El niño con el pijama a rayas

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Como en La vida es bella, el Holocausto visto desde una óptica poco habitual y polémica.Cuando esta nota esté publicada, muchos lectores ya habrán leído otras críticas de esta misma película y en particular notado que lo que se afirma en los dos principales matutinos difiere singularmente de lo que se dice seguidamente.

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Algo similar había ocurrido en momentos en que se estrenó ?La vida es bella?, que dividió las opiniones de la prensa cinematográfica en todo el mundo. Esa película tiene varios puntos de contacto con ?El niño con el pijama a rayas?, aunque una diferencia sustancial es que esta última no escatima en mostrar hacia el final imágenes del horror, casi ausentes en el film de Benigni.

Uno de los principales cuestionamientos que se le han hecho al film de Mark Herman (?Tocando el viento?, ?Pequeña voz?) es la supuesta manipulación del espectador y la ausencia de verosimilitud de la trama. Esta tiene a Bruno, un niño de ocho años (Asa Butterfield), cuyo padre es un oficial de la SS, personificado por el inglés David Thewlis (?La vida es formidable?, ?Naked?, Siete años en Tibet?), enviado a hacerse cargo de un campo de exterminio. La familia vivirá en las cercanías y no pasará mucho tiempo hasta que Bruno descubra que lo que parecía una granja es en realidad un sitio donde viven personas vestidas con ?pijamas a rayas?. En particular establecerá contacto, alambre de púa mediante, con Shmuel (el actor Jack Scanlon), otro niño de su edad. Se podría objetar la libertad con la que se desplaza el hijo del jerarca nazi e incluso cierta falta de custodia del otro niño, pero quizás sea más ajustado afirmar, como lo ha hecho Luis Kramer, compañero de radio, que se trata más bien de una metáfora.

El personaje de la madre de Bruno, interpretado por Vera Farmiga (?Los infiltrados?), puede también aparecer como exagerado, al ignorar ella lo que ocurre a pocos metros de su nueva residencia. De hecho ella lo descubre por infidencia de un joven oficial alemán que corteja a su hija, echándoselo en cara a su marido. Sin embargo, la situación es perfectamente plausible ya que ha quedado ampliamente documentado el esfuerzo de ocultamiento por parte de los nazis de los hornos crematorios y cámaras de gas. Incluso se conocen relatos de la sorpresa y horror con la que se encontraron los propios soldados soviéticos cuando llegaron a Polonia, lugar donde funcionaban los principales campos de exterminación.

El final es sin duda uno de los puntos más polémicos del film y del libro de John Boyne, publicado y traducido a más de 30 idiomas.

Algunos han creído percibir que cierta ?nivelación? en la inocencia de ambos niños significa banalizar o quitarle gravedad a lo ocurrido en el Holocausto. Más bien es todo lo contrario ya que en apenas cinco minutos el espectador será testigo del producto de la crueldad de un régimen inhumano, que asoló a la humanidad hace apenas algo más de sesenta años.

Publicado en Leedor el 7-12-2008