Molière

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Un entretejido ingenioso de citas de Molière en una revisitación entretenida y vital del gran escritor.
Humor en el siglo XVII

El afiche de Molière no deja demasiado espacio para la duda. Desde sus tonos oscuros, la expresión dramática en el rostro de Roman Duris y el rojo sangre con el que está escrito el título, parece prometer otra biopic melodramática sobre la dura y problemática vida de los artistas. Una de esas donde la genialidad se castiga con una existencia miserable y una muerte prematura y dolorosa.
La sorpresa, entonces, es enorme cuando Molière resulta ser una comedia. Y ni siquiera una comedia dramática, sino, directamente, una de enredos.
Porque es, lejos de una biografía, un juego, un ensayo, una versión francesa de Shakespeare apasionado. Tomando un período poco documentado de la vida del dramaturgo francés, el director Laurent Tirard y el co-guionista Grégoire Vigneron imaginan qué podría haber estado haciendo Moliere durante esa época, qué lo hizo convertirse en quien fue después, en su madurez. En suma: ¿de dónde habría sacado la idea para sus farsas?

Moliere toma personajes y situaciones de diversas obras del dramaturgo y construye con ellas su trama: un joven Molière, quebrado y sin éxito teatral, empieza a trabajar para un rico burgués que quiere aprender a actuar para deslumbrar a una bella y algo malévola marquesa. Pero, como está casado, instala a Molière en su casa haciéndolo pasar por un tutor para su hija. Obviamente, Molière no tardara en enamorarse, pero las identidades falsas y las mentiras irán complicando todo.

El recurso, no por haber sido ya usado en una película exitosa deja de ser novedoso. Y está, además, explotado al máximo, así que las comparaciones, si bien inevitables, son también algo odiosas.

Apoyándose tanto en gags físicos como verbales (y jugando, por momentos, con el absurdo), el relato no baja su ritmo ni por un momento, y la sensación de extrañamiento que produce ver los decorados de época y los elaborados vestuarios en medio en una comedia de este tipo, tan sólo ayuda a dar frescura a la película.

Duris, más que dúctil para la comedia, entrega otra actuación divertida como Molière, y al igual que en Piso compartido y Las muñecas rusas va sin problema de la hilaridad necesaria para algunas escenas al dramatismo indispensable para otras, sin que haya problemas en la transición. De todos modos, la verdadera estrella del elenco es Fabrice Luchini, que brilla con su Monsieur Jourdain, el torpe y tonto burgués que digita todo. Sin caer nunca en la caricatura, sin nunca faltarle el respeto a su personaje (pero sin dejar de jugarlo como lo que es: un torpe, un crédulo), construye un ser querible y adorable, divertido y siempre bienvenido cuando aparece en pantalla.

Molière no es un estudio sesudo de las obras del dramaturgo: no hay un nivel de interpretación o reflexión sobre sus obras, sino citas. Lo que no es negativo. Si el espectador ha leído “Tartufo” o “El misántropo”, encontrará constantes citas y guiños. Si no, se encontrará con una comedia divertida y vital. Se trata sin dudas de un pastiche, de una película que toma un poco de cada obra de Molière y lo une con una historia. Pero cuando la historia está bien contada y el entretejido de las citas es ingenioso, el resultado es un homenaje, una revisitación entretenida y vital de un gran escritor.

Molière y sus personajes están tan vivos aquí, con Tirard contando su historia sin preocuparse por la biografía, de lo que habría estado en una biopic. O quizás, un poco más: aquí, además, está su espíritu.

Publicado en Leedor el 8-08-2007