Ayesha

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Una revista de literattra dedicada a escritores inéditos, hoy convertida en sitio web y editora de libros, cumple 30 años. Su su principal responsable cuenta su historia.Cuando yo tenía diecisiete años Juan Carlos Onetti publicó un artículo que me produjo mucho fastidio. Onetti ahí decía, con su derrotismo habitual, que las revistas lierarias estaban condenadas a publicar no más de un número 1. Ya no me acuerdo qué otras cosas escribía Onetti. Podría de hecho buscar aquel viejo texto en mi carpeta de recortes de esos años pero prefiero seguir otra línea de pensamiento para refutarlo con el relato de una experiencia que aún hoy sigue dándonos, a quienes la protagonizamos, buena honra y recuerdos de los más lindos y satisfactorios que hay.

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Veníamos de un colegio nacional de varones que antes de que nosotros termináramos nuestra primer aventura literaria iba a ser intervenido, para poder apartar y expulsar sin el freno de un cuerpo de profesores sorprendentemente valiente para la época a los alumnos más problemáticos (atesoro como anécdota más de un bodrio personal en el que me salvé de quedar fuera gracias a cómo me defendieron). La revista había surgido gracias al entusiasmo que puso en el proyecto Julio Peña, mi compañero de banco y mejor amigo de la secundaria: para él, la literatura era un acto completo y vital, que no necesariamente pasaba por leer obsesivamente libros horas y horas como hacía yo. Julio no escribía pero hacía dibujos sin pretensión de dedicarse al arte. Y tal vez por eso su trabajo en el proyecto Ayesha fue el más auténticamente desinterasado de todos quienes lo iniciamos: él dibujó casi a mano alzada el isotipo de la revista (un perfil de mujer con aires de cómic que siempre me gustó, y que buscaba simbolizar justamente el perfil de la sacerdotisa creada por Sir Henry Rider Haggard en su saga homónima); él ilustró las primeras notas periodísticas que yo escribí en mi vida (un artículo sobre literatura infantil y un reportaje a Silvina Bullrich, en el que además participó); y asumió además las dificultades concretas de salir a vender una revista de estudiantes secundarios entre los comerciantes del barrio, y también la de promocionarla, claro, entre las deliciosas chicas con polleritas tableadas escocesas del colegio Jesús María y también frente a las de guardapolvo blanco del comercial Bermejo, porque ellas eran en realidad nuestro público deseado (algo de lo que nunca me curé, me temo, y supongo que por eso ahora escribo tantos largos poemas laudatorios sobre las polleritas de las colegialas). En el colegio conseguimos que nos dieran un aula con llave propia para que funcionara la redacción, que enseguida capitalizamos como lugar de escondite para los que necesitaban escaparse de alguna prueba.

La prima de mi tío, Claudia Hodara, que gustaba de la escultura, de J.D.Salinger y de Truman Capote, me pasó un sobre lleno de materiales que había quedado en las oficinas de otra número uno, y así empezamos publicando los cuentos que nos había regalado quienes se llamaban, justamente, El Cuento, y de ellos tomamos como una posta no sólo la idea de difundir a los inéditos sino también los servicios de la empresita de ?composición en frío? con la que haríamos la nuestra, la diagramación a tres columnas y hasta la idea de consignar en una última hoja, con un recuadro a media americana, cuáles habían sido los Trabajos Recibidos (subdivididos escuetamente en narrativa y poesía). Al frente de esa revista estaba un escritor y periodista que por entonces firmaba Mario Stilman, quien luego escribió una novela urbana delgada y promisoria, y que actualmente edita el suplemento de turismo y viajes del diario Clarín utilizando su segundo nombre, Alejandro.

Entre los textos que nos llegaron de ese origen y que aprobamos rápidamente figuraba un cuento titulado Lucas Torres, de una muy joven escritora de ascendencia irlandesa llamada Gloria Kehoe Wilson, quien a pesar de haber sido premiada en varios concursos importantes (incluso uno organizado por la oficialista, militarista Editorial Atlántida para su revista Para Tí) cuando nosotros la leímos ya había sido secuestrada del departamento donde vivía con su pareja, un cuadro por lo que me enteré hace poco de segunda o tercera línea del ERP, en un operativo a plena luz del día, y no se supo nada más de ella hasta que empezaron a aparecer las primeras listas de detenidos-desaparecidos, donde figuraba, unos tres años después.

En el número uno también apareció el primer dibujo público que Guillermo Kuitca publicó en una revista. Hoy las obras de Guillermo se encuentran en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA), en el Museo Nacional de Bellas Artes, en el MALBA y en las principales galerías internacionales. Es el artista argentino vivo mejor cotizado de la historia de la pintura de este país. La incidencia de Kuitca sobre la revista de los años 70 fue decisiva. Pero antes de ser famoso era un artista que simplemente dibujaba, como por ejemplo un león hecho en plumín, o tal vez birome bic, negra, alternativamente presentado con la boca abierta y cerrada, de larga melena, que ilustró el cuento ?El león?, de José Luis Costanzo, un pibe que iba al colegio con nosotros y cuya cara lamentablemente no recuerdo. Con Guillermo compartíamos el aula del colegio pero él se sentaba en la fila de bancos dobles opuesta, junto a la ventana; una tarde, en su cuarto de la casa de sus padres donde había toda clase de adornos rarísimos, además de una vista fascinante al cementerio de la Recoleta, discutimos durante varias horas qué nombre íbamos a darle a nuestra revista: ?La ciruela pasa?, uno que también me gustaba a mí, fue desechado casi de inmediato, y entonces quedó el de Ayesha que después, cuando cerramos, a Guillermo le resultó un tanto, tal vez, demasiado caprichoso.

En ese aula también estaban Fernando de Gregorio y Eduardo De Simone, por nombrar a dos de los estudiantes que también se interesaron en la cosa cuando todavía éramos la Nacional 2, que así le pusimos antes de que la Cooperadora nos quitase su apoyo inicial. Nuestra número uno se llamó Ayesha en recuerdo de una novela de H.Ridder Haggard que mi madre me había sugerido leer, y desde el subtítulo, Literatura novel, quedó claro que lo nuestro iba a ser estrictamente literario por más que también hubiera ilustraciones y arte de tapa. Justamente en la tapa publicamos un bonito dibujo simétrico de Pablo Mourier que representaba a un arlequín con la cabeza cortada en la mano, sentado con las piernas muy abiertas y estiradas sobre una suerte de tablero de ajedrez en cuyo fondo, muy al fondo, se veían diminutas cúpulas y torres de una fortaleza o ciudad. Bajo el seudónimo Blopa, desde hace años Pablo Mourier publica en el suplemento agrícola de los sábados del diario Clarín una tira de humor que algún día va a ser tenida en cuenta por el mundo de las artes plásticas porque es modestamente genial, protagonizada por una vaca periodista, Flora, que a veces me hace pensar en la mujer sentada de Copi.

Para anunciar el lanzamiento de Ayesha, en mayo de 1978 pinté con engrudo casero todo el largo y el alto de las pantallas publicitarias y las paredes y los postes de luz y los semáforos en las cinco cuadras de la avenida Corrientes, desde Callao al obelisco y desde el obelisco a Callao, y sobre el pegote agrumado de esa mezcla pegué un centenar de afiches tamaño carta en los que ofrecíamos un espacio de difusión para los autores inéditos: ?¿Alguna vez publicaron lo que escribiste? Para vos creamos Ayesha?. Lo hice durante apenas una tarde llevando el engrudo en unas latas de Nesquik fuera de uso, con la ayuda de mi mejor amigo de la primaria, Rafael Garrido, en lo que ahora supongo fue una despedida definitiva -y a la luz de las cosas que pasaban en esos momentos quizás algo arriesgada- de la niñez.

En los interminables meses que duró ese año de torturados secretos y festejos futbolísticos masivos publicamos tres números más, los suficientes como para hacernos sentir el artículo de Onetti, cuando se publicó en febrero del año siguiente, como una verdadera afrenta; ahora prefiero considerar ese texto como una provocación publicada inoportunamente, aunque en lo personal me hizo tomarle una inicial aversión a su obra impecable, retorcida y escéptica, hasta bien pasados los veintipico. Porque el hecho cierto es que nosotros no éramos los únicos que en la Argentina de la dictadura militar estábamos publicando, bueno, una número uno con ambiciones de larga subsistencia.

Por los kioscos y librerías de la Avenida Corrientes circulaban alternativamente alrededor de doscientas publicaciones como la nuestra; se llamaban en general prensa underground, pero entre ellas también había algunas con mucho nivel literario. ?El ornitorrinco?, segunda época de ?El escarabajo de oro? que había editado y reeditaba con ese nuevo nombre Abelardo Castillo, junto a la muy joven Liliana Heker, por ejemplo, me provocaba admiración y respeto: lo que más intriga me producía era saber de dónde obtenían ellos cuentos tan buenos, sobre todo de autores norteamericanos. Otra publicación señera en esos años fue ?Punto de Vista?, dirigida por la crítica literaria Beatriz Sarlo: impenetrable y áspera para mis conocimientos, era la lectura obligatoria que debía manejar quien quisiera conocer los códigos que se administraban para escalar ciertas cimas del reconocimiento intelectual. Comento esto tratando de ser fiel a la candidez de mi mirada de entonces; pero con el tiempo entendí que muchos de los códigos que a mí me resultaban crípticos eran en realidad modos de referirse a la densa realidad de un modo alusivo y por analogía.

El punto es que varios meses antes de que apareciera el artículo de Onetti nosotros ya habíamos publicado nuestro segundo número. En julio de 1978, deseosos de consignar en nuestras páginas los debates culturales de la época, publicamos un cuento del periodista Orlando Barone, que el año anterior había entrevistado en forma conjunta a Jorge Luis Borges y a Ernesto Sábato para un libro al que le dedicamos las dos páginas centrales de las dieciseis que hicimos imprimir en la número uno, con caricaturas de esos dos próceres hechas por Mourier. También le dimos cabida en el segundo número al escritor joven -y además periodista- más reconocido del momento, el turco Jorge Asís, quien según el parecer mayoritario vertido por los escritores argentinos en una encuesta realizada por el suplemento literario del diario La Opinión era, a los treinta y dos años, el valor literario más prometedor de las nuevas generaciones. Publicar ese reportaje a un personaje polémico nos trajo la pérdida definitiva del poco apoyo que nos quedaba por parte de la cooperadora del colegio cuyo rector, el hermano del escritor Abelardo Arias, estaba en esos días jaqueado por la inminencia de una intervención dispuesta por los militares.

En el número tres, del mes de setiembre, entrevistamos a Abelardo Arias para sanear los brulotes de Asís. Y aunque el autor de ?Alamos talados? me cayó muy simpático, lo mismo que su libro, que me hizo sentir nostalgia por lugares desconocidos, ese día aprendí que el periodismo también puede llegar a ser una forma de la alcahuetería. Afortunadamente seguimos publicando a los inéditos, que ya a esa altura (quizás por la experiencia vivida) nos interesaba fomentar más allá de la edad o las cucardas literarias que tuvieran: así apareció el primer cuento de un escritor llamado Gustavo Nielsen, cuyos mecanismos narrativos y temáticos (si mal no recuerdo, la sistemática crueldad de un niño asesinando palomas con su rifle de aire comprimido) iban a anticipar los gestos de toda su poética posterior; que en ese momento tuviera quince años es quizá otra prueba de la importancia de las número uno.

Hacia fin de ese año la dictadura prohibió la circulación en todo el país de un libro de Mario Vargas Llosa, ?La tía Julia y el escribidor?, y de ?Nuestros muchachos?, de Alvaro Yunque; la razón ostentada de la prohibición del primero fue una frase de doble sentido en la que el protagonista le decía a una jovencita, que no creo llevara uniforme de colegio, lo mucho que le gustaría ?cultivar los limones de su huerto?; hace poco me enteré de que también pesó en la censura unos comentarios burlones sobre el ?ser nacional?, que era la muletilla preferida de los dictadores que gobernaban el país. Nos sentimos en la obligación de decir algo al respecto y en el número cuatro salimos con un editorial, Los libros prohibidos, que no eludía el desafío de preguntar los porqué de esa censura y anunciar una indagación periodística al respecto para el número siguiente. Ese número fue el primero de los cuatro que publicamos con tapa de Guillermo Kuitca: la estremecedora imagen de una cabeza derruida en la que los músculos a flor de piel del cuello y los huecos de las órbitas representaban, lejos creo de toda metáfora romántica, los horrores surrealistas de ese presente.

Gracias a la investigación periodística que hice para aquel artículo vi por primera vez dibujos eróticos chinos en un libro de arte. Me los mostró un hombre pelado que sacó un ejemplar de tapas duras y papel increíblemente brilloso y colorido de una gaveta donde apilaban todos los libros prohibidos. Su intención fue encontrar en mí consenso para justificar la decisión de quitarlo de circulación para proteger a los menores de edad y yo, que todavía tenía dieciseis años, me callé la boca y sentí el gusto de tener una erección en una oficina pública. Paradójicamente, la investigación anunciada en diciembre fue reemplazada, en la entrega de marzo del año 79 por un reportaje de último momento, a Vinicius de Moraes. Los resultados de la investigación revelaban el modo y el lugar de trabajo de los miembros de la Comisión de Moralidad de la Municipalidad, que funcionaba en el primer piso del Centro Cultural San Martín pero ante el temor a una represalia inefable, preferimos autocensurarnos. Para acceder a esa oficinita yo de hecho le había escrito una carta al Ministro del Interior, el general Albano Harguindeguy. Y sin embargo el número contó con un escrito intenso en el que por primera vez editamos en clave, casi involuntariamente, un texto referido elípticamente al represivo estado de las cosas de la cultura argentina bajo el poder militar: la primera de dos entregas de Poesía española después de la guerra civil, escritas por el poeta Horacio Sacco.

Sacco y Horacio Pérez del Cerro surgieron entre los colaboradores que nos hacían llegar sus trabajos por correo postal. Junto a los poetas Susana Chevasco y Mario Morales ellos habían fundado un grupo literario en un barrio del sur del Gran Buenos Aires y leían a Cesar Vallejo. Sacco es hoy editor del colectivo de cultura popular rioplatense www.elortiba.org, página rankeada entre las 100.000 más vistas del mundo, según el contador internacional Alexa. Nombres de autores desconocidos iban alentando la posibilidad de persistir a pesar de los inconvenientes: por ejemplo Liliana Lukin, de quien reprodujimos poemas de su libro inaugural ?Abracadabra?, que hoy le dá vergüenza haber escrito, o Leopoldo Brizuela, cuyo extraño y también para él hoy en día vergozante cuento ?Ernestina y su espejo? figuraba entre los trabajos recibidos y lamentablemente quedó sin editar. Curiosamente, cuando alguien me pregunta si nosotros hacíamos todo ese trabajo de edición a conciencia termino siempre respondiendo que no. Y es cierto. No había en nuestras charlas de sumario -que más bien eran largas conversaciones telefónicas entre Guillermo y yo- evaluaciones políticas sobre el impacto de tales o cuales temas. Salvo en cuanto a materiales explícitos como el de la nota autocensurada, no se hablaba entre nosotros de utilizar la literatura como ariete para refrendar o criticar a lo real. Esto simplemente ocurría. Como por ósmosis, la sola existencia de una publicación como la nuestra habilitaba en los colaboradores espontáneos la idea de que ahí existía un canal de expresión. Y fue tal vez con esa intencionalidad no intencional que en el número 6, penúltimo de la serie, los contenidos cuajaron en una suma de textos que hoy, leídos a la distancia, parecen haber sido puestos ahí con vocación testimonial.

En la sección ?Pequeñeces?, creada para dar lugar a los autores cuando sólo encontrábamos un fragmento que nos gustaba de lo que habían escrito, apareció una breve obra maestra de la alusión política breve, esto ahora se llama microrelatos, y que en este caso encontré en un diario cultural de la colectividad alemana traducido al castellano. Decía así: ?Nos regocijamos previamente con su miedo, le sometimos a pánico de muerte antes de caer sobre él. Sentíamos placer cuando nuestras víctimas padecían miedo. Era una increíble sensación de placer oír los gritos de terror de las gentes? vi la sangre que goteaba de sus manos. El ansia se apoderó de mí. No me podía contener ya por más tiempo, me abalancé sobre el hombre y chupé el rojo líquido vital con mi oscura trompa. Muy cerca de mi cabeza gritaba el hombre. Esto coronó mi placer?.

¿Qué nos había gustado de ese texto?

En verdad, sólo la metáfora del mosquito como personificación de la maldad del hombre, que en general es así así cómo funciona el gusto -fascinado con ironías fáciles- cuando se es adolescente. Pero también estuvo en el número 6 el cuento La otra resurrección, firmado entonces en forma prácticamente anónima por un, decía, estudiante de psicología de veinticuatro años apodado Raúl Miguel, que era en realidad Aldo Becce, y cuya trayectoria literaria se me escapa, como la de muchos otros. En ese cuento la muerte, la delación y la desaparición de cadáveres se presentaba desde el primer párrafo. Y también publicamos en el número 6 los primeros, bellísismos poemas de Víctor Redondo, quien a los veinticinco años, en 1979, venía de ser premiado en España con su libro Homenajes, una de cuyas versiones todavía conservo en el mismo papel fotocapiado, abrochado y titulado con marcador, que por entonces él hacía circular entre los conocidos y amigos.

En 1980 editamos el número 7 anunciando que ése era el último. En el editorial final, que se llamó A modo de despedida, hicimos un balance en común de la trayectoria del proyecto y explicamos las razones del cierre. Guillermo pidió que, visto que la revista no salía más, salieran los lectores, y se fue a continuación a dar la vuelta al mundo con la obra que recién entonces empezó a ser Su obra. Yo anuncié que íbamos a volver tarde o temprano y me siento orgulloso de decir que cumplí con mi palabra: desde diciembre de 2001 la vieja Ayesha Literatura de papel (celcote ilustración) se ha convertido en el portal, agencia literaria y editorial de bajas tiradas www.ayeshalibros.com.ar. Seguimos difundiendo autores desconocidos y los editamos en formato electrónico: más de cien creadores fueron publicados en este nuevo soporte. Si las cuentas cierran, es decir si conseguimos el dinero necesario, de donde sea o como se pueda, también publicamos en papel (ahuesado) bajo el sello Ayesha Literatura Ediciones: ya llevamos como diez.

Por obra y gracia de Internet el espíritu de la revista se convirtió después de mucho esfuerzo en una Asociación Civil que llamamos, claro, Ayesha Libros Arte y Cultura. Así que ahora tenemos una sigla nueva que suena como a una línea aérea venezolana: ALAC. El objetivo sigue siendo fomentar y difundir, más allá de la posibilidad siempre soñada de volver a editar una publicación en papel, la cultura y el arte de todas las maneras que están a nuestro alcance: ciclos de lecturas, más ediciones en rústica de bajas tiradas y por supuesto una presencia continua en Internet, que sin duda hoy es el espacio de libertad por antonomasia para las estéticas tenues, las ofertas de vanguardia o las voces marginadas. Lo que nos alienta tres décadas después es el desafío de seguir apoyando las obras de los creadores emergentes tanto como las de aquellos que, habiendo obtenido reconocimiento, se encuentren en la periferia del sistema. Dicho con otras palabras, es la misma fe en el poder de la imaginación que renacía con cada cosecha (pero H. Ridder Haggard lo cuenta mejor) encarnado en la belleza de la inmortal Ayesha, sacerdotisa de Isis e hija de la Sabiduría.

Quizá viene a cuento para terminar simplemente decir que hubo varios textos míos que nunca quise publicar durante la dictadura: tenía diecinueve años cuando escribí, por ejemplo, uno que se llamaba Costumbres franciscanas; al releerlo hace un par de años ntendí porqué ni siquiera lo había intentado mostrar en todos estos años. Me lo pidieron los editores de una número uno que sacó, como nosotros, siete u ocho antes de cerrar, y ellos se tomaron el trabajo de tipiarlo y publicarlo en una página en internet (www.lamalapalabra.com): el tema era la religión y la tortura pero desde un punto de vista exasperadamente burlón, dificil de sostener después de haber leído los horrores del realismo que surgieron de los testimonios colectivos del Nunca Más. Cuando lo publiqué en internet me gustó la idea de que hubiese permanecido inédito. Ahora creo que tendría que publicarse y circular, no por vanidad ni para mostrarme como un mono adolescente más o menos sabio sino porque, además de la autocensura, creo que la pérdida del sentido del humor frente a las cosas macabras fue la parte del legado de la dictadura que nuestra generación menos pudo procesar (con perdón de la palabra).

En algo coincido, finalmente, con Onetti. A veces las cosas terminan no más empezar. Pero en verdad no hay proyectos que duren poco sino proyectos con ciclos más cortos de inicio, desarrollo y final. En tal sentido, es posible que las Número 1 condensen en sí mismas la eficacia de una performance. Son lo que son y valen por eso. Ser efímeras es su gracia y fortaleza. Tal vez gracias a que nosotros fuimos también una de esas número 1 fue que acá estamos vivos todavía, resistiéndonos a desaparecer.

Alejandro Margulis
30 de Mayo de 2008 – Café Literario de la SEA
Ciclo ?Los 30 años de la revista Ayesha?

La historia en tapas linkeala acá

Publicado en Leedor el 17-05-2008