Nada más que la verdad

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En la versión libre de “El Misántropo” de Molière, Jorge Goldenberg rescata “Nada más que la verdad”, un recorte bien definido del maravilloso clásico.La verdad es escurridiza y a pesar de su luminosidad, parece ser parte de la condición humana no poder reconocerla. Sin embargo, mirando una hoja, en una estación, o en un parque, en algún momento todos esperan poder encontrarla y atraparla.

Científicos, filósofos y escritores -cada uno en sus disciplinas, la han buscado, descrito y analizado. Algunos la investigan y otros menos pretenciosos la inventan o la imaginan; también hay quienes la encuentran pero prefieren evitarla. A veces es demasiado dura, inacabada o de una naturaleza tan perfecta, que el hombre limitado por sus defectos, resulta incapaz de abarcarla.

Quizás la verdad se nos resista para no desilusionarnos, o a lo mejor se oculta para revelarse y sorprendernos. Tal vez, así como no podemos ver ciertos colores ni escuchar determinados sonidos, tampoco somos capaces de percibirla. También es probable que no la busquemos lo suficiente, pues si bien poseerla supone cierta liberación, encontrarla, puede ser tan frustrante como no poder alcanzarla.

Todos estos temas se presentan en la versión “Nada más que la verdad” de “El Misántropo” de Molière. La búsqueda de la verdad es la fuerza que mueve a la obra. Alceste, quien guarda un incomparable rechazo por los asuntos falsos y corruptos, caerá en el ridículo cuando la verdad lo empuje a un abismo de bajos instintos del que siempre intentó escapar.

En este caso, el recorte alcanza sólo a seis actores que se mueven en un escenario blanco, neutro y atemporal, donde esta verdad merodea como un haz de luz invisible que sólo se dejará ver cuando se vuelva tan oscuro y pesado que Alceste preferirá cerrar sus ojos y enceguecer nuevamente para siempre.

La obra de Molière es un verdadero drama y seguramente sea la condición pura de su esencia a quien deba su vigencia. Hoy “Nada más que la verdad“, dirigida por Berta Goldenberg, desnuda parte de la condición pretenciosa y débil del ser humano, en una pieza que revive exitosamente el humor y el absurdo del clásico francés, incitándonos a pensar a cerca de la revelación de la verdad, la transparencia e integridad de nuestros actos y la posibilidad de vivir libres de engaños.

Publicado en Leedor el 12-03-2008