es entonada y maravillosa, de modo que representar a la peor soprano de la que se tenga memoria entraña un desafío enorme. Karina K no sólo libra con enorme histrionismo su papel sino que por momentos hace sobrevolar en la platea el recuerdo de esa grande, valiosísima e inolvidable artista que fue nuestra Niní Marshall. No es una imitación, ni siquiera son los tics de la tan recordada Niní, es como si el genio que tienen algunos artistas, se hubiera posado sobre ella.

Ricky Pashkus dirige con acierto la gran jugada de hacer recaer sólo sobre dos personajes noventa minutos de una historia que no decae y que siempre está prometiéndonos una sorpresa. El espectador espera tal vez que la realidad caiga sobre esa mujer convencida de tener oído absoluto, que las risas de su ridículo se hagan cargo de la historia, que su pianista, que ejecuta la música en vivo con creciente emotividad, también se burle de ella.

Pues no, Souvenir nos regala una última sorpresa, escuchar la música que Florence escucha dentro de sí, y esa es la música de los ángeles.

Publicado en Leedor el 2-6-2009