Lo que sé de Lola

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El amor imposible, el saber y el deseo en esta opera prima del cortometrajista Javier Rebollo.
León es un hombre parisino que mantiene con su madre una relación edípica enfermiza; Lola es una joven española radicada en París y vecina de León que luego de la muerte de la madre del protagonista se convierte en la figura femenina sustituta de esta última.

Lo que sé de Lola es una buena caracterización de la lucha entre la cristalización social del sentido único y la apertura del ser humano como posibilidad de encontrar caminos previamente intransitados que permitan la creación de nuevos núcleos de sentido. Ambos elementos se encuentran en pugna en la figura de los protagonistas; Lola con sus posibilidades reducidas al mínimo por tratarse de una extranjera sin dinero ni educación burguesa/ilustrada habitando en un país inhóspito; León negándose a apropiarse de sus posibilidades y existiendo a través de un otro que le de sentido a su vida -su madre, una mujer, etc.-.

Quizás no sea casual la elección de la Mancha como lugar de nacimiento de Lola. León y Lola no son más que dos caras de la misma moneda, ambos aspirando a una realidad tan deseada como inasible; Lola en busca de una nueva vida, León en busca de una mujer que es más una quimera que una entidad de carne y hueso. Así como los molinos de vientos -metáfora del estilo de vida moderno- devenidos gigantes en el delirio de Don Quijote fueron la perdición del célebre hidalgo, así también -aunque de un modo menos poético- la madre de León, representante de la educación normativizadora en una sociedad disciplinaria, fue la ruina del cuarentón parisino.

La atmósfera en la que nos sumerge la película es agobiante, la humanidad de los personajes se diluye en el fondo de una ciudad posmoderna o en el silencio de un pueblito de la Mancha. Ambos protagonistas -a pesar del hecho de que el hombre parece profesar por Lola un cariño obsesivo- no se cruzan más que una vez, no hablan, no se conocen.

El diálogo entre ambos es imposible, porque la comunicación supone por un lado, elementos en común entre los interlocutores; y por otro, peculiaridades propias no compartidas para que el diálogo fluya y prolifere; necesarias, a la vez, para que la relación no anule sus extremos constituyentes; en la película esto no es posible porque detrás de la ciudad cosmopolita y posmoderna se oculta el monstruo de una sociedad castradora en la cual si se toleran ciertas singularidades es sólo para interpretarlas como patológicas y así legitimar su eliminación.

Los roles sociales impuestos a los protagonistas e -introyectados por ellos- son limitados y unilaterales, él es un voyeur perverso que dedica la mayor parte de su tiempo al onanismo, ella es una mujer joven poseedora de una compulsividad que la obliga a confiar en perfectos desconocidos, lo cual la convierte en vulnerable a sucesivos engaños.

La relación entre ambos se subsume a una relación entre dichos estereotipos; y este clima enfermizo termina por acabar alternativamente con uno u otro protagonista; al principio la irrealidad de ciertos sucesos permitiría inferir que uno de los personajes no existe más que en la fantasía del otro; hacia el final ocurrirá lo contrario al invertirse el punto de partida.

Publicado en Leedor el 9-10-2008