Martín Kohan

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Ciencias morales narra aspectos de la vida en el Colegio Nacional de Buenos Aires poco antes del ocaso de la dictadura militar. Entrevistamos a su autor, Martín Kohan ganador del XXV Premio Herralde Novela.Ciencias morales, el último libro del escritor y crítico Martín Kohan narra con precisión y minuciosidad aspectos de la vida en el Colegio Nacional de Buenos Aires poco antes del ocaso de la dictadura militar. El personaje central, María Teresa es una preceptora novata que admira a su jefe, el Sr. Biasutto, quien le ha enseñado a ejercer una mirada alerta, una mirada no evidente a partir de la cual se pueda lograr la mejor vigilancia de los alumnos. No obstante, lo no dicho, lo omitido se convierte en el punto capital del libro.

¿Cuáles fueron los elementos disparadores que te motivaron a escribir Ciencias Morales?
Generalmente funcionan más de uno. La escritura, la novela, empiezan cuando se juntan tres o cuatro de esos factores ninguno de los cuales es un disparador de por sí, y en el momento que confluyen dan impulso.

Son como vectores…
Si, que en algún momento los tenés, los perdés, los cruzás… y en un momento empezás a ver realmente la novela. La idea de una novela sobre el Colegio la tenía en un sentido totalmente vago y finalmente difuso. No era más que una intención que no terminaba de saber cómo abordar y cómo resolver, excepto por ciertas ideas que me imaginaba no quería hacer, como por ejemplo una novela nostalgiosa. En realidad, el disparador más concreto creo que tuvo que ver con el personaje de la preceptora. Solamente cuando pude empezar a precisar más el personaje de la preceptora empecé a ver la novela, porque es una novela construida desde ese personaje. El personaje arrastró también otra decisión que era contar el mundo de las autoridades del Colegio y no el mundo estudiantil. Ya no mi propio mundo, ya no ir detrás de mi propia experiencia. Eso me puso la imaginación en el plano de la función narrativa que después iba a funcionar. Cuando pensé tan fuertemente a ese personaje y a esa actitud, empecé a imaginarle una voz para ese personaje, para que narrara y no la encontraba hasta que empecé a pensar que en realidad la novela tenía que estar totalmente apoyada en ella, pero que no tenía que narrarla. La primera frase también fue importante, me pasó en otros libros como en Segundos afuera.

¿Cómo fue el proceso de escritura?, ¿qué te exigió de diferente en relación a tus otras novelas?
Hay algo que se me planteó en otros libros pero de otro modo y que es el sostener el tono durante la escritura. Diría que durante la escritura, sobre todo, fue sostener el tono que me permitiera estar cerca y lejos a la vez y elegir cuándo había que pegarse completamente, cuándo convenía estar lejos y a veces también en el mismo momento, estar como muy pegado a ella, que el narrador y el lector también pudiesen estar muy pegados a ella y al mismo tiempo no, estar totalmente superpuesto a su percepción pero al mismo tiempo poder saber más que ella. Con Biasutto, especialmente cuando la preceptora comienza a funcionar más fuertemente en relación a él, había que definir una distancia continua para el lector y para el narrador, hubo que ajustar el tono respecto de uno y respecto de otro.

María Teresa parece presentar como dos estados de disociación frente a la realidad, primero recurre a la fantasía, inclusive la erótica, y luego al final a la negación en relación a lo que le sucede con Biasutto.
Si, y esto en relación a lo que te decía anteriormente. El narrador al que le fui dando forma me permitía eso para que se pudiera ver al mismo tiempo la negación y lo negado, que es lo que me parecía que tenía que funcionar a lo largo de la novela porque también al Colegio lo traté de hacer funcionar de esa misma manera, como una gran institución de la negación pero por otras causas como la preservación de un espacio de estudio o lo que fuera, pero era el mismo mecanismo y a mi me parecía que la novela tenía que funcionar sobre esa negación, porque también sigue esa negación, pero que este gesto fuera tan ostensible que lo negado se termina viendo más, se exhibe más. Sobre la preceptora el trabajo traté de que fuera para evidenciar esos mecanismos, para que uno pudiese ver la negación y lo negado al mismo tiempo.

¿Siempre tuviste presente al Colegio como un ejemplo de lo que ocurría a nivel macrosocial?
No lo pensé necesariamente así, pero lo veo como lectura posible y razonable, no lo pensé en esa dirección porque no lo pensé en terminos alegóricos, lo cual no quiere decir que quise desactivarlo. No pensaría una novela en términos alegóricos, sí abro el juego a las conexiones que puedan darse. No lo pensé en términos alegóricos por una cierta desconfianza de ese desplamiento de la alegoría. Lo pondría en términos de una correspondencia, no estoy diciendo una cosa para decir otra, esa traslación de sentido con una premeditación sería innecesaria. Quise hacer funcionar esa máquina institucional para que resonara en todos los planos, que pudiera resonar en el país entero o adentro de la cabeza de la preceptora y que se pudiese amplificar al país o concentrar en el cubículo del baño en donde está la preceptora, y que la novela permitiera la contracción y la expansión según donde uno quisiera entrarle al leer y que la realidad misma estuviera presente por omisión.

Eso se percibe muy claramente cuando aludís a la movilización a Plaza de Mayo del 30 de marzo de 1982.
Eso era lo que buscaba, jugar premeditadamente con lo no dicho. Por eso también la idea de que en el último capítulo los materiales de la realidad entran justamente al revés de como venían hasta ese momento. O sea, el discurso más llano, más directo, más explícito, más denotativo, buscando también un efecto de desahogo. Pero eso no dicho lo volvía más presente.

María Teresa es el último eslabón en el cual se diluye todo ese sistema pero al mismo tiempo es indispensable, ¿es una malvada banal?
Si. Fijate que a mí esas figuras me interesan mucho. En Dos veces junio hay un punto de analogía con Ciencias morales. Allí aparecía un conscripto que era el chofer del médico que asesora al torturador, o sea un nadie, pero ese engranaje chiquitísimo no podía faltar. Me interesa buscar cómo eso funciona concretamente, la cosa más general me parece muy considerable y muy interesante en términos de comprensión de procesos sociales pero en términos literarios no dejo de sentirlo como una abstracción, y a mi me gusta en la literatura la posibilidad de buscar en el detalle, o incluso en la minucia el funcionamiento concreto, y al ponerlo en estos términos dejo de sentirlo como algo menor o como un detalle lateral. Al buscar esta concreción en esos engranajes chiquitos, neutros, o aparentemente prescindibles ves todo el calibre que pueden llegar a tener. Esas figuras grises, que es como Hannah Arendt ve a Adolf Eichmann me parecen fascinantes. Espeluznantes y fascinantes al mismo tiempo.

Nos parecen más cercanos, más cotidianos, a diferencia de la figura del dictador
Los dictadores son figuras más fáciles de demonizar, y ponerlas más lejos es también ponerlas lejos de la realidad cotidiana, y ahí es donde yo lo veo como una abstracción. De todas maneras no dejo de percibir el interés que ese tipo de figuras puedan tener, pero si esos dispositivos de represión o de control, han conseguido ramificarse y atravesar todos los vínculos sociales, no es por esas figuras ?extraordinarias?, sino por la manera en que eso atraviesa vínculos completamente ordinarios con personajes completamente ordinarios. Ahí me parece que es cuando una narración literaria entra y puede tocar lo más concreto que es lo más trivial, lo más banal. La situación de la preceptora en un baño, en un colegio, en escala es banal. Incluso lo que pasaba en ese colegio en el 82´, si uno lo remite a lo que pasaba en el 77´o en el 78´es banal, pero en esa banalidad se pone en juego algo que no es banal y ese juego a mi me interesa muchísimo.

Es muy interesante cómo desmenuzas toda la ritualidad que exige el disciplinamiento y esa simbiosis que se produjo entre la vida militar y la educacional.

A mí esa minucia me interesa literariamente. También es una cierta fascinación por los detalles que a mí me funciona en distintos niveles, ante todo en el nivel de la escritura. Poner a funcionar a la escritura más despaciosamente, hacerla demorarse más para captar esos matices es lo que a mi me gusta.

Y ese desmenuzamiento, esa fascinación, funcionan cada vez más significativamente, no son una mera descripción…
Claro, si no es como un paradigma más clásico, como era la alternancia entre narración y descripción, el modelo del realismo del siglo XIX, que decían describo para luego hacer trancurrir la acción, o describo un personaje y cuando termino lo pongo a actuar, y de ahí viene el tópico del lector ansioso que saltea las descripciones para ir a la acción. Mi idea, mi gusto de la descripción, incluso mi gusto como lector por las descripciones tienen que ver con el momento en que dejan de funcionar así. La descripción tiene que estar poniendo en juego otras cosas, incluso a la narración misma, que la acción pueda avanzar a través de matices de las descripciones con la lentitud que eso pueda suponer.

En reiteradas ocasiones afirmaste que no es una novela autobiográfica, pero ¿esta autoexclusión no significa un espacio de reelaboración de la propia biografía?
Si pero muy desplazada. Todos los personajes de la novela son ficcionales salvo el profesor Vivot. Es decir, no había una María Teresa, no había un Biasutto, pero los nombres de los alumnos sí son de mis compañeros y se entiende que no son ellos. Una de las primeras entrevistas que me hacen fue la de alguien que estuvo en el Colegio cursando el mismo año y este periodista era amigo de Baragli y se nos presentó entonces una situación muy curiosa.
Lo que evito es una trasposición directa, e incluso ni siquiera una indirecta en dos pasos. Sí es indirecta es en muchísimos pasos y en mi caso puede tener que ver con usar materiales, usar espacios, ámbitos, climas que conocí y no una tranposición directa de una vivencia personal. En mí hay como un desencuentro que no me propongo revertir, pero que tampoco puedo ir no revirtiendo. Es como una especie de mutuo desalojamiento. Cuando las cosas están para mi en el casillero de las vivencias no logro -ni me lo propongo- transponerlas al casillero de la narración literaria, no me interesa. Es tan simple como eso, no es que tenga una declaración de principios sobre lo autobiográfico o la literatura. Este principio de mutua exclusión entre experiencia y literatura no se da como una premeditación, sino como algo auténtico. Cuando hicieron salir a los alumnos por la puerta del costado yo estaba, pero no diría que eso es exactamente autobiográfico, y no figuro ahí ni jamás hubiera narrado desde mi. No hay entonces una dimensión verdaderamente autobiográfica, la novela la podría haber escrito sin haber ido al colegio.

¿Cómo rescatás de ese contexto histórico particularmente?
Malvinas fue el quiebre. Por eso me interesó poner la novela ahí. Mis años en el Colegio fueron en dos mundos muy distintos. La caída de la dictadura nos cortó en dos el secundario, no tenemos la posibilidad de hacer una sola caracterización ya que fueron por lo menos dos con un año bisagra que fue el 82´.

Y cuando pasaste a esa segunda parte ¿no empezaste a cuestionarte la vivencia de esa primera como algo naturalizado?
Exactamente, ese fue el punto para mi. Lo que empecé a pensar no fue lo que había estado pasando porque no viví el 77´ y el 78´. Que te controlen el pelo, que te humillen un poco los profesores cuando tres años antes hubo desaparecidos es como si te hubieran tratado ?bien?. Es decir, no viví la represión verdadera, pero viví algo que es el aparato represivo en su normalidad. Y ahí es donde no pienso esta novela ni Dos veces junio como novelas de la dictadura en un sentido convencional. No es el aparato represivo ni la desaparición, a mi me interesa donde eso es perfectamente normal porque ahí me parece que hay una clave. Pilar Calveiro en Poder y desaparición se plantea eso también: ¿qué tiene que pasar en una sociedad para haya campos clandestinos de detención? Después del 82´/83´ la perplejidad no era qué fue que nos estuvo pasando, sino cómo podíamos tomarlo como algo normal y aún eventualmente como bueno, ahí es donde lo de la moralidad me interesó. Cómo este tipo de microaberraciones pueden hacerse en nombre del bien y sostenerse desde el bien y engendrar una convicción del bien aún en nosotros mismos, un deseo de cumplir y una satisfacción de cumplir. Ya no es la imposición, es la capacidad de generarte el deseo. Al no trabajar tanto la situación de los estudiantes, sino la de la preceptora, busqué insistir en eso. Ella da pasos desde la convicción de estar cumpliendo con su deber y que puedan sostener genuinamente cada una de las cosas que hace , incluso las más aberrantes, desde la idea del buen proceder.

¿Hay una observación moral del narrador?
Creo que hay una moral en la escritura. En última instancia el narrador no existe más que en el lenguaje con que narra. En todo caso habría que ver el juego moral y lo extramoral. En el narrador está jugado en la manera en que se pueda pegar o despegar de la preceptora, en cuanto al punto de vista, como al lenguaje mismo. Entonces hay un juego de donde entrar y salir, donde el narrador por momentos asume el lenguaje reglamentario y narra desde ahí, pero al mismo tiempo narra más que el lenguaje reglamentario. Por lo menos así lo procuré. Que el lenguaje despegue de la misma manera que en el momento cuando el narrador dice que María Teresa se seca y demora más de lo necesario la mano. En ese momento sabe más que ella. Diría que se mete en esa moral y después le produce los cortocircuitos. Desde el punto de vista y desde el propio lenguaje hay momentos en que la escritura va más allá del lenguaje administrativo de los reglamentos, pero desde adentro y no desde afuera. Es contramoral, o sea algo que él activa desde adentro del aparato moral de la preceptora y desde adentro del aparato moral del lenguaje reglamentario. Se mete adentro y ahí empieza a pasar otra cosa.

¿Es posible una relectura de la obra, desde tu lugar de autor, a partir de sus repercusiones?
Siempre estoy muy interesado en las lecturas, absolutamente todas, pero no para volver a lo que fue mi percepción de escritura, sino para que me saquen de ahí. La percepción de escritura se puede olvidar perfectamente, yo la necesitaba al escribir. Al escribir la exigencia es todo el tiempo cómo se puede percibir eso, no en una primera escritura, pero cuando empezás a corregir y a tomar decisiones de suprimir, agregar, retocar, revisar…la escritura es muy tramposa en ese sentido, la trampa es lo que tiene de encantador, cuando lo estás escribiendo te parece que está genial, dos horas después releés y te das cuenta que es una euforia que te dura lo que tardes en releer y es muy placentero participar de ese engaño. También cuando uno ya pasa el manuscrito a los amigos para que te empiecen a clarificar, para que te devuelan una mirada que ya no sea la de la escritura, para hacerte salir de la percepción de escritura que ya no tengo ningún interés en recuperar. Lo bueno de las lecturas es que te sacan de ahí, porque te muestran otras cosas que no habías pensado porque no se está en condiciones de preveer.
Hay una diferencia muy grande entre la relación que uno tiene con el libro y la relación que uno tiene con el texto que uno escribió, es lo mismo y no es lo mismo. El texto está reproducido en el libro pero no es lo mismo. No es lo mismo mi relación con la escritura y con el texto que mi relación con el libro y con las lecturas. Es un corte de escarpelo, pero es un corte como lo hay entre lo abierto y lo acabado. Cómo estás pensando el funcionamiento cuando eso todavía está en proceso y se puede revertir, desviar, abolir por completo y cuando llega, llega a su grado, llega a lo que existe como terminado y fuera de mi, que lo hice pero está fuera de mi. A eso me refiero cuando hablo de la diferencia entre texto y libro, porque el texto es poroso, está abierto. Tampoco tengo disposición para volver a lo que ya está publicado, ni para reescribir ni para leer. Después me beneficio de esa clausura, ya está fuera de mi y paso a recibir sentidos, lecturas, son dos momentos. Para mi hay una mini escena que representa esto que estoy diciendo: en el momento en que estoy por recibir los primeros ejemplares regalo el manuscrito de la novela. Siento que se tiene que ir porque paso a otro punto, y la idea es que ese proceso terminó y lo que fue manuscrito ahora es un libro y ahora es lectura.

Publicado en Leedor el 15-02-2008

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