Borges de Buenos Aires

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Una Buenos Aires frecuentada por los paseos del poeta, cargada de un aire rústico desde donde emergen algunas de las conocidas obsesiones borgeanas en este libro recién presentado. El último sábado de abril se presentó en la feria del libro la obra Borges de Buenos Aires de C. Greco y J.L. Di Zeo.

El libro parece aspirar a una fusión entre la experiencia -con todo lo que ésta pueda tener de peculiar y efímera- de la ciudad plasmada en fotografías y la poesía imperecedera del autor de Ficciones.

Es un hecho harto comprobable que Buenos Aires ha perdido las formas de antaño, podríamos decir haciendo eco de las palabras de los autores del libro Borges de Buenos Aires que las formas ampulosas y comerciales lo invadieron todo, saturando la vista, y ya no coincide con la ciudad tantas veces recorrida por el escritor.

Surge así un desfasaje entre la ciudad actual y la recreada en la literatura, el libro en su intento de recuperar la ciudad de Borges tiene el menester de alejarse del centro (hoy en día) tan orientado hacia lo lucrativo en su infinita multiplicación de bancos alrededor de la casa rosada y el Bajo y de tiendas que inundan las avenidas Corrientes y las calles Florida y Lavalle.

Alejarse de los lugares céntricos, supone un doble desafío por un lado, el de recorrer la ciudad desde una ceguera, según las palabras de Greco y Di Zeo, pero desde una ceguera propicia ya que nos oculta lo feo de la ciudad, lo secuencial y seriado de (algunas de) sus calles y estructuras acondicionadas para la actividad mercantil.

Sin embargo alejarse también implica el desafío de encontrar otro centro, ya que Buenos Aires no se constituye sólo desde un único punto medular permite que se tracen una multiplicidad de redes de calles en las cuales brotan otros nudos centrales y atemporales. Y es así como, en el libro, comienzan a surgir lugares que parecen reunir la fiebre gauchesca del primer período de la escritura del autor con algunos problemas -como el del tiempo, la fragilidad de la experiencia, la infranqueable relación entre la finitud y la infinitud, entre otros- que aparecen en su poesía y prosa, problemas, dicho sea de paso, que antes de ser ?típicamente borgeanos? son inevitablemente humanos.

En el libro se pueden identificar lugares conocidos, como el parque Lezama o la plaza San Martín en Retiro impávida ante la torre de los ingleses, y algunas estatuas del barrio porteño de San Telmo, pero sobre todo asistimos a una Buenos Aires campestre que remite más a un pueblo del interior que a la capital de la República.

Aparece entonces una ciudad vista desde otra perspectiva, una ciudad frecuentada por los paseos del poeta, cargada de un aire rústico desde donde emergen algunas de las conocidas obsesiones borgeanas: en una fotografía el tiempo aparece reflejado en la cesura de una baldosa, en otra se dibuja un laberinto cuyas puertas coinciden en un único lugar que resulta ser una casa humilde al final de un largo pasillo.

Y es el mismo Borges, desde uno de sus relatos quien nos enseñó a recrear esta ciudad que aparece en el libro, nos dice en el cuento Examen de la obra de Herbert Quaine que cualquiera que narre una historia no sólo recrea lo que ocurrió sino que está coparticipando, junto a otros narradores, de su creación.

El lector le suministra diferentes perspectivas a aquello que lee, reproduce un mismo hecho pero yendo al punto en que ese hecho se halla en tensión hacia atrás, la fuerza del pasado lo convoca; y es en la víspera del suceso en donde éste se vuelve infinito, el hecho se convierte en un acontecimiento que remite a otro y otro sucesivamente en un laberinto desde el cual se patentiza la imposibilidad de la búsqueda del origen, por tanto, el pasado se nos muestra no como un origen oportunamente identificado sino como la confluencia infinita de personas retrogradando lecturas.

Algo parecido ocurre con la reproducción que de Buenos Aires hace el libro, como lo demuestra la partícula ?re? de dicho término aquello que aparece de nuevo es de nuevo creado y, por tanto, se vuelve el tiempo atrás y se lo compele a bifurcarse una y otra vez.

Quizás en una de esas bifurcaciones se compela a Buenos Aires a que detenga su actual devenir para que alguien se demore a ver ?la higuera (oscurecer) sobre la ochava; los portoncitos -más altos que la líneas estiradas de las paredes- (?) obrados en la misma sustancia infinita de la noche. La vereda escarpada sobre la calle; la calle de barro elemental, barro de América no conquistado aun.

Publicado en Leedor el 12-05-2008