El avaro

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Un clásico del siglo de oro que se mantiene vigente con sus cortes, intrigas y ladrones, en el Teatro El Convento.

La compañía del Teatro Argentino de Cámara del Teatro El Convento continúa presentando obras clásicas. En este caso, una versión de El Avaro, obra del dramaturgo francés Molière que data del año 1668, comedia estructurada en 5 actos en la que Molière sigue satirizando a los personajes, y es justamente la Corte el sitio donde y para la cual se representaban sus obras en la época conocida como clasicismo francés.

Es entonces bajo este régimen de la sátira social que Molière exprime las bajezas humanas: caracteriza la burla y el develamiento de las máscaras y modismos de -justamente- ese sector social. Es a través de chistes -con su concatenación en la risa-, de lo grotesco, de la estética burlesca, picaresca y paródica que se concreta la caricaturización de sus personajes; lo que hace que sea un clásico y un autor revisado constantemente por nuestros contemporáneos.

En la propuesta que nos ofrece esta compañía de la calle Reconquista, sigue siendo la risa el denominador común que comparte con el texto fuente. El elemento risa es explotado, en el mejor sentido del término, se lo utiliza desarrollándolo a lo largo de la hora y media que dura el espectáculo. Dicho esto es pertinente destacar la caracterización y composición -las posturas y el manejo corporal- del Sr. Harpagón; este ?padre de familia? que castiga a sus hijos tanto en el plano afectivo como en el económico, obviamente. Es un avaro. Un usurero que esconde continuamente su dinero, que sufre de paranoia y de persecución de que le roben su dinero. Tiene gestos evidentes de avaricia al decir, por ejemplo, que se le gasta el sillón si lo siguen usando. En cuanto a este personaje, cabe destacar la imagen que presenta -su caracterización- de renegao, mezquino, enojoso con todos, malo, malísimo, aunque en el fondo es un pobre tipo que no sabe disfrutar de los placeres de la vida y permanece introvertido con su bastón que suena constantemente y con su opulento anillo, signo de su dicha económica.

La dinámica de la obra hace que sea entretenida y que tenga un ritmo muy fluido tanto para grandes como para chicos. Los enredos en los diálogos de los personajes siguen en pie como por ejemplo con el compromiso matrimonial de la joven Mariana: prometida al Sr. Harpagón a su vez amante del hijo de éste, Cléante. La Sra. Frosine funciona por una parte de ?celestina? entres los dos pares de jóvenes y de mediadora, por otra, en el ring entre padre e hijos. Este ?jugar para los dos bandos? es realmente destacable en la obra y la protagonista logra por momentos cierta empatía con el público.

Hay comentarios o reflexiones de los personajes que van dirigidos al público lo que hace de esta apelación un quiebre del mundo ficcional interno a la obra para decirnos que estamos ante una construcción teatral; además para permitir la risa que podría ser una especie de acto catártico. En esta propuesta escénica la escenografía y la iluminación son constantes, fijas, para que la escena se desarrolle y se modifique a través de los desplazamientos en el espacio de los personajes, de sus entradas y salidas. A parte, la música aparece al inicio y al fin de la obra y remite a una ambientación clásica, cortesana. Suenan los típicos violines.

Hay apelaciones a nuestras costumbres, pocas pero pertinentes y bien elegidas, como el ?asadito? que se menciona en un diálogo culinario o la mención directa al convento mismo donde se presenta este espectáculo. Oímos expresiones como ?es lo que hay?, ?cara de nada? o ?más claro echale agua?; calificativos hacia la mujer como zorrita, mojigata, tonta, inútil, prostituta fácil o también el sirviente borrachín.

Todas estas consideraciones oscilan entre lo ridículo y lo patético dentro de este ?universo molièriano? donde prima, y esto viene de aquella corte francesa a la mesa porteña, la avaricia de este hombre mayor que aquí podría pasar por jubilado sin ningún problema. Sin escalas. Lo que hace que nos reverenciemos hacia su autor y a estos intérpretes que siguen redoblando la apuesta. Dos momentos destacables y muy bien logrados están hacia el final de la obra y son, por un lado, el intento que hace La Fleche -cocinero y cochero de la familia, o sea un esclavo- en reconciliar al Sr. Harpagón con su hijo Cléante dejando a estos dos en una parodia al capricho infantil; por el otro, cuando Cléante se metamorfosea en un caniche, en un perro cualquiera en estado de rabia, un trabajo actoral realmente imperdible.

El momento culminante se da con la furia que se desata en el Sr. Harpagón cuando se da cuenta del robo ?el cofre, el jardín, los 10.000 escudos- de su dinero (éste representa su amor, aquello que realmente él ama; similar al amor que siente Valerio por Elisa); los espectadores sabemos que el ladrón es La Fleche, amparado por la Sra. Frosine y por Valerio. Lo que sigue es parte del desenlace de esta comedia que, más que dejarnos pensando en la crítica a las miserias humanas nos dice? entréguense a la risa.

¿Será que la soledad es el premio que consiguen en su clausura estas personalidades avaras?

Publicado en Leedor el 22-04-2009

Obra presentada en…
– X Encuentro Internacional de Teatro Zicosur Antofagasta 2008, Chile
– V Festival Internacional de Teatro Calama 2008, Chile
– VII Festival Internacional de Teatro Iquique 2008, Chile