Del otro lado del mar (II)

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Con motivo de la celebración de su 25 aniversario, el Grupo Teatro Libre, fundado por el aclamado Omar Pacheco, presenta el re-estreno de ?Del Otro lado del Mar?; una nueva oportunidad de presenciar esta pieza única, en el Teatro La Otra Orilla.Luego de una trilogía de obras surrealistas que abordan, de forma visceral, temáticas tan controversiales y cercanas como la memoria, la represión, la dictadura; Pacheco nos enfrenta ahora a una forma diferente, universal- si se quiere- de silencio, de represión. Una que no es ejercida directamente a través de las armas o de la violencia explícita, sino de manera más sutil y amenazante; aquella dominación de la que todos somos victimas inconscientes, y porqué no, voluntarias.

De esto trata Del otro lado del mar, la lucha del individuo por construirse a sí mismo, por desprenderse de los hábitos y normas impuestas por la sociedad, por la civilización.
La pieza encarna, así, un conflicto, la toma de conciencia, el posterior duelo que ésta supone, y la movilización interna consecuente. Poder morir, para poder nacer.

La estética de Pacheco y su compañía, es una que los caracteriza desde hace 25 años. El uso de un espacio particular, planos prácticamente cinematográficos, momentáneos, reveladores y la ausencia de la palabra que explica, que conduce. Aquí, el sentido, como un nuevo hilo de Ariadna, es uno que cada espectador debe construir, crear.
La puesta reincorpora, ante todo, la ceremonia ancestral al ámbito de la representación. Al llegar, nos recibe ese ritual olvidado del que nos habla el zorro del principito, aquel que no puede ser dejado de lado, que es ineludible y, en nuestros días, quizás también inexistente.

El ingreso a la sala anuncia la solemnidad de esa ceremonia de la que seremos partícipes. El incienso, la música, la oscuridad nos atacan hasta que, abandonadas las resistencias y ?vulnerabilizados?, pasamos a ser parte- no ya espectadores- sino cómplices de un rito de iniciación que, de repente, nunca nos fue ajeno.

La negrura total, inescrutable, ilimitada, vacía, llena, nos hipnotiza. Las imágenes aparecen, entonces, como parte de un acto de ilusionismo, como las de los sueños, aquellas que duran lo que dura el instante, pero que permanecen en la retina cuando las sombras se extinguen en lo negro infinito.
El protagonista, el hombre, la bestia, él-¿nosotros?- se sume entonces en la más desesperante de sus batallas, en aquella final, definitoria. Las tensiones entre sus naturalezas se potencian y, a pesar de ser innegable la presencia de aquella sensual y terrible contrincante, queda claro que la lucha es una interna, una que tiene lugar en lo más profundo de su ser.
A través de la oscuridad tan terrible como pura, la música, un texto, uno sólo- el mismo- los perfumes y las revelaciones momentáneas, nos sumimos, somos testigos, de la lucha encarnizada que supone esta pesadilla hacia la que voluntariamente nos dirigimos. Esa que entendemos, entonces, como inevitable y necesaria.
En los diferentes planos, hileras de hombres sin rostros marchan como sonámbulos. Ellos, entes sin voluntad alguna, son el destino frente al cual el hombre pugna por separase, por alejar de sí. ¿Nos reconocemos, acaso, en aquellos seres que, carentes de deseo, se mueven al unísono, dominados, sin identidad, sin crisis, sin sueños?
En medio de esta encarnizada batalla de formas, de instinto vs intelecto, de pulsiones desgarradoras, surge, escalofriante, ensordecedor, el grito de las entrañas?aquel que anuncia la vida misma que despierta y necesita salir. El grito de la naturaleza primordial que pugna por realizarse, por liberarse, por nacer.

El silencio, un idioma inhumano, una pelea que es una danza, los ocultamientos y develaciones, los planos de luz y oscuridad instantáneos, las situaciones que son flashes, constituyen, todos, elementos que anuncian una muerte. Una vida. Allí, del otro lado del mar. ¿Dónde? Aquí, en todas partes, en ninguna, en cada uno de nosotros.

La ceremonia termina cuando se ha concretado la transformación, cuando el vino deviene sangre, cuando el hombre ha sido vencido. ¿Vencido? ¿Quién es realmente el vencedor?
Partimos entonces, en silencio, para, si queremos, librar nuestra propia batalla.

Publicado en Leedor el 16-10-2007