Ricardo Darín y Julio Chávez

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Dos cincuentones con estilo que contribuyen a construir el universo fílmico argentino.DOS EN EL MUNDO (del cine)
Ricardo Darín y Julio Chávez

Los estamos viendo desde que comenzaron en los inicios de la década del 70 del siglo XX. También hemos tenido oportunidad de observarlos en teatro, aunque esto último no corresponde a lo que queremos decir. Es sencillo: de alguna manera, en la módica visión que el público tiene del cine argentino en los últimos tiempos, son dos actores a los que, por fin, se ubica sin necesidad de recurrir a un par de horas de explicaciones fatuas en las que uno debe hacer gala de conocimientos no pedidos.

Precisamente, es eso lo que tienen en común: son reconocibles. Ambos, por otra parte, se han convertido en sólidos cincuentones y están de vuelta de varias peripecias vitales, aunque no del gimnasio. Panzas algo más que incipientes, caída del pelo, arrugas. Nada de esto pareciera interesarles a la hora de componer un personaje.

El señor Darín bien pudo haber muerto de sobreexposición debido a sus variadas aventuras televisivas. También a una buena parte de su vida se la puede observar como a un programa de televisión, aunque nada de esto nos interesa. El señor Chávez se presta a los reportajes cuando llega la necesidad de vender un producto en el que ha intervenido. Digamos, de paso, que a Darín lo recordamos en lejanos unitarios de los años 80 y que desconocemos lo que Chávez ha logrado en ese medio.

Lo que en cierto modo merece una reflexión es el hecho de que, sin damas a la vista, a no ser que se piense en Graciela Borges, el denominado nuevo cine argentino del siglo XXI concede poca o ninguna atención a los actores. La audiencia devuelve esa escasa atención no viendo lo que se estrena en la mayoría de los casos. Por otra parte, los que alguna vez fueron nombres atractivos se han refugiado en otros países. Desde Federico Luppi a Leonardo Sbaraglia se han refugiado en España, se han ido. Vuelven de vez en cuando a ganarse unos dólares.

En estos momentos se denuncia ante la Asociación Argentina de Actores el cobro de cinco mil ochocientos pesos para un protagónico en el cine. El resto, se supone, irá en negro. De lo que no cabe ninguna duda es de que los que se fueron no estaban dispuestos a quedarse a merced de POL KA Producciones -Sbaraglia dixit-. ¿Por qué entonces el empecinamiento de estos dos que nos ocupan?


VUELTAS DE LA VIDA

Los actuales cincuentones fueron jóvenes alguna vez. En calidad de tales anduvieron por olvidables películas que ahora no mencionan. En 1977, por ejemplo, Darín se paseaba por la remake de ASÍ ES LA VIDA (Enrique Carreras) y Chávez se daba una vuelta por otro refrito, LA NUEVA CIGARRA (Fernando Siro). Mientras el primero estuvo a punto de desintegrarse en mediocridades, el segundo fue elegido por Adolfo Aristarain para el siniestro asesino de LA PARTE DEL LEÓN (1978). No es que la elección resultara importante porque a esa película, cuando se estrenó, la vimos muy pocos. Lita Stantic, Jefa de Producción del artefacto, fue la primera en hablarnos sobre Chávez. A su vez, Darín también fue dirigido por Aristarain en LA PLAYA DEL AMOR (1980) y LA DISCOTECA DEL AMOR (1980) -esta última revalorizada a posteriori-. Si Chávez hizo paréntesis pronunciados entre una película y otra en los años 80 y 90, Darín eligió seguir rodando cuando lo llamaran.

Así y todo, entre REVANCHA DE UN AMIGO (Santiago Carlos Oves-1987) y PERDIDO POR PERDIDO (Alberto Lecchi-1993) tuvo que dedicarse, obligatoriamente, a la TV y al teatro, ya que el cine había entrado en una pronunciada agonía. Tuvo la suerte de ser convocado para encarnar el desencanto de una generación en EL MISMO AMOR. LA MISMA LLUVIA (Juan José Campanella-1999) donde su persona cinematográfica -nada sabemos sobre su otra persona- comenzó a delinearse: alguien que se hace cargo de la crisis de una generación y se asombra de una Argentina que devino Colombia.

Chávez concluyó el período de la dictadura encarnando a un homosexual en SEÑORA DE NADIE (María Luis Bemberg), que se convirtiera en un módico éxito de crítica y de boletería. Carlos Sorín lo eligió luego para que encarnara su alter ego, un desesperado realizador que intenta rodar LA PELÍCULA DEL REY (1986) sin conseguirlo, pero que no ceja en sus obsesiones a pesar del fracaso. El film de Sorín obtuvo buenos comentarios y fue visto por la entonces joven generación alfonsinista. En 1993 Lita Stantic lo eligió para encarnar al trágico desaparecido de Un muro de silencio que no tuvo repercusión. Y para 1999 se embarcó en un proyecto no logrado que llevaba por título EL VISITANTE (Javier Olivera).

EL DESVÍO

¿A qué viene este paralelismo que hasta ahora no es nada más que una enumeración de títulos? Es sencillo: mientras Darín se convertía en una figura taquillera al máximo luego de NUEVE REINAS (2000), Chávez se transformaba en un actor de culto luego de UN OSO ROJO (Adrián Caetano-2002). Se hace necesario aclarar aquí que Chávez le fue impuesto a Caetano por la productora Lita Stantic y que Darín fue uno de los tantos nombres barajados para la ópera prima de Fabián Bielinsky. Si Chávez consiguió asombrar desempeñando un rol que se hallaba muy lejos de su registro habitual, Darín estableció con el auditorio una empatía raras veces conseguida en los últimos veinte años.

No hay similitud alguna entre ellos. Y, sin embargo, para los que vemos cine argentino con alguna frecuencia, encontramos que en los estilos diametralmente opuestos hay un máximo de elaboración en cuanto a personajes. Hay algo aún más curioso: los antiguos textos-estrella de las viejas fábricas continúan escribiéndose para estos dos. Sus imágenes salen rara vez de cuadro y, si lo hacen, los otros continúan existiendo porque ellos los alumbran.

Por supuesto, Darín ha elegido lo que se denomina mainstream, el tan denostado cine clásico de receta segura. Chávez, en cambio, se ha dedicado a películas de culto no siempre bien entendidas ni valoradas -desde EXTRAÑO (Santiago Loza-2003) y hasta EL OTRO (Ariel Rotter-2007), pasando por EL CUSTODIO (Rodrigo Moreno-2005)-. En los personajes de Chávez no hay el más mínimo atisbo de humor -y él lo tiene, lo tuvo desde que tocó a la nena en aquella añeja y desopilante comedia de Juan José Jusid en 1976-. A su vez, Darín ha demostrado varias veces, como en XXY (Lucía Puenzo-2007) que es capaz de abordar un personaje dramático, aunque no es así como lo prefiere el público.

Nos gusta observarlos a los dos, a veces sin hacer mucho caso de la película en la que intervienen. Son dos señores que tienen un yo tan singular que logra elevar la puntería de la puesta en escena con su sola presencia. Un cine, el cine, precisa toda clase de actores. Por debajo de los personajes que encarnan ni Chávez es dado al dramatismo ni Darín resulta tan jocoso como aparece, por momentos, en pantalla o en los reportajes. Estos cincuentones poseen un estilo y es por este motivo que hoy día se puede hablar de interpretación cinematográfica por estas tierras.

Que diversifiquen sus tareas y una de sus obras pase al cine –RANCHO APARTE (Edi Flehner-2008) en el caso de Chávez- o en realizadores LA SEÑAL codirigida con Martín Hodara- (2007) tal como ocurrió con Darín- no implica que no prosigan en su tarea de juglares de un cine al que, si están ellos, vale la pena ver: seguramente algo se saca. Observarlos es comprobar de qué manera la gente que está delante de la cámara contribuye también, y en no poca medida, a la construcción de un universo fílmico. Y no nos podemos dar el lujo de despreciar a nadie. Las ausencias son ya muy evidentes.

Publicado en Leedor el 9-06-2008