Cuenta regresiva

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Ciencia ficción con matices religiosos del director de El cuervo. El director Alex Proyas (El cuervo, Yo Robot, Dark City) vuelve con una de ciencia ficción. John Koestler (Nicolas Cage) debe averiguar cuál es el significado de ciertos números que fueron enterrados hace cincuenta años en una escuela, y que han llegado a manos de su hijo Caleb (Chandler Canterbury). Parecen predecir accidentes fatales y quizás el Apocalipsis, a menos que él encuentre rápidamente cuál es su rol y el de su familia en todo ello. Para ello, cuenta con la ayuda de Diana Wayland (Rose Byrne) y su hija Abby (Lara Robinson), descendientes de la mujer que escondió el mensaje en la escuela hace medio siglo.

Sin dejar de lado el hecho de que está pensado para ser un blockbuster, bajo la dirección de Proyas el film adquiere ciertos matices, muy sutiles, que son, por lo menos, interesantes. Y estos surgen, primordialmente del género con el que se trabaja. La ciencia ficción siempre plantea interrogantes acerca del sentido y la dirección de la humanidad, incluso cuando no sean películas futuristas. Así, muchos films trabajan temas afines a problemáticas religiosas (recordemos Inteligencia Artificial de Spielberg, por citar alguno). Y éste no es la excepción. El padre de Koestler es un pastor, y padre e hijo están distanciados por cuestiones de fe: la esposa de Cage ha muerto en un trágico incendio y él aún no ha podido hacer las paces con ese hecho. Lo cual abre toda una serie de referencias acerca de la existencia del cielo, de los ángeles, y de la vida después de la muerte. Esto, sumado a la cuestión de los números que parecen encerrar profecías, pondrá sobre el tapete la cuestión de la fe. Durante todo el film el personaje de Cage debe dar ese salto de fe, y será finalmente puesto a prueba, de una manera similar en la que Dios lo hizo con Abraham y su hijo Isaac. Finalmente, hay toda una referencia final al Paraíso y a Adán y Eva. Lamentablemente hacia el final toda esta tensión que provocan los paralelismos religiosos se disipan, y se resuelve de una manera mucho más convencional, como hemos visto en cientos y millones de films de ciencia ficción.

Por otro lado, hay un juego de duplicaciones respecto de las relaciones entre padres e hijos, y cómo los errores del pasado pueden ser enmendados en las generaciones futuras. En este sentido, se trabajan parejas de padres e hijos: la relación de John Koestler con su padre y su propio hijo; y la relación de Diana Wayland con su madre y su hija. Asimismo, y como no podía faltar una veta de moraleja en Hollywood, toda esta cuestión de las generaciones futuras y la responsabilidad que se tiene para con ellas se resuelve con un coqueteo con temas actuales como el terrorismo y el medio ambiente.

Sin duda, no es el mejor film de Proyas, pero los efectos especiales nos divierten, las escenas de suspenso están logradas, y si alguien quiere y puede pensar en estos guiños con la religión sin devanarse los sesos, esta es la película indicada para ver un sábado a la noche, con pochoclo en mano.

Publicado en Leedor el 4-04-2009