De Florencio Sánchez

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Cada uno en su momento, a la búsqueda de públicos diferentes.
Escribe Abel Posadas.
Por Abel Posadas

Dos espectáculos muy diferentes se ofrecen en estos momentos en Buenos Aires. El primero está integrado por escenas correspondientes a obras diversas de Florencio Sánchez (Montevideo Uruguay-1875-Milán, Italia-1910).

Estas escenas corresponden a algunas obras conocidas y a otras que no lo son tanto ?Puertas adentro, Moneda falsa-. Los responsables son los integrantes del Grupo de Teatro Rioplatense, dirigidos por María De Giorgio. La sala es la del Teatro del Sur, en Venezuela 2255.

El espectador tiene, una vez más, la oportunidad de corroborar la fuerza de los textos de Sánchez, eslabonados por una aguda reflexión acerca de lo que ocurría en el país en vida del dramaturgo. Es más que curioso observar a los actores que pasan en cuestión de segundos de una obra a otra, de un personaje al siguiente haciendo gala de una técnica inusual. María De Giorgio ?que se ha propuesto exhumar el teatro 1890-1930- ha tenido mucho cuidado para no caer en el melodrama ?cfr. la escena de El desalojo-. No resulta fácil para quien se proponga hacer teatro en el siglo XXI internarse en un mundo que, dados los vaivenes de la historia argentina- pareciera sepultado en el olvido.

La escenografía y el vestuario de Daniela Soledad Drayle permite que el espectador recree por su cuenta los distintos ambientes en los que se mueven los personajes, huyéndole a lo que podría considerarse un realismo de segunda mano. Si es que debe hablarse necesariamente de realismo, hay que buscarlo en lo que se dice sobre el escenario a partir de los textos de Sánchez. Se comprueba una vez más la vigencia de este dramaturgo en una sociedad como la nuestra, que pareciera querer persistir en peligrosas contradicciones irresueltas. La xenofobia, el desamparo, el quiero-y-no-puedo de los sectores medios, la hipocresía de los medios, todo esto va desfilando sobre el escenario como si el tiempo no hubiera pasado.

A su vez en el Teatro del Pueblo, se ha estrenado la última obra de Carlos Gorostiza (Buenos Aires, 1920), El alma de papá. El tema, las relaciones familiares y en especial las de padre-hijo, nos ofrecen momentos jocosos ?un cadáver que no es tal- y otros que se ubican en el extremo opuesto ?el diálogo entre ese padre muerto para todos pero no para el hijo, no todavía, no hasta que diga las palabras finales que el hijo necesitó durante toda la vida.

Gorostiza, a los 88 años, evidencia hallarse aún en condiciones de demostrarle al público de qué va ese núcleo conflictivo y enfermo de la sociedad: la familia. Tal como ocurre en el espectáculo sobre Florencio Sánchez, tampoco aquí se brinda un realismo craso: se habla, simplemente, sobre la vida y la muerte a través de una engañosa cotidianeidad. Es sabido que Gorostiza renovó el teatro argentino con el estreno en 1949 dirigiendo en La Máscara su obra El puente. No todas sus obras mantienen el mismo nivel ?también este es el caso de Florencio Sánchez-. La dirección de Jorge Graciosi recupera a dos actores no siempre recordados a la hora de mencionar nombres fuertes en el teatro: Jorge Rivera López y Catalina Speroni.

Sucede algo curioso cuando se ven estos dos espectáculos seguidos, de una semana a la otra. Para Raymond Williams, ?a partir de la década de 1890, todos los asideros comenzaron a fallar y se produjo una ruptura de las formas que fue, también, en cierta medida, una ruptura de las instituciones y de los públicos? (Cultura. Sociología de la comunicación y del arte). Es posible ?no nos parece delirante- trazar un paralelo entre Sánchez y Gorostiza: ambos indican el comienzo y el resultado final de esa ruptura de la que hablaba Williams. Es posible que hoy día se busque ya un nuevo público. Mientras tanto, aquí, en Argentina, es posible que coexistan líneas de tensión diferentes y contradictorias. Es una manera de que el teatro avance. Siempre lo ha hecho.