El pez en la Luna

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Desde el título, la metáfora de lo irracional, de aquello que va más allá del mundo terrenal para sumergirse, como bien podría un pez, en el interior del cuerpo y el alma.
En algún momento de la obra una enfermera -no se imaginen el cliché de la que pide silencio en la sala- nos dice ?si yo fuera ustedes no le creería nada?. ¿De quién habla? Se trata de Cecilia, la protagonista, aquella paciente que nos taladra toda la hora con un monólogo más que abrumador?

A este unipersonal no le basta con quedarse en el plano imaginario -muy explotado por suerte- del mundo corriente de lo psiquiátrico, de los enfermos mentales ni tampoco le alcanza con una puesta en escena tradicional. Vamos por más. Primero, la historia: parece ser que Cecilia es una joven que ha perdido a su amado ya que éste se suicidó justo cuando compartían su luna de miel. De este modo empieza su relato continuamente dirigido -además de a sus amigos los muñecos o a la tele- a nosotros espectadores: con constantes apelaciones y la mirada que nos inyecta.

Podríamos decir que no sabemos si estamos ante un hecho teatral o del otro lado de la habitación que la paciente tiene en el hospital. Por momentos quiebra o amplía el espacio escénico para entregarnos objetos o para que le ayudemos a colocarse una pollera. Para pedirte un abrazo, por qué no.

Algo interesante de esta propuesta es el uso variados dispositivos. En el plano de la imagen: una tele común y corriente -y típica de ese tipo de alojamientos- y una pantalla al centro del escenario que proyecta alternadamente unos videos. El audio: desde el vamos escuchamos sonidos de pájaros al inicio de la obra; en lo sucesivo oímos canciones, cantantes, guitarras, aplausos (grabados de grabadora), la voz de Patrice Pavis (teórico del teatro) definiendo según él lo que es un ?recurso dramatúrgico?, un tema de U2 con la que concluye el espectáculo.

Cuando se proyectan los videos ella permanece también espectando o durmiendo o no está en escena. Sentido de la vida y de la muerte como también se traslada al efecto que pueda tener el público que asista a verla.

En el Hombre todo está en la cabeza, señala, ?todo en la cabeza?. No sabemos muy bien por qué ella no quiere entrar en sueño, pero sí que lleva 72 horas sin dormir. ¿Para retrasar su salida de la internación o su propia muerte? La enfermera ayuda poco a poco a ?reconstruir? la historia o, mejor dicho, lo que queda de ella. Ella es Cecilia. Es muy oportuno y estratégico el diálogo que establece con el esqueleto -que está formado con radiografías que en total arman el rompecabezas del cuerpo humano- a modo de amigo imaginario/invisible, charlan sobre ?todo lo que no se puede? (hacer). También está presente el conocido recurso en el que la tele le habla al/los televidentes. Ella misma se asombra y todo resulta muy genuino en su modo de ser. Ella hace zapping en la tele.

Pastillas medicamentos en almohada por botones blancos se desparraman? caída sonoridad.

El suero como una metáfora, no hay ningún líquido allí dentro.

Sus objetos personales -su mundo, imprescindibles para el internado- son: una cajita con luz roja que titila, la valija, los anteojos de enfermera, la soga con hojas de árboles de plástico, los muñecos de trapo.

Nada se problematiza, todo sucede y deviene casi de manera ordinaria, común, conocida. Como el suministro que cualquier paciente hace de cualquier medicamento que le hayan suministrado.

El pez en la luna se podría interpretar como un título que alude a una metáfora. De lo irracional, de aquello que va más allá del mundo terrenal para sumergirse, como bien podría un pez, en los adentros del cuerpo y el alma de la paciente. Nos vamos sin dudas sobre el ?sentido? dado, sin embargo una ola nos sacude. El juego terminó. Game Over.

Publicado en Leedor el 27-04-2009