Manifiesto vs Manifiesto

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El cuerpo como reflexión a partir de uno de los artistas más radicales del accionismo vienés, Rudolf Schwarzkogler.
Una obra de teatro que explora el cuerpo como superficie irónica, a partir de asociaciones libres con la creación destructora de uno de los artistas más radicales del accionismo vienés, Rudolf Schwarzkogler.

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El cuerpo para el accionismo era un lugar maldito y sagrado donde la biopolítica se quita la careta de Salud Pública para ser cárcel controladora. Lugar de combate entre el poder y el ser, límite que me deja la certeza de que en algún punto físico, empiezo y termino. Y el arte, según Rudolf S, era el purgatorio de los sentidos.

Además de representar la corriente más tribal y básica del happening que floreció en los 60, de estar estrechamente ligado al movimiento de Fluxus (en 1966 integran el Simposio de la Destrucción en el Arte, en Londres), el accionismo como todo el body art que lo sigue, trae al tapete una importante discusión sobre los límites entre el arte y el rito, el arte y la vida, el arte y lo escatológico y revulsivo, el arte y la muerte, el arte y la crueldad.

Reconozco que tenía cierta expectativa en ver la obra. El punto de partida, la asociación entre Susana Torres Molina y Rudolf Schwarzkogler, prometía mucho. Tuve que acostumbrarme al ritmo teatral lógico y esperado y que la puesta marque un contraste permanente entre la locura de Rudolf, los fragmentos del Manifiesto que conmueven por su poesía y nos rasgan en lo más profundo, con la superficialidad y el sentido común de los actores contando situaciones de sus cuerpos pedestres y cotidianos, en situaciones que se burlan de cualquier rito posible.

El clima es más bien nostálgico de lo que ya no somos en el arte. En Manifiesto, las acciones más bien se cuentan. Es interesante que una obra que parta de una figura del Accionismo escatime acciones, hay demasiado texto dicho a público por actores sentados o de pie, que en rueda de amigos monologan anécdotas. No son el cuerpo del accionismo, su sentido sacro, su puro dolor como constancia de la vida, su despertarnos sensaciones como el asco, el vómito, la necesidad de mutilar, arrancar, descarnar el cuerpo para producir arte. Quizás tenga que ver con el pos-posmodernismo que vivimos o quizás el accionismo siga siendo un torrente demasiado destructivo para que una obra de teatro lo pueda representar.

Las actuaciones son muy buenas, con importantes momentos que son recibidos por el público con carcajadas, y un marcado contraste entre el actor que hace de Rudolf y los otros dos actores que son como su contracara, gente de a pie, nosotros, los que nos interrogamos si arte es cualquier cosa.

Aquí tenemos una pregunta clave del arte contemporáneo; desde los Dadá y Artaud, desde la variante ?sanadora? de las artes performativas, pasando por Joseph Beuys y su concepto de que todo hombre es artista. Esto tiene que ver con las cuestiones relativas a si la mutilación es arte, si el Carnal Art de Orlan y las latas de excremento de artista y las muchas sorpresas que nos encontramos en las bienales más importantes del mundo, son arte, más allá del público que las consume, una decisión que pasa hoy en día por la institución mercado, por los propios artistas, por los museos…

Lo interesante de la obra es la posibilidad de traer a nuestra mesa un plato que puede ser un festín para nuestro canibalismo estético, la posibilidad de manifestarse de Rudolf S, la vigencia de la pregunta sobre qué es el arte, el ver imágenes de los accionistas, el replanteo sobre el cuerpo, la biopolítica, el masoquismo, lo revulsivo como expresión, el infierno que traen los otros cuerpos desde la experiencia del propio.

Publicado en Leedor el 19-07-2008