Frío

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Martín Goycoechea presenta en el Abasto Social Club sus indagaciones frente al hecho ineludible de la muerte. Trabajando desde lo autobiográfico, Frío problematiza los límites del campo actoral. Nos reciben ellos, sus voces, sus testimonios, sus historias -algunas que no deberíamos estar escuchando- y sin embargo están allí, reales y lejanas, cristalizadas en la cinta de grabación.

Podría tratarse de una ambientación, un plus a la puesta en escena, pero al mismo tiempo, esas grabaciones son todo lo que nos queda, toda la información concreta con la que contamos, ya que ellos-los actores- se hallan signados por el silencio. Ese silencio del que no se puede escapar cuando nos enfrenamos a la muerte; aquel que hace que las palabras pierdan su función, que las transforma en incapaces de expresar, que las vacía de sentido.

Frío es una intervención biográfica a la narrativa- declara Goycoechea. Allí, en el escenario, están ellos ? los personajes- sus cuerpos, su rigidez, su silencio autoimpuesto e ineludible; en la sala, reproducidas, sus voces, sus relatos, dudas y miedos.

La situación: aquella segura y temida de la pérdida. La muerte, la propia, la de los seres queridos, la del que todavía no ha nacido, la deseada.

Goycoechea se sitúa frente a la muerte, y a partir de allí explora las reacciones al hecho; nos presenta entonces los testimonios de su elenco. Las tomas- con risas y equivocaciones- no hacen más que acentuar la realidad, o mejor dicho, ampliar la brecha entre la realidad y la ficción.

En Frio, los actores toman conciencia de la muerte, la enfrentan. Ellos, sus personajes ? podría tratarse de cualquiera de nosotros- los que estamos del otro de lado, del mismo.

Las diferentes reacciones se encarnan en los cuerpos, unas mínimas y silenciosas, otras violentas y frustradas. Los personajes abrigados contra el frío, contra ella- la muerte- se tensionan, la viven llorosos, enfurecidos, solos o acompañados.

Surge entonces la necesidad de lo sexual, del calor de la cercanía, del tacto.

La vida es imprescindible para que la muerte pueda hacer acto de presencia. Como reacción inevitable aparece el instinto, la libido, el sentir y ser sentido, esa fusión entre la presencia y el abandono, entre la vida y la muerte; aquella paradójica unidad de placer y dolor que supone el orgasmo.

De la muerte, fría, sólo puede nacer, incipiente, la vida; la susurrada melodía de una flauta, la única voz que se escucha en escena.

Publicado en Leedor el 7-08-2007