El luchador

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Tanto para Mickey Rourke, como para el personaje que encarna, la década del 80 ha quedado muy atrás y junto con ella la gloria.

?Quien no se adapta es golpeado

con una impotencia económica

que se prolonga en la

impotencia espiritual del solitario?

Alexis de Tocqueville. De la democracia en América

Su rostro demora en aparecer, la cámara parece seguirle los pasos con respetuosa distancia, casi como habiendo sincronizado el ritmo agitado de su respiración. Es de noche y el efímero resplandor de un foco simula un relámpago que preanuncia la revelación de las huellas del ineludible y tormentoso paso del tiempo sobre aquel cuerpo perseguido.

La postergación deliberada al fin concluye y la visión del plano de ese rostro inmenso produce un escozor melancólico: el reencuentro con Mickey Rourke en la pantalla equivale a aquella sensación que se tiene al recibir noticias de un amigo al cual se le había perdido el rastro y del que sólo nos llegaban rumores dispersos.

En seguida comprendemos que tanto para él, como para el personaje que encarna, la década del 80 ha quedado muy atrás y junto con ella la gloria.

El personaje es Randy ?The Ram? Robinson, un titán de la lucha libre -espectáculo que, como tantos otros, es una puesta en escena que funciona gracias a reglas que cuentan con un consenso colectivo- cuya vida se compone de varios frentes de batalla, y en donde la posibilidad de triunfo en cualquiera de ellos no sólo es incierta, sino que tal vez alcanzarla signifique un logro insuficiente. El ritual sabatino del ring, el retazo de una familia a quien tempranamente se le dio la espalda, un trabajo rutinario para juntar algunos escasos billetes más o la esperanza de conquistar el afecto de una stripper, conforman una intensa sucesión de rounds cuyo fatigado espíritu debe enfrentar.

?The Ram? dista mucho de ser el héroe portador de una voluntad sin fisuras, capaz de sobreponerse a todas las dificultades que el cine estadounidense ha impuesto como estereotipo y al cual ciertas películas pretendidamente aleccionadoras aún apelan. Es que el tiempo y la historia también han pasado para el cine, y esta saludable separación del remanido estereotipo que hoy sirve sólo para aplanar problemáticas y ofrecer satisfacciones ilusoriamente edificantes al espectador, potencia la posible lectura del El luchador como una película que pertenece al presente inmediato.

La clave sale disparada directamente de la boca de Randy/Rourke y es esencial al relato: ?los 90 fueron una mierda?. Quizás esa mierda se haya expandido algunos años más y haya comenzado mucho antes, las clasificaciones cronológicas, sabemos, no siempre operan muy efectivamente, pero la frase así arrojada es un golpe estruendoso, un guiño disimulado en medio de acordes metálicos pero bastante claro como para que podamos entrever su dirección.

El presente del mundo que trasmiten las imágenes de la película es un presente que carece de esplendor, un escenario abandonado luego de una fastuosa fiesta cuyas paredes se encuentran putrefactas, como aquel que presenciamos mientras Randy y su hija bailan al compás de un vals tierno e imaginario. Los habitantes que lo transitan son seres de los suburbios, de los márgenes, porque el centro ha quedado lejos y su destino es incierto. Son luchadores a quienes la supervivencia cotidiana les resulta el escalón más alto al cual pueden aspirar sus subjetividades.

Cuando éstos al ser arrinconados por el irreversible paso de los años toman conciencia de tal estado de cosas ¿qué decisiones pueden tomar para conservar lo más auténtico que les queda?

Publicado en Leedor el 2-03-2009