La tercera parte del mar

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Puesta interesante para una dramaturgia que apuesta firme al texto poético, articulada desde el concepto de lo ominoso.

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Ya es tiempo.

El último eslabón de la cadena.

La perla que completa el collar.

El cuerpo sobre la tercera parte del mar.

El puente.

La fuga.

La tercera parte del mar es una obra de teatro concebida por Alejandro Tantanián (actor, director y dramaturgo argentino), escrita hacia 1995 y estrenada en 1999. Hoy podemos apreciarla en una puesta muy atractiva desde el punto de vista actoral y de la dirección, en un pequeño teatro ubicado en Villa Crespo, ciudad de Buenos Aires.

Es una propuesta ligada al romanticismo, especialmente alemán, al que indudablemente rinde tributo.

Quizás por eso haya cierto guiño a los relatos de suspenso, al menos al comienzo, cuando un hombre que ha tenido un accidente en la ruta acude a pedir ayuda a la casa de una joven. Esta parece desequilibrada, pero de a poco se va descubriendo lo terrible que son y envuelven ambos dos.

Lo que tiene la obra es una manera muy especial de transmitir lo ominoso. Se trata de una propuesta expositiva y asentada en palabras que repican en la piel y aceitan las acciones de los actores. La puesta afirma este clima ominoso, sea por los detalles tenebristas que logra la dirección, el diseño de luces y la escenografía, sea por la particular manera de cargar su propio cuerpo que llevan los protagonistas, Rodrigo y Victoria.

Ese ominoso nos perturba hasta los huesos, ya que el inconsciente se despliega y todo lo que sucede en la obra es casi un sueño, y se faltaría a lo siniestro sino fuera tan patente y real. La ley propia de ese espacio nos confronta con lo terrible sin hacernos sentir culpa, casi como una caída sin querer. Hasta su protagonista masculino llega a decir: la belleza es terror domesticado. Es decir, un concepto de lo sublime donde la angustia viene dada por la cotidianeidad de esa pesadilla persistente.

Cuando abramos los ojos, el cuerpo de Victoria quizás haya llegado a ser el último tablón que le faltaba al puente para que Rodrigo pueda huir. La muerte del otro lo libera y me libera y por eso tiene tanto de laberinto como de expiación. Un laberinto hecho sobre el mar del que sólo se sale enfrentando una verdad terrible y mística, como la que quizás escondemos todos.

Publicado en Leedor el 30-06-2008