Cien pedacitos de mi arenero

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Ellos. Ellas, o su ausencia que es presencia. Dos universos opuestos viven las mismas relaciones de maneras diferentes. En Cien pedacitos de mi arenero, la mirada masculina determina la realidad y acciona (reacciona) frente a la misma.
Cuatro hombres se encuentran en un mismo basurero para arrojar los cadáveres de sus compañeras recientemente asesinadas. Desde ya las coincidencias son sorprendentes, hasta para los mismos personajes. Enfrentados por el azar, sólo resta justificar los hechos, describir las diferentes metodologías de acción, compartir las penas.

¿Qué es lo que lleva a un hombre a matar a su mujer? La respuesta tradicional presenta dos opciones: amor y/ o dinero. La pasión y la avaricia han sido los móviles de la mayoría de crímenes pasionales tanto de la realidad, como de la ficción, a lo largo de la historia. Sus razones: ni la pasión, ni el dinero, sino aquellas pequeñas, poco claras, las palabras no dichas, el cansancio, la frustración, la cobardía.

A pesar de contar con una no muy acertada y bastante irreal escenografía, la obra cuenta con actuaciones tan remarcables como precisas, especialmente aquellas de Diego Brienza y Gabriel Urbani. Los trabajos de interpretación logran, de manera asombrosa, rescatar la puesta en escena de un espacio que todavía necesita ser elaborado y delimitado claramente.

Con sus pros y contras, en Cien pedacitos de mi arenero se abre de todas formas su mirada- la de ellos- estos hombres descorazonados que, no sólo sufren por amor, sino que se disponen a enterrar la causa del desengaño. La mujer, responsable del desamor, la femme fatale, la muerte encarnada, es aquí felizmente derrotada por éstos que, contrariamente a los héroes del romanticismo, son capaces de matarla y callarla para siempre. Y sin embargo, a pesar de estar reducidas a meros fardos y cuerpos inertes, ellas están allí, oscuras, frías, distantes y malvadas, destinadas a formar parte de la basura.

Paradójicamente, es en el mismo basurero donde la obra transcurre en su totalidad. Allí, entre las bolsas de basura y los desperdicios, los hombres, por alguna razón, no pueden desprenderse totalmente de aquello que buscan desechar, permanecen entonces, realizando extraños rituales de duelo, de peleas, de exorcismos y reconciliaciones.

Los pedacitos pueden palparse, sus frases- producto de un texto fresco, divertido y lúcido a la vez- son fragmentos, necesitan ser terminados (a lo largo de toda la pieza) por otro; como si las ideas sólo pudieran completarse con la participación de los cuatro. Sus historias se contraponen y contrastan, sus deseos, angustias y penas forman un curioso juego de retazos que sólo unidos configuran sentido alguno.

Cien pedacitos de mi arenero encarna así un universo configurado por una sola versión. En él, los cuentos de hadas son cuestionados y descartados por inverosímiles y contradictorios. Las voces de ellas, sus versiones, no pueden escucharse porque son, para ellos, inexistentes, tan irreales como la Cenicienta o la Bella Durmiente. Sólo quedan pedazos, granos de arena, incompletos, irrealizados, frustraciones, palabras atragantadas, deseos refrenados y la realidad de la muerte. Frente a ésta, la viva necesidad del decir, de hablarle al otro; a ellas que, por circunstancias obvias, no pueden oírlos. De nuevo la soledad y la incomunicación se hacen presentes, implícitas en las trompadas y apretujones, en los reproches e ironías.

La situación puede parecer inverosímil. Cuatro hombres que llevan los cadáveres de sus mujeres a un mismo lugar en una misma noche, pero ¿qué tan inverosímil es realmente? ¿Cómo reaccionar frente a la imposibilidad del diálogo, frente a la impotencia que eso implica? ¿No es el asesinato la manera ideal de no enfrentar el ocaso de una relación, la escapatoria perfecta frente a la angustia, el dolor y el miedo? Cien pedacitos de mi arenero, parece entonces esconder algo más, debajo de tanta arena. Entre líneas, puede leerse otra cosa, quizás, un guiño, una parodia de las relaciones actuales, aquellas donde es más fácil matar que enfrentar al otro y finalmente, a uno mismo.

Publicado en Leedor el 3-10-2007