Félix González-Torres

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En esta original muestra en el MALBA el espectador no entra simplemente al museo y se desliza sin más necesidad que deambular. Va mucho más allá: invitado a vencer los obstáculos de la timidez y a participar. Imperdible.FÉLIX GONZÁLEZ-TORRES

Somewhere/Nowhere. Algún lugar/Ningún lugar

?(?) necesito el espectador, necesito la interacción del público. Sin un público estas obras no son nada, nada? La frase de Félix González-Torres, artista cubano, radicado en Nueva York, y uno de los más influyentes de las décadas ?80 y ?90, expresa lo que desde el 4 septiembre se puede vivir en el MALBA con la muestra Algún lugar/Ningún lugar que lo tiene como protagonista.

Ser necesitado. Ser parte. La sensación, al entrar en las salas del segundo piso del Malba donde se exponen las obras del artista Félix González-Torres (1957-1996) que supo sacudir el escenario artístico de los ?80 y ?90, es inmediata. El espectador no entra simplemente al museo y se desliza sin más necesidad que deambular, observar y, si lo desea, comentar. El público va mucho más allá. Se mueve, sí; observa, también; y por supuesto, comenta; pero es invitado a vencer los obstáculos de la timidez, la duda o la pregunta, y a pesar de las edades, los prejuicios o las sensaciones que quepan, se atreve a tomar un chupetín de una enorme pila acumulada en un rincón, y llevárselo a la boca para luego circular entre la gente jugando con el palito de esa golosina. Efecto lúdico-jocoso e irónico que se potencia cuando el dulce tiñe la lengua y los dientes de su degustador con los colores de la bandera estadounidense. País, Estados Unidos, que albergó hasta su muerte al artista cubano ?ocurrida en 1996 a causa del sida- y que fue el principal destinatario de sus muy necesarias reflexiones.

Con esas imágenes y sensaciones se enfrenta quien visita la muestra Somewhere/Nowhere. Algún lugar/Ningún lugar, íntegramente producida por Malba bajo la curaduría de Sonia Becce, siguiendo la directivas establecidas por el artista, y que incluye algunas de sus series más emblemáticas realizadas entre 1987 y 1995. Obras que en su totalidad sumaron un interrogante a las nociones de autoría, lo público/lo privado, coleccionismo, e incluso a la noción de obra de arte; y que con absoluta simpleza formal exhiben la reacción del mismo González Torres frente a distintas problemáticas sociales y políticas, como la discriminación, el sida, la violencia y el devenir de la vida misma. Pero que, por sobre todas las cosas, establecen su intención de unir el arte con la esperanza, el amor, la vida, y de hacer que el público complete su obra apropiándose, literalmente, de ella.

Como expresó Andrea Rosen en su ensayo ?El retrato sin fin? del Catálogo de González Torres en el Guggenheim de Nueva York: ?Félix se aseguró que su vida y su obra fueran vehículos y formatos de una existencia ejemplar (?) Cultivó la habilidad para aprender del talento y los placeres de otros, la elección de ser alegre, la habilidad de transformar las situaciones y tópicos más terribles en situaciones humorísticas, el reconocimiento de la rareza y el carácter precioso del amor (?)Fue un verdadero amante de la vida?.

Es precisamente, desde esa visión positiva, que puede interpretarse el título de la exposición que refiere a uno de sus primeros stacks: ?Sin título? (1990). Compuesto por dos pilas juntas de papel blanco de tamaño idéntico, en cuyo centro se leen enfrentadas las inscripciones «Somewhere better than this place» y «Nowhere better than this place» (Algún lugar mejor que este lugar/ Ningún lugar mejor que este lugar). Dicho monumento de hojas papel, que la gente puede llevarse, aparece como respuesta a su firme convicción de que ante la ausencia de Dios y de una redención ?González Torres siempre se definió como ateo- es necesario esforzarse para hacer de este lugar el mejor de todos. Idea que no pretende caer en una creencia utópica, sino más bien plantearse como una realidad posible que cada uno puede y debe construir, reflexionando a partir de una obra que no impone títulos sino que los sugiere entre paréntesis para darle la posibilidad ?a la pieza misma- de estar abierta a diferentes interpretaciones.

Otro stack es ?Sin título?(NRA). Se trata de una resma de papel rojo con ribete negro, de gran tamaño, cuyo subtítulo refiere a la National Rifle Association, institución sumamente conservadora que promueve el derecho a portar armas en los Estados Unidos, y que tantas consecuencias nefastas ha generado en la sociedad norteamericana. Un tercer stack es ?Sin título? (1991), el primer plano, en blanco y negro, de un mar oscuro, con apenas unos sectores de luz. Y aunque es escasa esa luz, aparece como una metáfora de la esperanza que nunca falta. Tampoco está ausente el placer, esta vez representado en ?Sin título? Loverboy, unas cortinas celestes que cubren las ventanas construidas exprofeso en el museo. ?Si una memoria bella pudiera tener un color, ése sería el celeste?- dijo en cierta oportunidad el artista.

La obra ?escultórica? de los chupetines con los colores de la bandera estadounidense -mencionada al comienzo de esta nota-, encierra de alguna forma también, esa idea casi alquímica que posee el artista de transformar lo crudo, lo terrible, en algo dulce, digerible y que ayuda a pensar tomando cierta distancia con el dolor. ?Sin título? (Para un hombre en uniforme) es para Becce ?una observación crítica sobre el fanatismo nacionalista, el fundamentalismo y la bipolaridad maniquea que se extendía en los Estados Unidos y que preanunciaban lo que sería crudamente expresado en forma oficial después del 11 de septiembre.? De la misma naturaleza, pero con distinta connotación, es ?Sin título? (Placebo), cuatrocientos cincuenta kilos de caramelos envueltos en papel metalizado dispuestos sobre el piso como una gran pileta rectangular. Una forma rígida pero vulnerable que genera una cierta tensión entre los espectadores ?tentados por zambullirse en ella y desparramar caramelos- y los guardianes de sala que deben reiterar en numerosas ocasiones que los caramelos se pueden sacar sin alterar la forma de la obra.

En este caso, el artista recurrió al término ?placebo? para aludir al engaño, a lo que se da como promesa de una cura, y a lo que a veces es sostenido por el poder de la fe, por las ganas de creer en una mejoría, en una noticia alentadora ante el implacable avance del SIDA, en la imperiosa necesidad ?otra vez- de mantener la esperanza a pesar de todo. Pero no significa que el espectador ?al comerse un caramelo- esté llevando un ?placebo? a su boca para que lo salve de sus males. La propuesta que encierra ese acto es además el disfrute, si bien vale recordar que para el autor la intervención del espectador implicó -siempre- la total conformación de su obra. ?Quise hacer una obra de arte que pudiera desaparecer, que nunca existiera, y eso fue una metáfora de cuando Ross (N.de R.: el artista Ross Laycock, su pareja de muchos años) estaba muriendo. Así era una metáfora que yo abandonaría antes de que el trabajo me abandone. Voy a destruirlo antes de que me destruya? En ?Sin título?(Chemo) -una cortina hecha con tres tipos de cuentas blancas- se puede ver también una referencia al sida, ya dada por el subtítulo, que quizás refiere a la alteración de la fórmula sanguínea que provocan los tratamientos de quimioterapia. Cortina que es atravesada por el espectador con cierta sensación etérea y lúdica, y que poco recuerda a algún espectador desprevenido el dolor causado por la enfermedad que -en 1991- se llevó a Laycock. Claro que bastaría con mencionar que ni la cantidad de cuentas, ni las formas, ni el color, ni el tamaño, ni las palabras empleadas en los subtítulos, ni siquiera el peso de los objetos, responde a un capricho o al azar, sino que ha sido todo calculado de manera minuciosa por el artista con un porqué que vale la pena desentrañar.

La idea de que la obra se diluya gracias a la acción del público también tiene una explicación. En una entrevista, González Torres argumentó una especie de autoanálisis, exponiendo su necesidad de dejar que la obra desaparezca como una forma de ensayar la pérdida. Como una manera de estar preparado, armado, frente a lo que lo atemorizaba. Quizás de minimizar el terror. ?(?) esta negativa de hacer una forma estática, una escultura monolítica, a favor de una forma cambiante, inestable, frágil, que se desvanece, era un intento de mi parte para ensayar mis miedos de ver desaparecer a Ross día a día frente a mis ojos?.

Quizás la obra que más puede recordar ese dolor sea uno de sus carteles ?Sin título? (Strange Bird), de 1993, donde se ve un pájaro pequeño tratando de mantener su vuelo en medio de un cielo tormentoso que parece envolverlo. La carga emotiva de esta fotografía puede asociarse a los estados de fragilidad anímica y física que no sólo González Torres, sino toda la sociedad, experimentó y experimenta frente a las injusticias sociales, la violencia, la enfermedad. Pero es en ?Sin título? (1992) y en la obra cuyo subtítulo reza (Perfect Lovers) donde el amor cobra protagonismo y se asocia a la reflexión sobre el paso del tiempo y la esencia efímera del hombre. La primera pieza, una gigantografía a la manera de cartel publicitario expuesto en la terraza del museo, muestra en primer plano las almohadas de una cama de dos plazas ahuecadas por las cabezas de quienes hace instantes estuvieron durmiendo allí. Esta obra fue, en su origen, parte de un emplazamiento de veinticuatro carteles en distintas locaciones de Nueva York. Dicha ubicación, en espacios públicos de la gran ciudad, suscitó múltiples interpretaciones. Para Becce el territorio de la cama, quizás el más privado de todos, significó para el artista un escenario de conflicto: ?Con eso denunciaba que la intimidad de una pareja, en el caso de que fuera gay, estaba regida por la ley. La pieza es una respuesta política y artística a la decisión judicial que en Estados Unidos (¡hasta 1986!) negaba el derecho a la privacidad cuando ésta se refería al hogar de una pareja gay?.

Pero las huellas en una almohada pueden ir por más. Es posible detectar una lectura de lo efímero del ser humano en las formas ahuecadas que los amantes dejaron antes de partir. Esa ausencia está llena de sentido. Nos lleva inmediatamente a percibir otras cosas, a discriminar la vista por un instante para sentir desde otro lugar hasta llegar a la convicción de que a veces viene bien recordar para no olvidar, para valorar?. La tensión se hace presente y se potencia en la segunda obra mencionada, la de los amantes perfectos: dos relojes de pared idénticos, situados uno junto a otro, que funcionan sincronizadamente, como la pareja ideal, la soñada. Pero, ¿quién puede garantizar que el desgaste de las pilas no será desigual? ¿Qué pasa si uno atrasa o el otro adelanta? El anhelo de la perfección se hace utopía.

Pararse frente a cuestionamientos tan profundos planteados con suma simplicidad, es una constante en la muestra de González Torres. Biografías expuestas como frisos ?tal es el caso de los (Retratos) y (Autoretratos)-, rompecabezas de cartas y fotografías envueltas en plástico, caramelos, cortinas, papeles, carteles? lo mínimal que encierra grandes conceptos y provoca reflexiones. Todo como parte de una gran solemnidad que por momentos se rompe con la presencia sorpresiva -en la sala- de un musculoso bailarín vestido con un short plateado y zapatillas deportivas, y que subido a una tarima rodeada de luces baila al compás de la música que solo él escucha a través de un iPod. Extrañeza, incomodidad, se suman a las sensaciones que genera la muestra.

Y es aquí también donde el espectador es observado. Su rol muta constantemente. Mira y es mirado; no sólo cuando espía de reojo al bailarín, cuando come un chupetín o un caramelo, cuando con mayor o menor dificultad se agacha para tomar una hoja de papel de las distintas pilas, la enrolla y se la lleva como un trofeo de destino variado e incierto, (ya que probablemente termine arrugada en algún rincón, colgada sobre una pared, perdida, o incluso en el tacho de basura). Pero no importa. Nada se compara al momento de sentirse parte, aunque sea por un instante, de ese espacio tan particular creado por González-Torres. Espacio en el que la misma Institución del Arte ve desnudadas así sus propias y profundas contradicciones: un arte para llevar, efímero, que se desvanece, pero que a su vez se reproduce ilimitadamente, ya que golosinas y hojas son repuestos constantemente, como un Ave Fénix que a pesar de todo resurge de su propia descomposición.

Ya lo decía el mismo artista: ?Yo necesito el público para completar la obra. Pido al público que me ayude, que asuma la responsabilidad, que se transforme en parte de mi obra, que se integre. Tiendo a pensar de mi mismo como un director de teatro que está tratando de transmitir algunas ideas por medio de la reinterpretación de la teoría de división de roles: autor, público y director.?

Algún lugar / Ningún lugar
Félix González Torres
del 5 de septiembre al 3 de noviembre
Malba, Av. Figueroa Alcorta 3415
De jueves a lunes y feriados de 12 a 20.
Miércoles hasta las 21. Martes cerrado.
Entrada: $ 15 (general); $ 7,50 (docentes
y mayores de 65 años). Miércoles: gratis.

Fotos: María Paz Molinari

Publicado en Leedor el 9-09-2008