Bristol

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Dos familias disfuncionales se lanzan a la búsqueda de su pasado, de su historia. Fue allí, en la Bristol, donde se halla la clave, pieza perdida del rompecabezas de sus vidas. El pingüino emperador es una de las pocas especies en donde el padre es el que se encarga de empollar el huevo, mientras que la madre parte en busca del alimento necesario para la cría. Una vez que ésta ha nacido y la madre vuelve de su viaje, es el padre el que los abandonará.
Un acontecimiento similar es el que desencadena una obra como Bristol. Mar del Plata, la Bristol, es no tanto el paisaje como el escenario del abandono, la escena del crimen. Allí, dos familias intentan reconstruir su pasado, comprender los móviles de la ausencia del padre, para así poder seguir con su propio camino.
?Bristol o paisajes sobre dilemas del Dr Freud? se trata de una obra colectiva; en más de un sentido; la dramaturgia está a cargo del grupo Otro/ Jardín quienes en esta ocasión trabajan inspirándose en el ?drang? (ímpetu, pulsión) freudiano. El concepto del ?drang? es aquel a través del cual Freud define las fuerzas internas que empujan al individuo a la acción, independientemente de los estímulos externos, y que se trata sobre todo de una fuerza de la cual no puede liberarse.

Empujados por esta pulsión, los protagonistas de esta historia se ven arrastrados a través del tiempo y el espacio a ese lugar, a la mismísima Bristol, escenario de conflictos pasados, de respuestas escondidas. Cada uno cuenta con una pieza distinta del rompecabezas, sus recuerdos, sus vivencias; todos en el afán de reconstruir su pasado.

Con Juan Coulasso como director general de la puesta, y el aporte constante de todos los protagonistas, no solo en el papel de actores, sino como colaboradores de la propia dramaturgia; Bristol deviene una obra absolutamente orgánica. El notable compromiso de los actores al llevar a cabo la representación, y la impecable puesta en escena, responden a las necesidades de la pieza.

La sala del Teatro del Viejo Palermo se halla inundada así por diferentes energías que emanan todos y cada uno de los protagonistas, algunas violentas, otras infantiles, sensuales, poderosas, pero todas impulsadas por la misma fuerza, por esa necesidad latente de develar el pasado, aquel que pudo no haber existido. La música, los ritmos, señalan el movimiento de esa pulsión, el cuerpo la evidencia.
Bristol encarna un tema más que actual. La ausencia del padre podría entenderse como la ausencia del límite, la ausencia del No frente al cual el individuo completa la dialéctica y se define a si mismo. Es imposible ser sin saber que es aquello frente a lo cual el sujeto se diferencia, se distingue. El padre, bien podría ser el amo hegeliano; pero al no poder retenerlo, los protagonistas de la pieza se pierden en el pasado, en los recuerdos, al no poder devenir frente a la nada. La realidad se vuelve así totalmente relativa, virtual, fantástica. ?Ahora tiene sentido, ahora no?.
Esta nueva realidad – aquella virtual, cibernética- la posibilidad de acceso ilimitada (posibilidad tan real como ficticia), es también una marca de nuestra era. Gracias al desarrollo de la tecnología todo es posible en nuestros días, todo es nada, nada es todo. Y es aquí donde surge la pulsión, el descontrol, la autodestrucción, el pedido urgente de límites, terribles, definitorios.
Bristol es el caos; podría ser cualquier otra playa, otra ciudad, otros ellos, nosotros. Sólo resta la búsqueda agotadora e infructuosa, la búsqueda del límite, del No, del padre ausente, del pingüino imperial.

Publicado en Leedor el 31-07-2007