El herrero y la muerte

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Festejando su décimo aniversario, el BAC (British Arts Centre) presenta una leyenda criolla que exalta costumbres nacionales y de carácter universal, de este mundo y del más allá.“El mundo parece un infierno”. Para más de uno puede que esta percepción sea sólo una más entre muchas otras, es decir, que no signifique nada del otro mundo. Sin embargo, esta misma expresión anunciada por San Pedro puede que llame un poco más la atención.

Con ciertas ironías, en el escenario donde se desarrolla “El herrero y la muerte“, San Pedro “encargado ?y nunca portero- de las puertas del Paraíso” descenderá más de una vez al mundo terrenal para negociar con el mismo Diablo ?también de paseo por el más acá- un acuerdo para librar a la Muerte de las manos de Miseria, el gaucho herrero que la retuvo para impedir que su alma pasara “hacia el lado de la mayoría”.

San Pedro y el Diablo se asociarán entonces, en una empresa por demás inusual, en la que el santo ?con tal de conseguir su propósito divino- se sorprenderá a sí mismo apoyando al ser infernal, quien tentará a Miseria con lo de siempre: mujeres, dinero y poder.

El herrero y la muerte” podría llamarse “San Pedro, el Diablo y la Muerte” porque ese triángulo es la figura más atractiva, entretenida y lograda de la obra. Sin embargo, se presenta como “una fiesta popular folclórica, una elocuente alegoría plagada de simbolismos que trascienden el ambiente rural y llega a la universalidad?”. En ese sentido, “El herrero y la muerte” suena a una suerte de fábula infantil. Fabulosa, por las alegorías y su intención de dejar una moraleja. E Infantil porque trata de transmitir mensajes y enseñanzas costumbristas de una manera que intenta ser entretenida, a través de personajes circenses que, con algún instrumento, gracia o pirueta, interrumpen la obra para adelantar pasajes que no se ven en escena, quitándole, finalmente, continuidad y verosimilitud.

El tono de “El herrero y la muerte” no prometía ser especialmente atractivo. La presencia de la muerte en su título y la sensación de una historia rioplatense con moraleja, contada por gauchos y juglares con bombos y platillos, podían dar, con cierta facilidad, la impresión de una pieza algo densa y disonante. Parecía que nada del otro mundo podría pasar. Sin embargo, sí sucedieron cosas poco habituales: Jesús concibió milagros, Miseria logró detener a la Muerte y San Pedro negoció con el Diablo.

Se cierra el telón. Algunas luces comienzan a encenderse y a iluminar a “El herrero y la Muerte“. Porque finalmente -y luego de algunos días-, las ironías y excelentes encarnaciones de la Muerte y otros actores se instalaron en el recuerdo más firmemente que la disonancia de estilos y el título poco seductor. Sin embargo, la pieza no pudo escapar a sus rasgos de fábula infantil. Luego de la función, las moralinas y moralejas quedaron dando vueltas en el umbral de la memoria, en especial una que insiste haciendo ecos que pocos pueden escuchar.

La moraleja es que más allá de los prejuicios, más allá de las sensaciones cotidianas de un mundo infernal, sí suceden cosas de otro mundo.

Quizás sucedan todo el tiempo y para percibirlas tal vez sólo haga falta entregarse a una mirada inocente, y hasta a veces infantil, que nos permita ver ese otro mundo, entre tantas otras cosas mundanas.

Publicado en Leedor el 11-05-2008