La sombra de Federico

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Cuando detrás de una puesta teatral hay un proceso de investigación, el resultado es una pieza de alta calidad. Se estrenó La sombra de Federico. A la sombra de Federico

La posibilidad de ver La sombra de Federico, en la sala Casacuberta del teatro General San Martín de la ciudad de Buenos Aires, es una buena nueva para los entusiastas de la obra de Federico y del teatro en general.

Se trata de una puesta muy atractiva, donde resalta la conjunción de lenguajes: el poético (los textos de Lorca), el musical (canciones populares flamencas ejecutadas en vivo), el plástico (se destaca el dramatismo y la expresividad de las telas puestas en juego en manos de los titiriteros del teatro), el objetual (la utilización de muñecos introduce un elemento fantástico que colabora en crear el plano más surrealista y onírico de la obra) el corporal de los actores y titiriteros, acentuando la fructífera tendencia de estos últimos años de un teatro que juega con la mezcla de géneros y la hibridación de registros.

La dupla César Oliva-Eduardo Rovner en la dramaturgia dio frutos muy interesantes. El primero es un estudioso de la obra de García Lorca, catedrático por la Universidad de Murcia, director de teatro con más de 30 obras en su haber, investigador de la escritura y la dirección teatral de España en la contemporaneidad, además de ser uno de los actualizadores del teatro que García Lorca llevara adelante (como gestor cultural, diríamos hoy), La Barraca, entre 1932 y la fecha de su asesinato.

El trabajo actoral es acorde a la exigencia de la propuesta. La dirección es de un conocido director con larga trayectoria, Hugo Urquijo. Adelaida Mangani está al frente del grupo de titiriteros.

Entre las actuaciones, se destaca el trabajo de Aldo Barbero y José María López.

Graciela Duffau tiene una presencia escénica contundente a la hora de comunicarse con la situación y con el público. Su solo recitativo, catarata poética plena de metáforas sobre el papel de Federico García Lorca en lo que se vendría en España después de su muerte conmueve hasta los huesos, y así lo demuestra el público que la aplaude en mitad de la función. Su papel de Esperanza Rosales, la madre del poeta Luis Rosales, familia que protege a Federico en lo que fue su último refugio logra componer a una mujer plantada y con ovarios, totalmente acorde a todas ellas, las que mueven el universo dramático de la obra lorquiana.

La escenografía, con un patio/tablado casi en la boca del escenario, dialoga perfectamente con actores, músicos, titiriteros y muñecos. Un guiño al teatro dentro del teatro, en la representación de un fragmento de Bodas de Sangre, mantiene la coherencia con el universo creativo del artista en cuestión, y refuerza la angustia de la premonición, la negra noche y la imposibilidad de escapar al destino.

La vigencia de las imágenes del poeta se vuelve patente en la emoción que recorre la sala. Quizás porque no se sabe exactamente dónde está enterrado su cuerpo, es que el juego con el más allá se hace tan sugestivo.Como si no estuviera muerto, la memoria vence al olvido y actualiza la voz de la víctima. Por eso, dejarla discutir con sus verdugos, traidores y asesinos, o dialogar con sus personajes, son índices de la actualidad de la obra.

Publicado en Leedor el 20-05-2009