Los bajos fondos

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Un texto descomunal y poético de Máximo Gorki, que llega al Club del Bufón en una versión imperdible. En esta nota, una entrevista con el director de la pieza, Alfredo Zemma.
“El gran teatro no acaricia a nadie”

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Casi una hora antes de que empezara la función y sentado en la última
fila de la sala del Club del Bufón, Alfredo Zemma, contó mucho más que un detrás de escena. Mientras los actores repasaban sus líneas y los utileros ajustaban la escenografía, este hombre de aspecto sencillo, con una prolífica carrera y una vida llena de interesantes recovecos, también contó la parte de su historia que va desde que dejó los libros del Código Civil, por los de Shakespeare, Bertolt Bretch y otros grandes del teatro, hasta hoy, cuando actúa y dirige “Los bajos fondos“, una obra monumental por su contenido y encantadora por su poética.

Director del teatro Nacional Cervantes, Secretario General del
Sindicato de Actores, fundador de distintos teatros, ganador de varias Estrellas de mar, Premios Molière al mejor director y actor, Premio al mejor director por “Muerte accidental de un anarquista” de Darío Fo; vivió en Brasil, Río de Janeiro, durante tres años, se casó con una brasileña y escribió la conocida “Cabaret Bijou“, una obra que triunfó en ese país y en Chile, donde se mantuvo nueve años en cartel con casi un millón de espectadores; actor, director y autor de otras obras que viajaron por Latinoamérica con gran éxito, hoy su teatro, el Club del
Bufón, presenta hasta fin de septiembre las últimas funciones de “Los bajos fondos” y nadie mejor que el mismo Alfredo Zemma, para contar de qué viene esta maravillosa pieza.

Además, Zemma dio su mirada sobre el Teatro de Buenos Aires hoy y
volvió sobre sus aventurados pasos para recordar los hechos más
significativos de su vida, que es también, la vida del teatro
argentino. Todo, contando con una mirada pícara, que no deja de
reflejar el incesante devenir de sus pensamientos y la alegría que
parece desbordarlo por estar dentro de un teatro, tal como si fuera la primera vez. Todo, contado una voz sensible que seduce gracias a la lúdica inteligencia con que enhebra su relato.

Se abre el telón, Los bajos fondos según Zemma

Alfredo Zemma: –Los Bajos Fondos es una obra que no se hace en
Argentina desde hace 50 años y está entre las más grandes del siglo
pasado, a la altura de “Muerte de un viajante” de Arthur Miller o “Madre coraje” de Bertolt Brecht. En “Los bajos fondos” estamos ante un texto descomunal, donde cada dos segundos se escucha una frase impresionante, una obra que conmocionó al momento de su estreno, en 1905, antes de la Revolución Rusa: retrata a los excluidos de una sociedad, que conviven promiscuamente en la casa de una pareja cruel y explotadora, al tiempo que se construye una suerte de cuadradoamoroso. En la obra, moderna porque su argumento es extrañamente abierto, quienes parecen sus protagonistas, finalmente no lo son y tiene un final abierto, donde la participación del público es ineludible. Tiene, además, una potencia y una vigencia tal, que podría haber sido escrita hoy y acá en Argentina, porque los excluidos siguen siendo los de siempre, los que pierden sus trabajos y se prostituyen, se emborrachan, pelean, agreden y abrazan al mismo tiempo. Una obra emocionante y bella con mucho contenido social y poético, alejado de la política. Mi personaje, por ejemplo, es un anarquista pero no político, sino un anarquista de la vida. Esta poética le da una gran hondura a la pieza y nosotros vemos cómo la gente está enganchada. No es fácil, es una obra de dieciséis personajes cohabitando en el mismo wscenario, espacio único. Fue un trabajo difícil lograr que se viera
real, pero lo conseguimos.

¿Qué lo atrajo de esta obra?

-Son las causas que uno no piensa, ni sabe y no tengo vergüenza en
decir “no sé”. En algún momento las cosas te pegan en el corazón, la
emoción o en el razonamiento? no sé en dónde, pero te tiran un dardo
que te importa, te conmueve y sensibiliza, y hacen que uno se ponga
detrás de un proyecto. Para sintetizar mal, podría decir que hago las
cosas que me gustan, pero no es suficiente porque uno comulga
ideológicamente con la obra, su prepotencia y denuncia, y al mismo
tiempo con algo que la pieza lleva implícito. Y es que no se trata de
una obra pesimista más allá de que es un drama profundo. Si alguien la escribió es porque quiere que eso se remedie y no siga ocurriendo, es el grito de un autor. No se trata de decir que el ser humano toca fondo y que de ahí no va a salir. Porque hay quienes no salen, pero también están los que sobreviven.

Respecto al abordaje de la obra, ¿Qué pretende suscitar en el
espectador con esta puesta en escena?

– Traté de escribir una versión argentina, que transcurriera en una
casa tomada, pero la dejé porque no me daba la poética y porque el
espectador no es tonto y puede hacer autónomamente la transferencia a
lo que pasa en Latinoamérica. Y es lo que pasa con los clásicos,
cuentan algo que forma parte de la existencia, del drama y la alegría
de vivir.

En los ensayos siempre les decía a los actores que recuerden la
película de Ettore Scola “Feos, sucios y malos“, donde la gente vive en una especie de villa, pero no viven lamentando su pobreza o falta de trabajo. Es promiscua y se divierten, ríen, sufren y mueren, pero no aparece la clase obrera golpeándose el pecho, sino que muestran su alegría de vivir o los momentos en que se desconsuelan.

El gran teatro no acaricia a nadie, no es complaciente, sino crítico.
Si hay una arte crítico, es el teatro. Siempre está adelantado.

Usted es actor y director de esta obra, ¿Siente que logra el producto que desea?

Yo hago mi propuesta y tengo mi ideología artística y política, por
otro lado somos un grupo, así que nos conocemos bastante y trato de
que cada uno interprete lo que quiero.

En general estoy conforme, pero también tengo que entender que los
actores van -y deberán- incrementar la propuesta, si no serían robots.
Yo mismo dirijo el espectáculo, y cuando empecé a actuar (para
reemplazar a otro actor) me di cuenta de que el personaje tenía
elementos que fueron saliendo llevados por la situación, que no había
visto como director, sino que los vi desde el escenario. Y eso es lo
que el teatro tiene de bonito porque nada es igual a ayer. Así que
siempre existe cierta tensión. Por suerte nada es mecánico.

Yo soy de la época de Brecht, cuando acá empezó Oscar Fessler y nos
abrió la cabeza, quería que el espectador distinguiera entre ver y
mirar y que escuchara en vez de poner la oreja para nada. Él apeló a
la inteligencia y al razonamiento pero no descuidó la emoción, al
contrario de otros directores.

¿Qué cree imprescindible para que la obra salga bien?

Todo es importante, no creo que nada puede ser obviado, la cuestión
técnica se sobrepasa, y respecto a lo actoral pueden surgir
contratiempos pero sirven para estimular y para que todo el mundo esté muy atento. En ese sentido el teatro es muy intenso, se me viene a la cabeza decir “muy divertido”, pero suena superficial? el teatro es una realidad, distinta a la de afuera, con otro nivel, pero en ese momento es una realidad y ahí entra el juego de querer ser otra cosa y lograrlo. El público también colabora en ese juego, viene porque es un ejercicio que lo devuelve al yo lúdico que todos deberíamos conservar en algún rincón. Algunos nos animamos a ir a jugar ahí arriba, no sabemos por qué: vanidad, sentido artístico, quizás por esquizofrenia, o porque no estamos conformes con nuestras vida y queremos vivir otras distintas.

El teatro de Buenos Aires hoy

-No sé bien qué está pasando. Dos griegos salen del teatro de ver
Medea” y comentan: “El teatro griego está en crisis”? y seguimos diciendo las mismas cosas del teatro. Siempre dije que está en crisis, pero son crisis de crecimiento? o de hundimiento. Pero evidentemente es un arte insustituible, se podrán inventar todas las máquinas y hasta podrán aparecer actores virtuales pero jamás nos podrán sacar de allí porque nosotros respiramos, sentimos, nos corre en la sangre, no emocionamos ?el público también con nosotros- y es un hecho vivo, por eso no se muere. El ser humano es atávico. Empezó a disfrazarse para ir a casar y recibir al sol bailando, imitar a animales para atraerlos, emborracharse para hacer gracia a Baco-, es innato en él, le gusta: se pone a cantar y a bailar para contar. Y todo esto sigue haciéndose, algunos creyendo que hacen teatro y no lo hacen, y otros haciéndolo realmente, profundizando o jugando.
Es algo que llega a uno como la picadura de un insecto. Hay veces que
estoy ensayando obras como esta, con muchos actores, y pienso en no
dirigir más y al día siguiente imagino con qué obra puedo seguir. Soy
un traidor conmigo mismo?

¿Qué opina sobre el circuito off?

-Existe un amplio sector del teatro off ?no todo- en el que no hay textos. Hay mucho contenido visual y actoral muy arrojado, fuerte y expuesto ?y está muy bien- pero no hay textos. Es difícil escribir teatro, como también hablar de lo que pasa o pasó hace poco y los grandes autores no abundan. Yo formé parte de Teatro Abierto desde su origen y quizás porque teníamos un enemigo en común, la dictadura,
todos nos dedicamos a escribir y a dirigir con mucha pasión y las
obras que se estrenaron tenían una potencia dramática y una
inteligencia en la denuncia muy profunda. Después Teatro Abierto
siguió pero los militares ya se habían ido, entonces ese enemigo ya no estaba y fue notable cómo los textos ya no tenían esa potencia
creadora y como después vino la democracia, que no es el enemigo, y
todavía no hablamos de eso. Pero ya vendrá alguien que escriba sobre
la democracia y ponga los puntos sobre las íes, pensando en esta
batalla actual del campo con los patriotas de la soja, que merece ser, vista en un escenario.

Detrás de escena

¿Cuando era más joven imaginaba cuál sería la que finalmente es su carrera?
-No, ni sabía qué me pasaba. Estudiaba abogacía y trabajaba en
Tribunales, me estaba por recibir e iba a ser juez. De hecho,
jugábamos al fútbol con compañeros que luego fueron jueces, miembros
de la corte? “Zaffa”, le decíamos a Zaffaroni (Eugenio Raúl) cuando
jugábamos al fútbol. Y un día estaba en la biblioteca de Derecho que
es inmensa leyendo un artículo del Código de Comercio, levanté la
vista, observé la multitud de libros, pensé “Qué carajo me importa a
mí todo esto”, cerré el libro y no aparecí nunca más. A la semana vi
en el diario un curso de dirección y me anoté. Si me preguntan por
qué, no lo sé. Es más, yo no iba mucho al teatro y ahí me volví loco.
Más tarde hicimos con otros compañeros el Teatro del Centro, el Teatro de Bambalinas en San Telmo, después estuve en el Teatro Santa Fé, ayudé a construir el Teatro de Villa Gesell. Y ahora hice este, El Club del Bufón, que yo mismo dibujé. En el teatro me gusta hacer
cualquier cosa: boletería, escenografía, actuar? como dicen Les
Luthiers, “Cantante, bailarín y modisto”.

Además del teatro, ¿en qué encuentra una fuente de recreación?

Dos cosas: juego con mi hijo de seis años, Giovanni. Y lo otro, corto
el pasto en mi casa. Eso me gusta, no comulgo con la pose intelectual. También sigo jugando al fútbol once contra once ?algo que no es bien visto en mí por la intelligentzia argentina, que separa el fútbol de la cultura – pero el domingo pasado ganamos 5 a 3 y la espectacularidad que tiene hace que podamos ser sanos y nos enseña a convivir, tolerar y entender. El deporte es muy espontáneo y por eso, interesante desde la comunicación. Siempre jugué a algo y no voy a dejar de hacerlo.

Publicado en Leedor el 3-08-2008