Yo soy mi propia mujer (III)

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Se re estrena en el Centro Cultural Konex, con Julio Chávez como actor panóptico y su maestro Agustín Alezzo como director general de la obra. Hay costumbres y costumbres.

Charlotte es una coleccionista de relojes, muebles y gramófonos que guardó en un sótano de Berlín del Este, y que hoy se conservan en un museo de esa ciudad. Interesado en hacer una obra sobre Charlotte; en la obra, Doug Wright viajó desde Nueva York a la capital germana para entrevistarla y saber cómo ella, travesti proclamado, logro sobrevivir durante la época del nazismo y del comunismo en Alemania.

Él, Julio Chávez, es ella, Charlotte von Mahlsdorf, y también él, Doug Wright. En otras palabras, se desdobla en tres: en Charlotte, que es un hombre y su propia mujer, y en el libretista que fue tras sus pistas.

Y uno, que está sentado en butacas individuales, ve cómo otro, que es un actor, entra y sale de los personajes. Alterna entre la voz vibrante, pícara y animada de la coleccionista, y la firme, suspicaz y detectivesca de Doug Wright. Logra que uno, que está en pleno barrio del Abasto, se olvide que esa es una butaca del Konex y se concentre en el mundo imaginario que él, el actor, ha logrado recrear en la imaginación de los espectadores, ahora pasivos albañiles del mundo que Chávez insta a construir, a medida que cuenta lo que Charlotte siente y lo que el Doug Wright sospecha a cerca de ella.

Y mientras él, que es uno, se desdobla en tres y dirige la construcción imaginaria, se ocupa, además, de que ese mundo imaginario se sustente en bases profundas que lleguen lo más hondo posible en la estructura de cada albañil. Por eso, entre imagen e imagen, entre muebles de estilo y fonógrafos con puntas de zafiro, nos habla de la verdad y de las patrañas, la necesidad de creer en ellas y en su efecto terapéutico cuando son tomadas como automedicación. También, de los enigmas, de cómo es posible explicarlos. Entonces a medida que investiga la vida que Charlotte oculta, va tendiendo delicados puentes entre los opresivos regímenes que sacudieron a Berlín en el siglo XX y la realidad de nuestros días. Se baja del puente y cava un túnel, profundiza en las aristas más irregulares y se interna en la oscuridad de la verdad y la claridad de las mentiras. Allí, Wright descubrirá algo que Charlotte nunca le contó e incluso negó: ella habría sido colaboradora de la Stasi.

Ella, que sufrió cuestionamientos y acusaciones, también había cuestionado y señalado a otros que, aunque iguales a ella, eran perseguidos.
Ella, que en sus encuentros con Wright decía anhelar que terminar las diferencias en el mundo, que nunca más le preguntaran sobre religiones, que esperaba poder contestar que su amistad con otros se debía simplemente a un día de lluvia; ella había entregado a alguno de sus amigos.

Decepcionado, Wright abandona la investigación sobre Charlotte, un personaje que lo había seducido, pero que con su verdadero sabor, había terminado por amargarlo.
Pero antes de cerrar el caso, el libretista la recuerda en una última imagen, una muy genuina: es la de Charlotte cuando era pequeño. Estaba sentado en medio de dos leones cachorros; alguno de ellos realmente no quería posar para esa foto, pero igual posaron. El problema, advertiría Wright, es que algún día podrían reaccionar.

Reaccionan en ese instante, muchos de los albañiles. Caen desde el mundo imaginario hasta lo más profundo, vuelven a las primeras escenas, entienden algo más de la obra y de las bestias que despiertan de los seres más mansos, cuando a éstos se los encierran en mentiras y se los priva de la libertad.

Así termina y así la sala del Centro Cultural Konex se convierte en una gran caja que guarda piezas de colección, preciadas por su incalculable valor.

Hay costumbres y costumbres. Algunos coleccionan muebles otros canillas. Muchas a veces a las canillas se les dice grifo. El grifo es un ser alado con cuerpo de león, tomado por distintas culturas con distintos significados. En el siglo XIX muchas fuentes de agua fueron decoradas con este tipo de seres y desde allí, conviven ambos nombres en la boca de las cañas de agua.

Así, de vez en vez, se despierta el origen de ciertos nombres y costumbres y se acercan los significados; y aunque se hagan muchas cosas sólo por costumbre, de vez en cuando alguna situación revela el por qué y la cusa del hábito. Hay costumbres y costumbres: cuando terminó “Yo soy mi propia mujer“, el público aplaudió de pie y sabía muy bien por qué.

Publicado en Leedor el 13-04-2008