Juego de poder II

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Sin sesgo de autocrítica, y bajo un tono de aparente y alegre superficialidad Nichols habla de las intervenciones bélicas norteamericanas .El cine pseudo-intelectual

Por Rocío González y Julián Rimondino

Nos disponemos a hablar sobre la última película de Mike Nichols, un director de prestigio (poco importa que no haya hecho nada que vaga la pena en los últimos 30 años), con estrellas consagradas (todas ellas ganadoras de premios de la Academia), en busca de un cine ?de calidad?, con un tema político. En fin, un cine que se vende a sí mismo como intelectual, de contenido. Y la crítica especializada le sigue el juego: aparentemente ve en ella una oposición a las políticas bélicas de los Estados Unidos.

Pero cuando vemos la película no podemos dejar de pensar que nuevamente un sector de los críticos de cine se guían más por los discursos que venden las distribuidoras sobre sus films que por un análisis del mismo según un criterio propio. Nos encontramos ante un ejemplo de cine pseudo-intelectual, que se exhibe como una crítica pero que termina haciendo agua por todos lados, para terminar reforzando aquello a lo que supuestamente se quiere oponer.
La historia de Juego de Poder es la de un congresista del estado de Texas, Charlie Wilson (Tom Hanks), que organiza una operación encubierta durante la Guerra Fría ayudar a los afganos a deshacerse de los soviéticos que han invadido si país. Para ello empieza a mover los hilos de la política, donde todo se realiza en base a favores que implican prestar dinero y ganar dinero, consiguiendo una unión muy superficial entre pakistaníes, israelitas, afganos, egipcios y traficantes de armas. En esta tarea es ayudado por una millonaria e influyente mujer de Texas, Joanne Herring (Julia Roberts), aficionada por los asuntos afganos y ligeramente fanática religiosa, y por un griego ortodoxo de la CIA, Gust Avrakatos (Phillip Seymour Hoffman), quien sería la voz de la razón en este universo de juegos de poder.

Por sobre todo, Juego de poder es la prueba viviente de que ciertos valores que están impresos en el inconsciente colectivo norteamericano y no son percibidos por esa sociedad como construcciones, sino como realidades, como hechos consumados y verdades establecidas. EE.UU. tiene derecho a intervenir (política, económica y militarmente) sobre cualquier conflicto armado en cualquier lugar del mundo, y toda Juego de poder está construida en base a ese principio. La jurisdicción de EE.UU. está mucho más allá de sus fronteras, y el rol de ?líder del mundo libre? es una premisa que la película ni siquiera verbaliza, porque hasta tal punto es una realidad dada para ella.

El film se basa en la lucha anticomunista sin poner en tela de juicio en ningún momento esa política. Más aún, la refuerza. Cualquier mirada humanizadora que aspiraba a lograr (por supuesto recurriendo a golpes bajos: primeros planos de niños mutilados por minas terrestres camufladas como juguetes por los soviéticos) contrasta fuertemente con una falta total de reflexión sobre la guerra en sí. La muerte de los soldados soviéticos es celebrada una y otra vez a lo largo del film, especialmente en la escena en donde los mujahideen (los luchadores afganos que libraron la guerra) logran derribar por primera vez tres aviones rusos. Resulta altamente manipuladora la manera en que Nichols filma esta escena, con primeros planos de los aviadores soviéticos hablando de banalidades mientras se disponen a masacrar a toda una ciudad, vanagloriándose de la falta de resistencia que oponen los afganos, hasta que los mujahideen logran finalmente disparar las armas brindadas por la CIA. Cualquier esperanza de autocrítica se deshace en esta escena, que ya deja de aceptar pasivamente el discurso anticomunista e intervencionista de EE.UU., para pasar a construirlo, a reforzarlo, a alimentarlo.

En una película en donde la indefinición de posturas abunda, esta es la escena donde se hace la mayor apuesta ideológica. Pero nos puede pasar de largo, acostumbrados como estamos a la manipulación de la maquinaria de Hollywood. Porque Nichols construye su obra coqueteando con la crónica, no tomando posturas definidas, con la intención de mostrar a las cosas ?como fueron?, insistiendo en que se basa en hechos reales. Sin embargo, utiliza recursos que contrarrestan esta línea, al apelar a la comedia y a los golpes bajos. El tono de alegre superficialidad que se intenta dar a los personajes y las historias, se opone al relato tipo crónica. Como una especie de James Bond tremendamente cool, Charlie Wilson no se toma nada demasiado en serio, y Nichols liga tal hecho a que sea el único capaz de llevar a buen puerto la operación encubierta en Afganistán. Lo que debería ser un hecho simpático, termina siendo ofensivo: casi jugando y sin tomarse nada demasiado en serio, EE.UU. prologa y manipula una guerra para servir a sus intereses.

Si queremos ver un cine político y crítico de verdad tenemos que mirar a Tim Robbins, que habla de aquellos temas a los que Juego de poder se acerca tangencialmente: la fiebre anticomunista (Abajo el telón), la manipulación demagógica de los medios (Bob Roberts), la inhumanidad de la violencia apoyada por el Estado (Mientras estés conmigo). En la crítica a tales temas se halla una verdadera apuesta a la reflexión, y no en la crónica de eventos presentados como ?algo divertido? y sin la más mínima voluntad de hacer pensar un poco, de oponerse a los discursos establecidos.

En cuanto a la supuesta profundidad de los personajes al resaltar sus contradicciones, sólo es usada para reforzar el ritmo distendido del film. Wilson es un político un tanto corrupto, que frecuenta el mundo del sexo libre, las drogas y el alcohol, pero altamente inteligente y expeditivo cuando un tema llama su atención; Herring es una fría y frívola mujer de dinero, pero decidida a ayudar a Afganistán (aunque los motivos nunca quedan del todo claros), y Avrakatos es quizás el mejor personaje. La actuación de Hoffman permite ver un pasaje interesante desde la pérdida de los estribos, con rotura de vidrios y griteríos a su jefe incluida, hasta la calma con que actúa como voz de la razón al final del film.

Si la propuesta de la película era hablar de las políticas bélicas en los ?80 como una forma de reflexionar sobre esas mismas políticas en la actualidad (eso es lo que sugieren los críticos de cine), falla completamente. La mención a que EE.UU. se retira del territorio que interviene dejándolo desvastado y esto se vuelve en su contra, es muy tímida para considerarla como una crítica a la situación actual con Medio Oriente. En veinte o treinta años, sin una voz que reponga el contexto de estreno, se comprobará que esas conexiones están demasiado libradas a la buena voluntad del espectador.

En definitiva, una vez más nos encontramos frente a una cinematografía hollywoodense que logra de manera efectiva y agradable (los momentos de distensión no faltan, el ritmo está bien logrado, la narración está muy claramente construida en torno a un gran flashback) transmitirnos una ideología que a algunos todavía, afortunadamente, no nos convence.

Publicada en Leedor el 28-01-2008