Carlos Mo en Buenos Aires

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Ultimas presentaciones del catalán Carlos Mo en Belisario Club. Imperdible!
El humor absurdo sigue en pie. Es una excelente noticia. El vaso que colmó la gota puede ser un juego de palabras que anuncia de qué se trata lo que vamos a ver. Porque el cuerpo del actor es un vaso que intenta contener la peripecia de lo que le sucede en escena. Pero lo desborda totalmente.

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Lo que nos quiere contar es sencillo, la historia de un hombre que, por amor a su novia, decide dar un recital de poesía clásica. Pero en el momento de ponerse a declamar, la memoria le juega una mala pasada y mezcla lo que quiere decir. La palabra se vuelve un instrumento disparatado que lo confunde y él no puede recitar completo el poema.

Pero bueno, a falta de palabras, ¡¡venga el cuerpo!!, y es allí donde Carlos Mo despliega técnicas de primer nivel, combinando el clown, el café concert, el mimo, el cabaret, la improvisación? recursos actorales que le permiten mostrar la calidad expresiva de su propuesta.

Hay un momento donde parece que las palabras realmente están encerradas en el cuerpo y que el estigma de comunicarnos verbalmente es el fondo de la pesadilla, porque nos habla con la boca cerrada y los carrillos hinchados como Popeye corriendo como un desaforado por la escena, como si le faltaran unos cuantos tornillos.

Así surge el humor, del contraste entre lo que debe hacer y lo que el cuerpo hace. Como si fuera un ser aparte, ese cuerpo se embarca en peripecias que no se corresponden con lo que la razón pide.

La ternura de La canción del pirata, de José de Espronceda, un poema inocente e infantil que le canta a la libertad y a los aventureros, es contrastada con lo que el cuerpo emprende, y hay que estar muy atenta para poder leerlo, porque es una catarata desopilante de situaciones, y ese quizás sea uno de los principales valores del espectáculo: divertirnos desde la dinámica corporal, como en los gags de cine mudo.

Planteando juegos con el espectador y con su propio operador del espectáculo, logra un clima envolvente que diluye los límites entre el escenario y las butacas.

Un payaso tiene que ser tierno. Carlos Mo, en lugar de las series de aplausos con los que acostumbran los argentinos a despedir a los artistas, prefiere pararse a la salida del teatro y abrazar, uno por uno, a todos los espectadores.

Fiel al espíritu de los surrealistas, el catalán nos conmueve porque demuestra una vez más que lo que más amamos de la imaginación es que jamás perdona.

Solo quedan dos días de show para este debutante en Buenos Aires, una oportunidad para divertirse y conmoverse con este maestro del clown de primer nivel internacional.

Publicado en Leedor el 22-08-2008