Doña Flor y sus dos maridos

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Una adaptación de la novela de Jorge Amado con fisuras y desaprovechamientos en el Teatro Broadway de Buenos Aires.Cuando Jorge Amado publicó en 1966 ?Doña Flor y sus dos maridos?, había dejado atrás el realismo tenaz que caracterizó la primera parte de su obra para dar a paso a una escritura que, si bien retrataba la sociedad en la que sus personajes se enfrentaban a diversos dilemas morales, introducía el humor, la magia y una de las características más notables de San Salvador de Bahía de Todos los Santos: el sincretismo religioso.

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Situada en las postrimerías de 1941, la novela de J. Amado alcanzó su máxima popularidad al ser llevada al cine por Bruno Barreto en 1976. La crítica no duda en afirmar que éste fue el matrimonio mejor avenido entre Jorge Amado y el cine, ya que ?Doña Flor y sus maridos? es la película con mayor éxito en la historia del cine brasileño.

La historia es bien conocida: una mujer de clase media casada con un hombre con todos los vicios, enviuda en la plenitud de su vida, trata de rehacerla sin olvidar jamás a su querido esposo y se casa con un hombre que por su seriedad rayana en el aburrimiento está en las antípodas del anterior. Luego de un tiempo de extrañarlo en torno a la sensualidad y plenitud carnal que mantenía con él, el muerto se aparece, mantiene con ella encuentros de un profundo erotismo y la coloca en el centro de un dilema: aunque lo extrañe y duerma con él espectro-doble de su marido muerto, como mujer de moral burguesa y creyente, se debe a su nuevo esposo.

La adaptación de Leandro Gazzia tiene entre otras una gran fisura: Doña Flor nunca parece traspasada por ese dilema. La dramaticidad que es el nudo de todo guión, también en la comedia musical, se encuentra ausente haciendo que los personajes floten en un mar sin olas. Nunca se expresa claramente el segmento espacio-temporal en que acontecen los sucesos (fundamental para comprender en qué contexto esa ?infidelidad? es un dilema), jamás se da cuenta del porqué en Bahía es posible tamaño suceso, así como tampoco se representa que tan lumpen era el esposo fallecido. La muerte de Vadinho en el texto de Amado es prematura y es la condición de posibilidad del conflicto posterior cuando éste regresa desde el reino de los muertos. El Vadinho encarnado por Miguel Abud es un metrosexual de pulcros bóxers blancos que no exhibe nunca las características de ese libertino inescrupuloso que llega a pegarle a su mujer para quitarle dinero e ir a una casa de juego. Jamás su composición muestra las huellas ostensibles de su vida disipada. Su opuesto, el segundo esposo, de profesión boticario, encarnado por Marcelo Mazzarello (con más pericia escénica) tampoco sale del atolladero, ya que el propio guión lo muestra como un hombre gris, pero el personaje y el actor que muchas veces rompe la cuarta pared, es gracioso, cómplice del público y se encuentra lejos de los grises y promoviendo hilaridad se aleja de Teodoro, el aburrido y rutinario boticario.

Emme en la piel de Doña Flor no convence pues carece de matices. Su color escénico no cambia jamás y la pasión en el encuentro con el marido recobrado, su conflicto y su rol sufriente inherente al melodrama, nunca aparecen.

El narrador que enmarca la puesta carece de la fuerza de quien cuenta una historia, su caracterización externa e interna lo evidencian joven y hasta dubitativo. El tema musical original es un desacierto más, muy lejos del que escribió de Chico Buarque, nos cuenta quién es Doña Flor, negándole así al público los síntomas que materializan como un cuerpo a ?ese lugar? de meretrices, poetas, capitanes de la arena, fiestas y funerales que es Bahía.

Ese espacio escénico muestra de fondo una Bahía desangelada sin sus misterios ni cualquier otro signo indicial que nos permita imaginar siquiera, en qué estado de cosas es posible una historia como esta.
Doña Flor es una historia de pasión, de relaciones de poder (hombre-mujer). La puesta de Daniel Fernández deja en el camino estas dos variables del horizonte de producción de la obra de Amado y aparta el sincretismo religioso nordestino que es un proto personaje en esta historia de aparecidos, ebós y candomblé.

Así, el teatro comercial pierde una vez más la posibilidad de llevar al gran público una obra de la literatura latinoamericana conservando algo de su sustancia. Jorge Amado afirmaría sin dudarlo que esta vez los Orixás faltaron a la cita.

Publicado en Leedor el 15-02-2009