Perón en Caracas

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Magnífica puesta de López Vidal de un texto de Leónidas Lamborghini.
La violencia es la partera de la Historia, aseguraba Karl Marx convencido de que toda sociedad gesta cambios y sólo la violencia coopera para hacer alumbrar un orden nuevo dejando detrás y aboliendo para siempre un paradigma perimido. ¿Es esto así en la Argentina?

Los muchachos peronistas, todos unidos triunfaremos? canta el General Perón entrando a escena, seduciendo con la sonrisa y la mirada a un público que bien podría ser el pueblo peronista. La marcha de los descamisados, de los humildes, de los trabajadores enmudece abruptamente y desde una pantalla de video, las imágenes de los aviones militares amenazantes surcan el cielo, la canción no es la misma: en lo alto la mirada?y la voz grave del locutor oficial anuncia la proscripción de todo lo que en adelante será parte del mito: nombres, siglas, escudos y cualquier signo que se lea peronista. La violencia ha dado a luz un orden, no es nuevo y se repetirá incesante cercenando democracia, cuerpos e identidades a lo largo de nuestra historia.

14 de setiembre de 1956, un año después de la renuncia inevitable, Perón reflexiona en el exilio. Su interlocutor ideal, su hombre de confianza, su delegado y doble John William Cooke, es el destinatario de más de una especulación, epístola y legado. El otro destinatario es el público. Daniel Di Cocco en la piel de Juan Domingo Perón, en una impecable composición, internaliza el magnífico texto de Leónidas Lamborghini, lo hace suyo y transita en el cuerpo de Perón, en su ademán, en su registro vocal, sin muecas, parodias ni imitaciones. Daniel Di Cocco, durante cuarenta y cinco minutos es Perón. Es un Perón humano, tanto que padece prostatitis, se agota y cuando recobra fuerzas retoma la retórica del adoctrinamiento que el general destinaba a los soldaditos de la causa para que prepararan el regreso y la reconquista del poder. El que cae derrumbado viéndolos cuerpos masacrados de los compañeros en la plaza del 55?.

Es el que piensa en su negrita e intuye el trágico derrotero del cuerpo de Eva, convertido en botín, coartada, blanco y móvil.

Pero también es un Perón mítico. El de los brazos alzados, el que presagia, el que juega y dialoga como un malabarista con la derecha, el centro y la izquierda. El que los seduce a todos y ha caído, como reza el texto, bajo el nuevo brazo armado de la oligarquía: el ejército. El mismo mítico líder que anuncia que ha nacido el enano más grande del siglo.

El espacio escénico es un acierto más de la puesta de Jorge López Vidal, en él sólo se encuentran los objetos y trastos que serán funcionales al texto. El catre austero del exilio para el descanso del general. La máquina de escribir como artefacto capaz de conectarlo con el exterior- espacial e interior-emocional: la patria. Un pequeño piano en el que acariciar las notas de la marcha y el panel que funciona como pantalla haciendo las veces de pared del sanitario imperioso para atenuar los síntomas de su prostatitis. La iluminación acompaña, impecable al igual que la música, cada segmento del exilio.

14 de setiembre de 1956, Caracas Venezuela. Febrero de 2009, Buenos Aires, Argentina. Decía Nicolás Casullo que cada presente uno lo vive como si toda una historia confluyese sobre ese presente, y el presente fuese como una suerte de consumación de todo un proceso histórico1, ?Perón en Caracas? en la magnífica puesta de López Vidal, fortalece estas palabras interpelándonos acerca de nuestra historia, dolorosa, antinómica y violenta en un presente donde lo ocurrido debe ser revalidado, recordado y asimilado. El exilio de Perón funciona como una sinécdoque de mil exilios posteriores. Tal vez el peronismo y el anti peronismo hoy conformen un solo mito pero justamente ese carácter ficcional que interpreta un origen, político en este caso, debería poder explicarnos por qué en Argentina la violencia no puede y no debe ser nunca jamás la partera de la historia.

Publicado en Leedor el 3-03-2009