Estrenos: Sin reservas

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A mitad de camino entre la comedia romántica y el drama sentimental, es en la dirección donde Sin reservas da un giro inesperado a una película que se vende como otra comedia romántica del montón, pero que realidad es otra cosa. Con algo para ver

Dentro del modelo narrativo y visual del drama hollywoodense, algunos directores logran hacer películas conmovedoras e, incluso, inventivas. Scott Hicks, director australiano conocido principalmente por Claroscuro, es uno de ellos. Sin romper nunca los moldes de un film mainstream, ha logrado más de una vez hacer películas emotivas, bien narradas y hasta visualmente atractivas. Su mejor ejemplo sería la poco vista y muy subvalorada Nostalgias del pasado, gran adaptación de una gran novela de Stephen King.

Y justamente por tener este currículum sorprende bastante que haya tomado ahora las riendas de una comedia romántica. Aunque, claro: Sin reservas es un proyecto anómalo si se ve la lista de filmes anteriores del director, pero que tiene mucho sentido cuando se considera que Hicks no hace un éxito desde hace 11 años (la tolerancia de Hollywood por los productos personales que resultan fracasos, se sabe, es poca).

La historia que tomó Hicks para debutar en este género es simple: Kate, una exitosa chef que no cree en el amor, ve cómo su vida se da vuelta cuando su hermana muere en un accidente y debe hacerse cargo de su sobrina. Al mismo tiempo, Nick, un chef hiperkinético y divertido es contratado para ayudarla. Y así, se inicia el camino esperable hacia el amor: primero se odian, luego se acercan, se separan y finalmente se vuelven a juntar.

Uno de los grandes talentos de este director, sin dudas, es dirigir con mano muy hábil a sus actores (Geoffrey Rush hacía un gran tour de force en Claroscuro; Hope Davis estaba impecable en Nostalgias…). Pero parece que a la hora de dirigir grandes estrellas, acostumbradas al Hollywood más llano, su mano no tiene la misma fuerza. Y como Hicks le ha impreso un giro a su película, para alejarse un poco de la comedia romántica y acercarla más hacia el drama sentimental, la efectividad de las actuaciones se vuelve crucial.
Pero Catherine Zeta-Jones (Kate) no siempre da en la nota: cuando tiene que actuar la tristeza y antipatía de Kate, más que actuar, pone caritas. Por suerte, la creativa dirección de Hicks, y en especial la forma en que utiliza la cámara subjetiva, ayudan a dar a la película la emotividad que no siempre logra su protagonista. Cuestión aparte es Abigail Breslin, que demuestra una gran versatilidad, diferenciando a la pequeña sobrina de la Olive de Pequeña Miss Sunshine, y, al contrario de la estrella, resultando totalmente conmovedora cuando le toca canalizar la pena de su personaje. Aaron Eckhart, por su parte, no sale del molde de simpático galán de comedia romántica que el género siempre impone, y si no resulta demasiado interesante, es porque el peso de su personaje está más puesto en sonreír o guiñar los ojos que en profundizar en el carácter de Nick.

Por eso es que, por momentos, Sin reservas queda a mitad de camino entre la comedia romántica y algo más, quizás un drama sentimental, registro en el que Hicks obviamente se siente más cómodo. Sin embargo, es su fresca dirección la que da un giro inesperado a una película que se vende como otra comedia romántica del montón, pero que realidad es otra cosa. Y esto otro ?nada desdeñable? se debe totalmente a Hicks, narrador nato y cineasta visualmente interesante, que se niega a dejar de jugar y probar cosas distintas con la cámara, incluso dentro de la más mainstream de las estructuras hollywoodenses.

Julián Rimondino