Macbeth, nuevamente

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Las relaciones de poder trazadas por Shakespeare se mantienen vivas en esta puesta del Teatro El Convento.
La compañía del teatro El Convento repone actualmente una versión del clásico Macbeth shakesperiano. El elenco, conformado por siete actores, realiza una función de hora y media de duración enmarcada en un espacio -el convento mismo- digno de ser admirado por su imponente presencia ya sea por el mármol o los amplios pasillos; particularidades que hacen que uno entienda por qué allí se realizan puestas de obras clásicas.

Quien conoce esta gran tragedia en la que Shakespeare incursiona una vez más en las pasiones, los delirios y los anhelos desmedidos a la vez que humanos, sabe que ir a ver un Shakespeare en el circuito teatral alternativo de Buenos Aires es un riesgo que hay que correr; les digo que en este caso vale la pena correrlo.

Hablar de Macbeth es hablar de un personaje histórico: sucede en el trono a Duncan quien fue asesinado por Macbeth para poder ser Rey de Escocia.

Llevada a la ficción por Shakespeare en el drama isabelino esta tragedia en cinco actos se traspasa en esta sala porteña a un escenario tradicional muy sencillo y con una escenografía inamovible, austera: un fondo negro con fugas para los actores y una pequeña tarima a modo de escalón que utilizan para situar a los personajes en otro nivel. Cabe destacar el uso del vestuario, iluminación y sonido. Estos últimos recursos -dirigidos a nuestros sentidos de vista y oído- son los que completan e instauran a lo largo de la obra el ambiente o clima trágico que se propone llevar a cabo: el viento, las campanas y el tambor que suena, la segmentación del espacio que logra la luz.

La obra se inicia con el presagio que las ?brujas fatídicas? le otorgan a Macbeth y su ?aun en ese momento- compañero y amigo Banquo. Es interesante observar la caracterización de la ?bruja? que tiene presencia física en casi toda la obra y luce un look, digamos, dark, oscuro, tenebroso al límite del verosímil artístico.

Las relaciones de poder trazadas por Shakespeare se mantienen vivas en esta propuesta que exacerba por momentos aun más las ideas ?desde ya en primer plano- de ambición y traición, coronadas por el personaje de Macbeth. Cabe destacar el carácter que le otorgan a este matrimonio tan enfermizo en términos actuales donde Lady Macbeth no cesa de instigar a su esposo en la matanza del rey Duncan. Señalemos que no hay presencia de sangre en ningún momento, por lo que la escena en que ella insiste en quitarse la sangre de las manos está muy bien lograda y cuidada.

Más allá de lo anecdótico de Macbeth, creo que ir a ver esta obra es refrescar y hacernos pensar en cuestiones eternas, en lo primitivo del ser humano; en las bajas pasiones, los conflictos, enredos y pensamientos que luego pueden dar pie a lo que la obra nos muestra: la desmedida ambición del poder. ¿Acaso esto no forma parte de nuestra sociedad hoy en día?.

Publicado en Leedor el 6-03-2009