Heldenplatz

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Un sentimiento de devastación e incomodidad en una obra que, aunque habla del pasado, despliega cuestiones vigentes. En Heldenplatz, la obra de Thomas Bernhard que se exhibe en la sala Casacuberta del Teatro San Martín, la acción transcurre el día del funeral del profesor Josep Schuster, en su departamento en Viena, ubicado frente a la Plaza de Héroes, Heldenplatz.

El ir y venir entre lo que sucede el día del funeral, y aquello que sucedió 50 años antes, en 1938 cuando Hitler hizo su entrada triunfal en la Heldenplatz y, frente a su discurso, fue ovacionado por la sociedad austríaca.

Ante la anexión de Austria a Alemania, anunciada en el discurso de Hitler, el profesor Schuster, de origen judío, emigró a Inglaterra. Décadas más tarde es invitado a regresar por el gobierno Austríaco, pero poco después se suicida al ver que la sociedad austríaca no cambió y el antisemitismo y la discriminación siguen tan vigentes como cuando emigró.

Pero este relato, el del día del sepelio, se complementa con el relato de lo sucedido 50 años atrás. Como si el suicido acaecido hoy formara parte del camino iniciado en ese discurso de inclusión de Austria que significaba simultáneamente la exclusión del pueblo judío. El profesor Schuster decide arrojarse por una de las ventanas que da a la Heldenplatz, ante la repugnancia que le produce ver en sus compatriotas la misma hostilidad que demostraban abiertamente antaño, y que hoy solo disimulan bajo un velo de olvido.

El departamento donde transcurre Heldenplatz representa visualmente, con sus paredes descascaradas y el cúmulo de objetos destruidos y desparramados, la desesperanza que empujó al profesor Schuster al suicidio, como la de su familia, ante un país que ven devastado y abierto al nazismo, en el cual no hay espacio para una reconstrucción, sino sólo persistencia de la exclusión. Este sentimiento de devastación y vacío, se refuerza en la escenografía, con el uso de tonos neutros, grises en su mayoría, una iluminación general, y también neutra, sin demasiados contrastes y con un vestuario casi atemporal, casi repetido, incluso en la indumentaria del personaje ausente. Ya que si bien no hay un actor que encarne al profesor Schuster, su presencia, físicamente está marcada por su ropa, que la obediente ama de llaves sigue cuidando según las indicaciones del profesor, y fundamentalmente por sus zapatos, como símbolo que nos remite al holocausto.

El tiempo de la obra está representado en tres actos, el primero con un largo diálogo, que en realidad podría considerarse un monólogo, entre Rita Cortese, la Señora Zittel, y Paula Ituriza, en el personaje de Herta, la criada de la familia. Diálogo en el que el ama de llaves desnuda con su relato la conducta prejuiciosa del profesor, similar a aquella que criticaba en los otros.

El segundo acto es sostenido por las actuaciones de las dos hijas y el hermano del profesor. Anna, la hija que expresa sin reparos sus cuestionamientos y reproches, protagonizada por Juliana Muras, se contrapone a la silenciosa Olga, Jimena Anganuzzi. La escena se completa con la actuación de Pompeyo Audivert, en su rol de tío Robert, quien hace referencias al racismo y se defiende de las acusaciones de inacción de su sobrina, pero también representa una especie de voz de la conciencia cuando a través de un cambio físico se dirige hacia nosotros, con referencias a nuestra sociedad en el tiempo actual.

Por último, en el tercer acto, los personajes se completan con la presencia del hijo de Schuster, José Ignacio Tambutti en el rol de Lukas, el profesor Liebig, compañero de universidad del difunto profesor, representado por Horacio Marassi y su esposa, la señora Liebig, representada por Tina Serrano. Todos los personajes comparten el almuerzo luego del entierro, mientras dialogan sobre el funeral y la futura residencia de cada uno.

La escena se completa cuando finalmente también se suma la esposa del profesor Schuster, protagonizada por Azucena Lavin, quien desde su regreso a Viena sufre de alucinaciones auditivas por las que revive permanentemente el comienzo de esta tragedia, el discurso de Hitler y la aclamación del pueblo. En la puesta, la situación que se materializa en la proyección de un video, donde se observa un Hitler con el rostro desdibujado.

Este discurso y su aclamación, que a lo largo de la obra aparece reiteradamente en un susurro, sobre el final se vuelve tan ensordecedor, que termina siendo insoportable para la señora Schuster quien cae muerta, marcando así el fin de la tragedia.

Con el enfoque que hace el director García Wehbi, Heldenplatz despliega ante nosotros cuestiones vigentes. Provoca en primer lugar, incomodidad, luego, cuestionamientos.

Por un lado nos podemos sentir identificados con los actores que permanecen durante toda la obra en escena aunque no estén actuando, son tan espectadores como nosotros, acaso ante nuestra inacción, la acción estará en manos de otros?. Podemos ponernos en la posición de quien se asoma por una ventana para ver que sucede dentro de este departamento vienés, pero esto nos ubicaría en la Heldenplatz.

¿Tendremos el valor de admitir esa posición?

En el video que se proyecta en la pared marcada por el tiempo que tenemos frente a nosotros, el rostro de Hitler aparece atravesado por líneas, es la visión que persigue a la señora Schuster, pero este rostro desdibujado nos recuerda que el rol mesiánico puede ser asumido también por otros.

Por otra parte, durante toda la obra asistimos a un diálogo entre pasado y presente, vida y muerte, acción e inacción, y finalmente entre tragedia y comedia, ya que tal como se plantea a través de la frase del comienzo ?todo lo que comienza como tragedia termina como comedia?, se contrapone a la frase final ?todo lo que comienza como comedia termina como tragedia?. Son estas oposiciones las que finalmente hacen que nos resulte de total vigencia una obra que nos interpela cuestionándonos nuestro rol.

¿Somos espectadores de una obra de teatro o los protagonistas del teatro de la vida?-

Publicado en Leedor el 28-11-2008