Horacio Quiroga, el crítico

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La aparición de este tomo dedicado integramente a la obra de Horacio Quiroga como crítico de cine, nos muestra al analista lúcido seducido por el nuevo dispositivo.HORACIO QUIROGA: EL PRIMER CRÍTICO DE CINE

El tomo V de las obras completas de Horacio Quiroga (Salto, Uruguay-1878, Buenos Aires, Argentina-1937) lleva por título Cine y Literatura. Contiene los artículos que este escritor publicara en las revistas Caras y Caretas, El Hogar, Atlántida y en el diario La Nación. Se añade un guión cinematográfico imaginado por él y que lleva por título La jangada. El 13 de septiembre de 1918, en la revista El Hogar, aparece su primer artículo y está dedicado a un actor, George Walsh. Admite que ?las muchachas solteras sueñan con él, y las casadas sueñan con un hombre así para novio de sus hermanas?. Va el implícito que no escribió: ?y cuñado deseable?.

Nadie puede dudar, ni el prologuista Carlos Dámaso Martínez, ajeno al vil metal, que Quiroga escribía estos artículos por razones estrictamente económicas. Sin embargo, es posible rastrear, aún en sus páginas más jocosas, líneas de tensión entre su producción literaria y lo que este volumen implica. Si para algunos escritores el cine silente era motivo de nostalgia -Raúl González Tuñón en El cine vacío lo califica de polvo, magia, adiós, olvido-, para Quiroga es una fuente que alimenta un curioso sentimiento de horror que volcaría en varios de sus cuentos.

Hablemos claro: nadie ha leído El hijo como un filicidio ni ha sabido ver el miedo que corroía a este hombre, un miedo que pasó a los dos hijos del primer matrimonio, Egle y Darío, ambos suicidas. Su contacto con aquellas figuras del cine americano lo llevan a tal éxtasis que firma, a veces, sus artículos como El esposo de Dorothy Phillips, actriz a quien tuvimos el gusto de ver en una versión correcta de Casa de muñecas (Joseph De Grasse-1917), según la obra de Ibsen.

Cuando logra tomar distancia, Quiroga se transforma en un analista lúcido de tres realizadores: David Wark Griffith, Thomas Ince y Cecil Blount de Mille. El reconocimiento de la decadencia de Griffith, por ejemplo, llama la atención por su sagacidad al analizar diversas puestas en escena. Su alimento usual es el cine americano y no podía ser de otra manera. Considera a los europeos como excesivamente teatrales.

Desde sus primeros artículos comprende que el cine es un arte popular por excelencia, aunque no vacila en denostar al cine americano cuando repite fórmulas o encasilla actores. No es que no cometa errores: cree, por ejemplo, que los guionistas reciben el diez por ciento del presupuesto asignado a una película. Y, según él, éste es uno de los motivos por los que el cine argentino, en la práctica, carece de continuidad. Tampoco es posible hallar referencia alguna a realizadores argentinos como José Agustín Ferreyra.

No escapa a las generales de la ley: hasta nuestros días ha persistido el dispositivo genérico de Hollywood que Quiroga tan bien detalla y denuncia. Como todo intelectual que se precie, no logra escapar a esa fascinación del cine americano. Aún hoy Hollywood es la única industria cinematográfica con distribución internacional. Maltrecha, reiterativa y adocenada prosigue con su star system apolillado y vacuo. Y hay aún intelectuales que se ocupan de eso.

La verdadera revolución tecnológica que implica la imagen en movimiento, encuentra en Quiroga a uno de sus adoradores más conspicuos. Las imágenes parecieran tener en su caso un potente efecto residual, una curiosa magia que traslada a varios de sus cuentos. Desea a las mujeres de la pantalla aunque sabe muy bien que no son más que sombras. No obstante, según se comprueba en el terreno de la ficción, esas sombras pueden volverse harto peligrosas. Búster Keaton había presentado su Sherlock Junior (1924) y a posteriori Woody Allen haría vivir a Cecilia un romance imposible en La rosa púrpura del Cairo (1985). Para Quiroga, como para la protagonista del film de Allen, no hay un límite preciso entre ficción y realidad. En síntesis: luego de leer estas páginas el lector acaba preguntándose ¿Qué es lo real para Quiroga?

Políticamente correcto, el prologuista Carlos Dámaso Martínez compara a Quiroga con Bioy Casares -en los años 40- y Borges. Transcribe una opinión de este último: ?Horacio Quiroga es en realidad una superstición uruguaya. La invención de sus cuentos es mala, la emoción nula y la ejecución de una incomparable torpeza?. A su vez, Bioy Casares lo consideraba sobrevalorado. Sin entrar en polémicas estériles, podríamos decir lo que no dice el prologuista: para la gente de la revista Sur toda competencia se tornaba peligrosa. Era necesaria la absoluta descalificación. Al fin y al cabo, con menos suerte, también Bioy y Borges se ocuparon del cine. Para terminar, Mario Soffici ?Prisioneros de la tierra (1939) y Pablo Trapero ?Mocoso malcriado (1993), cortometraje-, entre varios, filmaron teniendo a Quiroga como origen de los guiones. Sin duda, es más afortunado que Bioy y Borges, ya que otro cortometraje venezolano, El hijo (Julio Wissar-2005), sigue apuntando en la dirección correcta.

Publicado en Leedor el 14-06-2008

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