Ruanda: 100 días que no conmovieron al mundo

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Un documental argentino de fuerte impacto, Los 100 días que no conmovieron al mundo, sobre el exterminio étnico en Ruanda, en el MALBA.
Los 100 días que no conmovieron al mundo

Si el artista Alfredo Jaar en su instalación El lamento de las imágenes decide traducir las fotos que testimonian el genocidio de Ruanda en un texto y esconderlas en cajas negras como modo de velarlas, magrearlas y multiplicar su impacto, otra artista y su equipo, Vanessa Ragone, abre la caja negra para dejar salir la pesadilla: lo que empieza a suceder dos años después de la matanza en la que fueron exterminadas casi un millón de personas.

Y allá se embarca, a partir de la investigación de Susana Reinoso, siguiendo los pasos de la jueza argentina Inés Weinberg de Roca, única presencia latinoamericana en el foro que juzga esta locura acaecida entre el 6 de abril (fecha en el que es asesinado el presidente de Ruanda, Habyarimana), y mediados del mes de julio de 1994 .

Lo que hay que contar es duro. El horror de la esfera humana contrasta con un paisaje maravilloso. Es que se contraponen dos sublimes igualmente culminantes: los verdes valles y las sabanas con sus especies salvajes casi míticas versus el ensañamiento en la masacre en formas impensables.

Como en tantos casos similares, lo sucedido en este pequeño país de larga historia colonialista de sometimiento y pobreza, es irracional e inexplicable y responde a una especie de locura colectiva en la que se embarca una etnias sobre la otra, de las dos principales de este país centroafricano.

El documental es prolijo, exhaustivo y paciente, recorre ciudades y campos, pequeños poblados, toma testimonio, captura ojos y memoriales, sigue la huella de cada golpe y va buscando comprender qué pasó.

Si el cine es una alienante y pertinente puesta en cuestión de lo real, hecha de imágenes oníricas que nos inventan la memoria porque logran representar la invisibilidad y si efectivamente el cine es un problema del siglo 19 que se soluciona en el 20 como una de sus más refinadas máquinas de construcción simbólica, entonces el lugar del documento, en este horror que constituye el último genocidio del siglo, se erige para recordarnos que la locura no terminó y efectivamente sigue siendo difícil pensar poesía después de Ruanda.

Publicado en Leedor el 23-04-2009