Expedientes X (II)

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Sorpresivamente lo paranormal parece dejar lugar a una ardua temática ética
Alejada del tono de los últimos capítulos de la serie y de la película de 1998, Los expedientes X: Quiero creer intenta sumergirse no sólo en el mundo de lo paranormal sino también en un universo más cercano que nos compete a todos, y así sorpresivamente lo paranormal parece dejar lugar a una ardua temática ética.

¿Qué significa creer?

Para Mulder y sobre todo para Scully creer significa, en última instancia, confiar en el hecho de que un cura pedófilo devenido vidente pueda ayudar a hallar a una agente del FBI desaparecida; intercambiar un mal por otro con la esperanza de transmutarlo en bien -metáfora del viejo concepto cristiano de salvación como posibilidad de anular la caída en el pecado-. Inevitablemente, creer implica una toma de posición en el marco de un dilema de tipo moral.

Aparece así el ancestral problema del mal necesario, relativo a los medios conducentes a un fin; la arista censurable de una cierta acción ordenada en torno a un objetivo benévolo.

El cura, figura especular de la protagonista, abusaba de los niños sin otro fin que su propio placer sádico, el placer se consumía al volverse sobre sí mismo; contrapuesto a ello el móvil de la acción de la protagonista -doctora en medicina- consiste en un fin más elevado: salvar la vida de un niño que adolece de una severa enfermedad neurológica, el fin justifica los medios; la agonía del chico tendrá sentido o no dependiendo de la posibilidad de curación.

Sin embargo cuando el sufrimiento es extremo y la curación es infinitamente improbable la proporción, en la que se funda el cálculo científico, se corrompe y todo intento de la protagonista por salvar la vida del chico parece basarse en un acto de fe o de excesivo sadismo reabriendo hacia el final de la película el mismo dilema moral del comienzo.

Por otra parte, nada queda de las conspiraciones alienígenas que colmaban la pantalla de la serie emitida por Fox en los 90, exceptuando la fugaz alusión a intrigas -más terrenales que paranormales- a partir del gracioso recurso de reproducir la célebre música de la serie en simultaneidad con la aparición del retrato de Bush en la pantalla.

Vinculado con lo anterior, es lamentable que una película que puede abordar -y exponer ante un público copioso- una problemática ética reduzca lo que podría haber sido una crítica enriquecedora a una sutil alusión; en este sentido, la película toma como punto de partida la conocida convicción americana -pero no sólo americana- acerca del mal: éste es una esencia que se halla cómodamente expulsada fuera de los límites del imperio, el mal está encarnado en la figura de un representante de la Iglesia en un país sin religión oficial, o en un ciudadano de un país ex comunista; y así el cine hollywoodense demuestra, una vez más, el deliberado desinterés en reflexionar sobre ciertos temas.

Publicado en Leedor el 16-08-2008