Musica Nocturna

0
5

Un pelicula altamente sofisticada que termina siendo una postal envejecida.MÚSICA NOCTURNA o LA VANGUARDIA EN EL FREEZER

Enviá tu comentario sobre esta nota a consultas@leedor.com
Mirá las publicadas!!

Esta película de Rafael Filippelli fue galardonada en el último BAFICI. Hay muchos signos de interrogación acerca de la mercadería en competencia. La voz over del protagonista -Enrique Piñeyro- nos dice mientras discurre el plano número uno que tal vez no sea un corredor de fondo: no concede ningún valor a la novela que acaba de escribir y ha optado por arrojarla a la basura. A lo largo de la película, esa misma voz over nos brindará reflexiones sobre diversos compositores empezando por Schubert.

Filippelli, docente en la Universidad del Cine y asociado a revistas-que-hay-que-leer, en conjunción con David Oubiña, no se ha molestado en exceso al diagramar el libro de esta película altamente sofisticada. Diríamos que nos interesa mucho más saber qué han hecho las directoras de arte Clara Picasso y Marina Califano con el vestuario femenino y el extremo buen gusto de los lugares que frecuentan esta gente. El supuesto triángulo opta por la exquisitez: escucha música del siglo XVI, huye de los celulares, posee laptops, viaja únicamente en taxis. La pareja vive, cómo no, en Esmeralda al 1300.

Los largos planos nocturnos -una fotografía de Fernando Lockett algo más que rescatable- nos muestran a una Buenos Aires que nos recordó de inmediato la letra de un viejo tango: De Boedo hasta Montmartre hay un paso nada más. Por fortuna, el escritor que no es un corredor de fondo encuentra a un barfly que se dice autor de El León de Francia -señal de que el realizador maneja otros códigos como el del radioteatro o de que escucha a Alejandro Dolina-. Risas para los estudiantes de la Universidad del Cine. A través de este viejo, que también como todos en la película toma abundante whisky, nos demuestra que la ficción nada tiene que ver con la realidad. Aplausos.

Llega el tercero, Sergio -Horacio Acosta, que no viene de Francia como ocurría con Juanjo Saer sino de España- y el máximo de los cambios que registra en Buenos Aires es la ausencia de un restaurante en la costanera donde él y Cecilia ?Silvia Arazi- solían ir a comer. Democráticamente, terminan deglutiendo choripanes. Hay entre ellos una comunicación tan fluida que en el interior de una librería ?Cúspide- van traduciendo cotidianeidades del castellano al latín expresiones consideradas risueñas. Suponemos que la temperatura sube porque la pobra Cecilia termina tan mareada que toma un taxi para ir a su casa? en la puerta de su casa. Carcajadas.

No se le puede negar prolijidad en el armado del relato al director, una árida caligrafía que conduce al bostezo. Desborda alta cultura y puede deslumbrar a quienes hacen cine, sencillamente porque se trata de un sector que poco y nada sabe de libros o de música. Quienes se ubiquen en un plano remoto con respecto al proceso creador tampoco entenderán la crisis competitiva de la pareja central y los satélites del teatro donde se ensaya la obra de Cecilia.
No se habla de la muerte ni del paso del tiempo: es de mal gusto. Por lo tanto, hay que buscar los tópicos debajo de ciertas bromas sobre pies fríos ?en boca del protagonista- y otra acerca de una foto del secundario ?gentileza de Sergio, el que llega desde España-.

El miedo existencial ?para esta gente no ha ocurrido ni pasa nada en Buenos Aires- nos lleva a las invectivas que escuchábamos en Filosofía y Letras en épocas ya muy lejanas. Esto es: el diálogo contiene los peores tics de los intelectuales del subdesarrollo y es tan pretencioso como aquel del cine de los años 40 en las adaptaciones literarias.

Filippelli ha rodado, tal vez sin quererlo, una película antigua, una postal envejecida con toques de Godard aquí y de Antonioni allá. No estaría nada mal si no finalizara como el mandamás de la Universidad del Cine, Manuel Antín, en aquellos productos para salas vacías. Al propio tiempo, nos demuestra que la vanguardia ha concluído por estar congelada, tan perdida como el resto de la población luego de la catástrofe que es del dominio público.

En la larga lista de agradecimientos figura alguien que nos dijo lo siguiente: Argentina es el mejor país del mundo, ya que todo aquel que quiere publica un libro o filma una película. Tal vez. ¿Para qué? ¿Para quién? Seamos cool y algo detached. Aplausos al desfile de zombies que viven en ese mejor país del mundo.