Arte Contemporáneo

0
6

Buena parte de aquello que al circular por los espacios legitimadores se transforma en ?arte contemporáneo?, puede provocar un invencible hastío, una desilusión constantemente renovada.Por Guillermo Bogani

Buena parte de aquello que al circular por los benditos espacios legitimadores (llámese museos, centros culturales, ferias o bienales ) se transforma en ?arte contemporáneo?, está logrando provocarme un invencible hastío, una desilusión constantemente renovada.

Escasean los artistas. Mucho de lo que se observa es pergeñado por petulantes filósofos del arte y ofrecido a la exclusiva consideración de especialistas en filosofía del arte.

El objeto cedió su sitio a la idea. La idea es la obra. La técnica y el oficio han huido intimidados ante su autoproclamada supremacía.

Ni ?ars? ni ?tecné?. La belleza es crepuscular y la noción de sublime un vergonzante anacronismo.

Quien no vaya munido del inabarcable arsenal teórico gestado por, entre otros: Adorno, Argan, Bachelard, Bataille, Barthes, Breton, Danto, Deleuze, Derrida, Duchamp (siguen innumerables firmas en estricto orden alfabético), hará mejor permaneciendo en su casa plantado frente al catódico y burdo Gran Hermano. Otra peligrosa payasada, pero que -al menos- evita el esfuerzo de trasladarse y puede ser objeto directo de nuestra furia sin el temor ni la vergüenza de quedar insultando a solas.

La soberbia, el glamour, la moda y las ocurrencias han cercado el campo creativo, tornándolo un espacio excepcional y descontextualizado.

Observar astutamente que ?Todos somos artistas? (ver número de Ñ, suplemento cultural del diario Clarín, dedicado a tal fenómeno) conlleva la triste ironía de poner en evidencia la ligereza con que se producen cantidades asombrosas de mediocridad travestida en obra.

Alabando lo nuevo y haciendo de lo último un valor per se nos vamos quedando huérfanos de emoción y regocijo.

La contemporaneidad ha instalado el patrocinio de la incertidumbre y exhibe -impúdica y burdamente- su desolación y extravío.

Publicado en Leedor el 23-09-2007

Compartir
Artículo anteriorCiudadela
Artículo siguienteLa Nueva Troya